Evangelio según San Juan 20,19-23.
Al atardecer de ese mismo día, el primero de la semana,
estando cerradas las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos, por
temor a los judíos, llegó Jesús y poniéndose en medio de ellos, les dijo:
"¡La paz esté con ustedes!".
Mientras decía esto, les mostró sus manos y su costado. Los discípulos se
llenaron de alegría cuando vieron al Señor.
Jesús les dijo de nuevo: "¡La paz esté con ustedes! Como el Padre me envió
a mí, yo también los envío a ustedes".
Al decirles esto, sopló sobre ellos y añadió: "Reciban el Espíritu Santo.
Los pecados serán perdonados a los que ustedes se los perdonen, y serán
retenidos a los que ustedes se los retengan".
Homilía por Fray Emiliano Vanoli OP
Pentecostés: el Espíritu que
transforma el miedo en misión.
Cincuenta días después de la
Pascua, la Iglesia celebra Pentecostés, el don del Espíritu Santo. Las lecturas
de este domingo nos presentan un acontecimiento decisivo para la vida de los
discípulos y para toda la historia de la Iglesia. Los Apóstoles estaban
reunidos, todavía marcados por el miedo, la incertidumbre y el recuerdo
doloroso de la pasión de Jesús. Y de repente irrumpe el Espíritu Santo: un
viento fuerte, lenguas como de fuego, y aquellos hombres que antes permanecían
encerrados salen a anunciar públicamente a Cristo resucitado. Lo que cambia no
es simplemente su estado de ánimo; cambia el centro mismo de sus vidas. El
Espíritu Santo les hace comprender plenamente las palabras y la obra de Jesús,
y les da la fuerza para vivir y anunciar aquello que antes no podían sostener.
Pentecostés es, en cierto modo,
el nacimiento visible de la Iglesia. Ya no se trata solamente de un pequeño
grupo de discípulos que recuerda a su Maestro, sino de hombres transformados
interiormente y enviados al mundo. El milagro de las distintas lenguas no
significa solamente un fenómeno extraordinario, sino algo mucho más profundo:
el Evangelio está destinado a todos los pueblos. Allí donde el pecado divide,
enfrenta y confunde, el Espíritu Santo reúne, hace comprender y crea comunión.
Por eso Jesús, en el Evangelio, sopla sobre sus discípulos y les comunica su
Espíritu: el mismo aliento de vida nueva que viene de Dios.
Pero Pentecostés no es solo un
recuerdo del pasado. También hoy necesitamos al Espíritu Santo. Vivimos en un
tiempo marcado por muchas formas de miedo y división: violencia, guerras,
agresividad social, incertidumbre económica, soledad, desconfianza. Muchas
veces también nosotros vivimos “encerrados”, protegiéndonos, cansados o
desanimados. Y además, en medio de tantas voces y opiniones, corremos el riesgo
de perder interiormente el rumbo y la paz.
Por eso el don del Espíritu sigue
siendo actual y necesario. El Espíritu Santo no elimina mágicamente los
problemas, más bien transforma el corazón humano para poder vivirlos de otra
manera. Nos da fortaleza para perseverar, luz para discernir, y caridad para no
endurecernos. Allí donde el mundo empuja al individualismo y al enfrentamiento,
el Espíritu genera comunión. Allí donde crece el miedo, Él hace nacer
esperanza. Allí donde parece imponerse el sinsentido, Él recuerda que Cristo ha
vencido a la muerte.
También nosotros necesitamos
aprender a invocar y escuchar al Espíritu Santo en lo concreto de la vida
diaria: en la familia, en el trabajo, en las decisiones importantes, en las
dificultades y conflictos. Porque ser cristiano no consiste solo en cumplir
algunas prácticas religiosas, sino en dejarnos conducir interiormente por la
presencia viva de Dios. El Espíritu Santo que Jesús nos envía no actúa solo en
momentos extraordinarios; sino que silenciosamente obra cuando abrimos el
corazón a la oración, a la Palabra de Dios, a los sacramentos y al servicio de
los demás.
Pentecostés nos recuerda
finalmente que la fe no puede quedar encerrada. Los discípulos recibieron el
Espíritu para salir, para anunciar, para comunicar esperanza. También hoy la
Iglesia necesita fieles cristianos que, aun con límites y fragilidades, dejen
transparentar algo de la presencia de Jesús en medio del mundo. Quizás no con
grandes discursos, sino con gestos concretos de paciencia, reconciliación,
honestidad y misericordia.
Pidámosle entonces al Señor que
renueve en nosotros el don de su Espíritu. Que transforme nuestros miedos en
confianza, nuestro cansancio en esperanza y nuestra vida cotidiana en un lugar
donde Dios siga actuando y haciendo nuevas todas las cosas.

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