Evangelio según San Juan 14,15-21.
En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos:
"Si ustedes me aman, cumplirán mis mandamientos.
Y yo rogaré al Padre, y él les dará otro Paráclito para que esté siempre con
ustedes:
el Espíritu de la Verdad, a quien el mundo no puede recibir, porque no lo ve ni
lo conoce. Ustedes, en cambio, lo conocen, porque él permanece con ustedes y
estará en ustedes.
No los dejaré huérfanos, volveré a ustedes.
Dentro de poco el mundo ya no me verá, pero ustedes sí me verán, porque yo vivo
y también ustedes vivirán.
Aquel día comprenderán que yo estoy en mi Padre, y que ustedes están en mí y yo
en ustedes.
El que recibe mis mandamientos y los cumple, ese es el que me ama; y el que me
ama será amado por mi Padre, y yo lo amaré y me manifestaré a él".
Homilía
por Fr. Josué González Rivera, OP
Yo estoy en mi Padre, ustedes están en
mí y Yo en ustedes
Queridos hermanos, nos
encaminamos hacia la culminación de la Pascua, donde el tiempo en que Jesús
estuvo con sus discípulos llegará a su entrega definitiva, en cuerpo y alma
gloriosos, junto al Padre. Y esta nueva ausencia de Jesús es algo distinta de la
anterior. Pensemos que la primera ausencia de Jesús, después de su crucifixión,
fue un tiempo de prueba, de duelo y de dolor; pero esta segunda ausencia se da
de una forma distinta, confiada, según sus propias palabras, en que Él no
abandonará a sus amigos.
Las primeras comunidades seguramente
se preguntaban cómo podrían ellos, que no conocieron a Jesús directamente,
vincularse y relacionarse con Él, al igual que los primeros cristianos que
también habían seguido el mismo destino de Jesús. Para responder esta
inquietud, la comunidad recurre al testimonio de Juan: es el discurso de
despedida que Jesús pronunció en la Última Cena y que ahora ellos y nosotros
leemos con una visión postpascual, sabiendo que Él se levanta de la muerte con
el poder de Dios.
Lo primero que debemos notar es la
condición del amor: “Si me aman, guardarán mis mandamientos”. No es una
amenaza; es la revelación del amor verdadero, qué diferente del sentimentalismo
temporal que no transforma la vida. Ya san Agustín decía que tener los
mandamientos es aprenderlos de memoria, pero guardarlos es cumplirlos en la
vida y en las acciones, porque no están simplemente en el recuerdo, sino que se
van grabando en el mismo corazón.
El amor no es algo vacío, sino que
transforma nuestros días. Esta es una de las novedades más importantes de la
nueva alianza: el pacto ya no está sostenido por cargas externas, sino como
consecuencia de una vida interior, de un amor vivo que brota desde dentro de
los creyentes. Es el amor que impulsa a los apóstoles a predicar la Buena
Nueva, a defender lo que creen, y es ese mismo amor que nosotros también hoy
estamos llamados a experimentar. Y para ello descubramos también que Jesús no
nos deja solos. Nos hace una promesa audaz: el Padre enviará “otro Paráclito”,
es decir, abogado, consolador e intercesor. Este es quien estará con los
discípulos; es quien estará en los creyentes: el Espíritu de la verdad.
Sin duda alguna, el primer Paráclito
es Jesús durante su vida histórica, la cual llegó a su culmen; pero Él no
abandona a quienes siguen su camino. Su presencia cambia de forma, pero no de
intensidad ni de amor. Su antagonista es el mundo, es decir, aquellos que
prefieren sus propias fuerzas y su propia satisfacción sin tomar en cuenta a
Dios. Los creyentes están llamados, cada vez más, a dejar de pertenecer a ese
mundo.
Los primeros cristianos siguieron a
Jesús a pesar de las diferencias familiares, sociales y culturales que les
representó creer en Él; pero su mensaje fue una riqueza y una experiencia tan
valiosa, que muchos de ellos llegaron a dar su vida defendiéndolo. Hoy en día,
nosotros también estamos llamados a trabajar cada vez más por descubrir esta
vida en el Espíritu, porque es una tarea; pero también a pedirla, porque no
olvidemos que, ante todo, es un regalo, un don, una gracia que Dios nos concede
para descubrir su acción, a veces sutil, pero real para todos.
La imagen del huérfano nos muestra una
de las formas más vulnerables de la vida humana, y Jesús dice: “No los dejaré
huérfanos”. Esta promesa no es sólo para el fin de los tiempos; es una promesa
que se actualiza hoy, para cada tarde de oscuridad y para cada pregunta sin
respuesta. Cristo resucitado es el Señor del Espíritu, y Él nos da su Espíritu
para que nosotros también experimentemos hoy la fuerza de Dios que nos guía y
nos acompaña.
Finalmente, esta espiritualidad
pascual, que nos invita a la más íntima unión con Dios, nos revela una de las
realidades más importantes del Evangelio: la mutua relación que existe entre
Dios Padre y Jesús Hijo, y entre los discípulos y Jesús. No es una metáfora;
para quienes tenemos fe, debe ser una descripción de nuestra realidad. La
palabra técnica es “inmanencia recíproca”. Su presencia no es algo físico, pero
sí interior: con su Espíritu ilumina a quienes le aman y cumplen sus
mandamientos. La manifestación que promete Jesús no es un espectáculo público
ni viral; es un encuentro íntimo donde la luz de Dios ilumina desde dentro y da
a los creyentes la certeza de no estar solos. Esto ocurre en el silencio de
nuestra oración, en el servicio a los hermanos y en la fidelidad del día a día.
Los primeros cristianos, y también
nosotros hoy, no podemos ver a Jesús físicamente, ni escucharlo ni tocarlo; sin
embargo, creemos en Él, porque no abandona, sino que su presencia se
transforma, y el Espíritu lo hace presente en los sacramentos, en la oración,
en la meditación de su palabra y en las obras de misericordia. Lo que parece
pérdida se convierte en ganancia: su presencia ya no está limitada a un lugar
particular, sino que se abre de forma universal.
¿En qué momento has experimentado la
presencia interior de Dios, de Cristo y de su Espíritu? ¿Qué forma de amar
podría ser el gesto que hoy abra la puerta a una nueva manifestación de Dios en
tu vida? Caminemos con la fe y la confianza de que Él permanece con nosotros.
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