sábado, 5 de abril de 2025

Meditamos el Evangelio de este Domingo con Pbro. Juan Manuel Gómez


Lecturas del día: Libro de Isaías 43,16-21.Salmo 126(125),1-2ab.2cd-3.4-5.6.Salmo 126(125),1-2ab.2cd-3.4-5.6.


Evangelio según San Juan 8,1-11.


Jesús fue al monte de los Olivos.

Al amanecer volvió al Templo, y todo el pueblo acudía a él. Entonces se sentó y comenzó a enseñarles.

Los escribas y los fariseos le trajeron a una mujer que había sido sorprendida en adulterio y, poniéndola en medio de todos, dijeron a Jesús: "Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio.

Moisés, en la Ley, nos ordenó apedrear a esta clase de mujeres. Y tú, ¿qué dices?".

Decían esto para ponerlo a prueba, a fin de poder acusarlo. Pero Jesús, inclinándose, comenzó a escribir en el suelo con el dedo.

Como insistían, se enderezó y les dijo: "El que no tenga pecado, que arroje la primera piedra".

E inclinándose nuevamente, siguió escribiendo en el suelo.

Al oír estas palabras, todos se retiraron, uno tras otro, comenzando por los más ancianos. Jesús quedó solo con la mujer, que permanecía allí, e incorporándose, le preguntó: "Mujer, ¿dónde están tus acusadores? ¿Alguien te ha condenado?".

Ella le respondió: "Nadie, Señor". "Yo tampoco te condeno, le dijo Jesús. Vete, no peques más en adelante".

Homilía por el Pbro. Juan Manuel Gómez. 

¡Grandes cosas hizo el Señor por nosotros!

Queridos hermanos iniciamos la última semana de este tiempo de Cuaresma que nos invita a abrir de par en par nuestros corazones.

Cuando iniciábamos la Cuaresma descubríamos que el Señor nos llamaba a ir a lo más profundo, al interior de nuestro corazón, buscar lo bueno que brota en él, fruto del Amor puro de Dios que nos ha hecho hijos suyos, y así alcanzar la conversión, abandonar todo lo malo que nos aleja, nos lastima y no nos deja vivir “la valentía de la libertad de los hijos de Dios para amar verdaderamente al Señor y a los hermanos como Él nos ama a nosotros.

Durante este camino cuaresmal el Señor nos ha ido llevando a sumergirnos en lo más hondo de su Misericordia, para que podamos conocerla, vivirla y dejarnos llenar el corazón, pero también para que podamos compartirla, anunciarla y vivirla con los demás.

En la primera lectura de este Domingo el profeta Isaías nos hace reflexionar sobre las maravillas que hizo y hace Dios en nuestras vidas, pero también a mirar lo que Dios quiere seguir obrando, lo que Dios ha sembrado y quiere que germine y va a seguir  haciendo germinar en cada uno de nosotros.

Por eso el Salmo nos hace aclamar desde lo profundo del corazón: ¡Grandes cosas hizo el Señor por nosotros! Porque “el agradecimiento es la memoria del corazón”, porque somos amados profundamente y su Amor nos ha cambiado la vida y nos ha salvado y sostenido siempre, así caminando juntos como hermanos nos sostenemos unos a otros . Si dejamos que el Señor cambie nuestra suerte, transforme nuestra vida, sane nuestras heridas, brota de nuestros labios un canto de alabanza y agradecimiento. Y aunque a veces nos toque sembrar entre lágrimas, Dios hace germinar en nosotros todo lo bueno para que cantemos con Él, como dice el Salmo: “Los que siembran entre lágrimas cosecharán entre canciones”.

La Cuaresma no es solo un tiempo cronológico donde hacemos cosas buenas para cumplir con Dios, es una invitación a una vida distinta, es tomar la decisión de seguir a Jesús todos los días. Él nos invita a descubrir que si nosotros queremos podemos vivir siempre el camino que nos lleva a la vida. Que unidos a Él nuestra vida puede ser distinta, más plena, más libre, vida eterna.

Por eso San Pablo en su Carta a los Filipenses nos da el testimonio de su vida: él lo dejó todo por Cristo y no se arrepiente, porque para él, es lo único que vale la pena. Si vos te unís a Jesús, si le entregás todo, no perdés, sino que ganás, como lo dice el mismo Jesús: “El que pierda su vida por mí y por la Buena Noticia, la ganará”. Ciertamente que no es fácil pero es una carrera que quien está dispuesto a hacerla transforma todo en su vida. Quizás hemos descubierto en esta Cuaresma que deseamos vivir la vida que el Señor nos propone y abandonar todo aquello que nos aleja de este camino. Digamos entonces junto con San Pablo: “Olvidándome del camino recorrido, me lanzo hacia adelante y corro en dirección a la meta, para alcanzar el premio del llamado celestial que Dios me ha hecho en Cristo.”

Aquí no puedo dejar de compartir que estas palabras han sido un impulso fuerte en mi vocación sacerdotal y mi deseo de seguir a Jesús dándolo todo por Él, por su Iglesia y por todos. Cada uno de nosotros tiene que escuchar la voz de Jesús que nos llama a una vocación. Nos llama a todos a vivir la Santidad: “Sean santos como Dios es santo”, pero también nos llama de un modo específico a donde podremos vivir plenamente nuestra vida y esto es un don. Cada persona que escucha su llamado y responde al mismo con todo su corazón es plenamente feliz en su estado de vida si vive unido a Cristo y entrega su vida. Podemos responderle en la vocación laical como esposo y esposa, como papá y mamá de familia como discípulos misioneros de Jesús en el mundo, en la vocación a la vida consagrada como religioso o religiosa, o en la vocación sacerdotal como sacerdote de Jesucristo. Todos podemos vivir según el modo de Jesús donde él nos llame y ser felices en ese camino. ¿A qué siento que Dios me llama? ¿Cómo vivo mi vocación? Animémonos unos a otros hermanos y busquemos vivir nuestra vida en el seguimiento de Jesús porque Dios nos quiere plenamente felices.

Y la Palabra de Jesús en este Domingo nos interpela directamente al corazón, a la experiencia real de nuestro pecado y de la Misericordia que él quiere que nos inunde el alma.

Vemos a Jesús inclinarse ante esta pobre mujer. Es la revelación y manifestación de Dios que se abaja para mirar, para levantarnos del polvo, como nos dice el Salmo 113: “Él levanta del polvo al desvalido, alza de la basura (de su miseria) al pobre”. Es la Pascua expresada en Amor puro. Jesús viene, se anonada, baja, para dar su vida en rescate por todos nosotros para salvarnos del pecado y de la muerte, que son nuestras miserias.

¡Qué hermoso escuchar estas palabras de la boca de Jesús! “Mujer, ¿dónde están tus acusadores? ¿Nadie te ha condenado?... Yo tampoco te condeno. Vete, no peques más en adelante.”

Cada vez que nos acercamos al Sacramento de la Reconciliación, cuando nos confesamos de corazón a corazón, experimentamos esta misma acción sanadora y liberadora del Amor Misericordioso. Dios nos perdona siempre. Nunca nos condena y nos llama a vivir una Vida Nueva. A morir al Pecado para resucitar a la Vida. Nos envía a vivir así la Misericordia con los demás. Todos somos pecadores y necesitamos del Amor para sanar y vencer. Ojalá que los demás encuentren en nosotros los mismos sentimientos de Cristo Jesús, y no las condenas que buscan lapidar y hundir en el suelo a los otros.

Porque ¡Grandes cosas hizo el Señor con nosotros! que podamos celebrar la Pascua, la Resurrección de Jesús, resucitando con él a la vida de los hijos de Dios para amar verdaderamente al Señor y a los hermanos como Él nos ama a nosotros.



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