domingo, 6 de septiembre de 2026

Meditamos el Evangelio del Domingo con el Rev. P. Jose Torres, LC


Lecturas del día: Libro de Ezequiel 33,7-9. Salmo 95(94),1-2.6-7.8-9. Carta de San Pablo a los Romanos 13,8-10.

Evangelio según San Mateo 18,15-20.

Jesús dijo a sus discipulos:
Si tu hermano peca, ve y corrígelo en privado. Si te escucha, habrás ganado a tu hermano.
Si no te escucha, busca una o dos personas más, para que el asunto se decida por la declaración de dos o tres testigos.
Si se niega a hacerles caso, dilo a la comunidad. Y si tampoco quiere escuchar a la comunidad, considéralo como pagano o publicano.
Les aseguro que todo lo que ustedes aten en la tierra, quedará atado en el cielo, y lo que desaten en la tierra, quedará desatado en el cielo.
También les aseguro que, si dos de ustedes se unen en la tierra para pedir algo, mi Padre que está en el cielo se lo concederá.
Porque donde hay dos o tres reunidos en mi Nombre, yo estoy presente en medio

Homilía por Rev. P. Jose Torres, LC

El que calla, también peca

Hay una frase que hemos convertido en virtud sin darnos cuenta: "yo no me meto". La decimos con cierto orgullo, como si fuera prudencia, como si fuera respeto. Cada quien con su vida. Yo no juzgo. Y detrás de esa frase, que suena tan madura, tan "políticamente correcta", muchas veces se esconde otra cosa: miedo. Miedo a incomodar. Miedo a que dejen de querernos. Miedo, sobre todo, a que nos digan lo mismo a nosotros.

Y justamente Dios, en la primera lectura no nos deja escondernos ahí.

Centinelas, no espectadores

A Ezequiel se le encarga una tarea que asusta: ser centinela. El centinela no es el que opina desde la comodidad de su casa cuando ya pasó la tormenta. El centinela es el que está despierto cuando todos duermen, el que ve venir el peligro antes que nadie y tiene que decidir si grita o se calla. Y Dios es durísimo con la segunda opción: si el centinela ve el peligro y no avisa, la sangre de quien cae le será reclamada a él.

Esto no es solamente un texto para sacerdotes o para "los que tienen autoridad". Es un texto para cualquiera que quiera al menos a una persona en este mundo. Porque amar de verdad a alguien —no la versión decorativa del amor, la de los buenos deseos y los corazones en redes sociales— sino amar de verdad, incluye a veces la incomodidad de decir: "esto que estás haciendo te está destruyendo".

Lo curioso es que hoy tenemos más facilidad que nunca para hablar de todo. Opinamos de política, de fútbol, de la vida de un desconocido en redes, sin que nadie nos lo pida. Pero cuando se trata de decirle a un amigo, a un hermano, a nuestros papás, a nuestra pareja, algo que de verdad les importa a ellos y nos cuesta a nosotros... ahí, de repente, se nos acaba la valentía.

La cordada que no se suelta

Hay una imagen que me gusta para explicar esto: la de dos personas que escalan atadas por la misma cuerda. En la montaña le llaman "ir en cordada". Cuando uno resbala, el otro no puede simplemente mirar. Está atado. Si el de abajo cae, el peso tira del de arriba y ambos lo saben desde antes de empezar a subir. Por eso, cuando uno ve que el otro está pisando mal, no espera a que caiga para reaccionar, sino que grita antes. Le avisa, lo sostiene. Y eso no es entrometerse, es lo mínimo que exige estar realmente atado a alguien.

Y algo así pienso que es la imagen del Evangelio de hoy. Jesús no nos manda corregir al hermano como quien señala con el dedo desde la banca, sin mancharse. Nos manda ir a solas primero, en lo íntimo, sin exponerlo, sin humillarlo. Porque no se trata de tener razón. Se trata de no soltar la cuerda.

Fíjate en la delicadeza del método que propone Jesús: primero a solas, después con uno o dos testigos y después con la comunidad. No hay linchamiento público en el corazón de Cristo. Hay un proceso lento, paciente que busca una sola cosa, y es recuperar al hermano, no vencerlo. "Si te hace caso, has ganado a tu hermano", dice el texto. No dice "has ganado la discusión". Dice que lo has ganado a él!!!.

Lo que en realidad nos falta no es honestidad, es amor

Y aquí es donde muchos se equivocan, y donde san Pablo nos corrige el método en la segunda lectura. Porque hay gente que confunde "corregir" con "descargar", con desahogarse, con tener finalmente la excusa perfecta para decirle a alguien todo lo que pensamos de él. Eso no es corrección fraterna. Eso es venganza con lenguaje espiritual.

Pablo es contundente: "no le debáis nada a nadie, más que el amor mutuo". Toda la ley dice se resume ahí. No es que el amor sea una parte de la ley junto a otras reglas. Es que el amor es la ley, cumplida hasta el fondo. Por eso, la corrección que no nace del amor no cumple ningún mandamiento, aunque tenga toda la razón del mundo. Se puede tener razón y hacer daño. Se puede decir la verdad y destruir a alguien con ella. Lo que hace que una corrección sea cristiana no es que sea verdadera —eso es apenas el mínimo—, sino que nazca del mismo amor con que Dios nos corrige a nosotros: sin humillar, sin cansarse, sin dar por perdido a nadie.

Y por otro lado, hay algo que se nos suele escapar del Evangelio de hoy. Jesús no termina hablando de la corrección. Termina hablando de la oración: "donde dos o tres están reunidos en mi nombre, ahí estoy yo en medio de ellos". ¿Por qué Mateo pone estas dos cosas juntas, la corrección fraterna y la oración comunitaria? Porque en el fondo son la misma cosa: no estamos solos en esto. Ni cuando fallamos, ni cuando tenemos que ayudar a otro a levantarse. La comunidad no es un grupo de personas que coinciden en el mismo horario de misa. Es gente atada por la misma cuerda, que reza junta precisamente porque sabe que sola no llega.

Para esta semana

El salmo de hoy repite una frase que parece hecha a la medida de estos días: "ojalá escuchéis hoy su voz, no endurezcáis el corazón". Un corazón endurecido no es necesariamente un corazón malo. A veces es simplemente un corazón cansado de que le digan las cosas, o un corazón que dejó de decirlas por miedo a incomodar. Los dos extremos rompen la cordada.

Esta semana, atrévete a dos cosas incómodas. Primero: si hay alguien a quien amas de verdad y ves que se está haciendo daño, pídele a Dios el valor —y sobre todo la delicadeza— para decírselo a solas, sin humillarlo, buscando ganarlo y no vencerlo. Segundo, y esta es la que más nos cuesta: si alguien se acerca a decirte algo que no quieres escuchar, antes de defenderte o justificarte pregúntate si no será precisamente la voz de Dios que hoy te está hablando a través de esa persona que tuvo el valor de no soltar la cuerda.

Porque al final, la santidad no consiste en no caer nunca. Consiste en dejarse sostener, y en aprender a sostener.

 

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domingo, 30 de agosto de 2026

Meditamos el Evangelio del Domingo con Fray Emiliano Vanoli OP.



Lecturas del día: Libro de Jeremías 20,7-9. Salmo 63(62),2.3-4.5-6.8-9.  Carta de San Pablo a los Romanos 12,1-2.

Evangelio según San Mateo 16,21-27.

Desde aquel día, Jesús comenzó a anunciar a sus discípulos que debía ir a Jerusalén, y sufrir mucho de parte de los ancianos, de los sumos sacerdotes y de los escribas; que debía ser condenado a muerte y resucitar al tercer día.
Pedro lo llevó aparte y comenzó a reprenderlo, diciendo: "Dios no lo permita, Señor, eso no sucederá".
Pero él, dándose vuelta, dijo a Pedro: "¡Retírate, ve detrás de mí, Satanás! Tú eres para mí un obstáculo, porque tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres".
Entonces Jesús dijo a sus discípulos: "El que quiera venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga.
Porque el que quiera salvar su vida, la perderá; y el que pierda su vida a causa de mí, la encontrará.
¿De qué le servirá al hombre ganar el mundo entero si pierde su vida? ¿Y qué podrá dar el hombre a cambio de su vida?
Porque el Hijo del hombre vendrá en la gloria de su Padre, rodeado de sus ángeles, y entonces pagará a cada uno de acuerdo con sus obras.

Homilía por Fray Emiliano Vanoli OP

Reconocer al Mesías y aceptar su camino

El domingo pasado escuchábamos cómo Pedro reconocía a Jesús como «el Mesías, el Hijo de Dios vivo». Era una verdadera confesión de fe: Pedro había podido reconocer quién era Jesús. Sin embargo, el Evangelio de este domingo nos muestra que reconocer al Mesías no significa todavía comprender su camino. Inmediatamente después de aquella confesión, Jesús comienza a anunciar a sus discípulos que debe ir a Jerusalén, sufrir, ser condenado a muerte y resucitar al tercer día. Y Pedro no puede aceptar este camino: «Dios no lo permita, Señor; eso no te sucederá». ¿Cómo puede ser que aquel que ha reconocido correctamente la identidad de Jesús no pueda reconocer el camino que Él debe recorrer? Pedro espera un Mesías victorioso, pero no comprende que la victoria de Cristo pasará por la entrega y la cruz. Por eso Jesús debe corregirlo con dureza: «¡Retírate, ve detrás de mí, Satanás!». Pedro ha reconocido quién es Jesús, pero todavía piensa «como los hombres» y no «como Dios».

Esto nos toca también a nosotros. Podemos confesar que Jesús es nuestro Señor, creer en Él y querer seguirlo, pero al mismo tiempo pretender que sea Él quien se adapte a nuestros propios criterios. San Pablo nos exhorta en la segunda lectura: «No se amolden a este mundo, sino transfórmense interiormente para poder discernir cuál es la voluntad de Dios, lo que es bueno, lo que le agrada, lo perfecto». Y justamente aquí aparece una de las grandes tentaciones de nuestro tiempo: el mundo nos propone constantemente que nos elijamos a nosotros mismos. Se nos invita a poner por encima de todo nuestro bienestar, nuestra realización personal, nuestra comodidad, nuestra imagen, nuestros proyectos y nuestros deseos; a evitar todo aquello que implique sacrificio o renuncia. Pero Cristo ha elegido otro camino: no se eligió a sí mismo, sino que nos eligió a nosotros. Y nos amó hasta el extremo, incluso cuando ese amor lo condujo al sufrimiento y a la cruz.

Por eso Jesús añade: «El que quiera venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga». No se trata de buscar el sufrimiento por sí mismo, sino de aceptar que el amor verdadero siempre puede exigir entrega, renuncia y sacrificio. Pedro quería un Mesías según una sabiduría humana que no comprendía la lógica del amor que se entrega. También nosotros podemos caer en la tentación de construir un cristianismo a nuestra medida: reconocer a Jesús como Salvador, pero rechazar el camino por el que Él ha querido salvarnos. Sin embargo, seguir a Cristo significa no sólo reconocer quién es, sino aprender a caminar detrás de Él.

La segunda lectura nos ofrece precisamente el camino para hacerlo: no conformarnos con los criterios de este mundo, sino dejar que Dios transforme nuestra manera de pensar para poder discernir su voluntad. Porque la lógica de Cristo no es la de conservar la propia vida a cualquier precio, sino la de entregarla por amor. Y aunque hoy experimentemos cansancio, sufrimiento o tribulación, sabemos que no tienen la última palabra. El camino de la cruz conduce a la resurrección y Cristo vendrá en su gloria. 

Pidamos, entonces, la gracia no sólo de reconocer a Jesús como el Mesías, sino de reconocer también su camino; de no querer enseñarle a Dios cómo debe salvarnos, sino de aprender nosotros a seguirlo. Sólo así podremos descubrir que la vida entregada por amor no se pierde, sino que encuentra en Cristo su verdadera plenitud.


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domingo, 23 de agosto de 2026

Meditamos el Evangelio del Domingo con Pbro. Alexis Rosales


Lecturas del día: Libro de Isaías 22,19-23. Salmo 138(137),1-2a.2bc-3.6.8bc. Carta de San Pablo a los Romanos 11,33-36

Evangelio según San Mateo 16,13-20.

Al llegar a la región de Cesarea de Filipo, Jesús preguntó a sus discípulos: "¿Qué dice la gente sobre el Hijo del hombre? ¿Quién dicen que es?".
Ellos le respondieron: "Unos dicen que es Juan el Bautista; otros, Elías; y otros, Jeremías o alguno de los profetas".
"Y ustedes, les preguntó, ¿quién dicen que soy?".
Tomando la palabra, Simón Pedro respondió: "Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo".
Y Jesús le dijo: "Feliz de ti, Simón, hijo de Jonás, porque esto no te lo ha revelado ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en el cielo.
Y yo te digo: Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder de la Muerte no prevalecerá contra ella.
Yo te daré las llaves del Reino de los Cielos. Todo lo que ates en la tierra, quedará atado en el cielo, y todo lo que desates en la tierra, quedará desatado en el cielo".
Entonces ordenó severamente a sus discípulos que no dijeran a nadie que él era el Mesías.

Homilía por el Pbro. Alexis Rosales

Queridos amigos:

En el evangelio de este domingo, Jesús hace dos preguntas a sus discípulos, primero una pregunta general, ¿Quién dice la gente que soy? Y aquí recibe diversas respuestas.

Luego la pregunta se dirige a los discípulos, Y ustedes ¿quién dicen que soy?

Las palabras de Jesús no son cosa del pasado, es por eso que la pregunta realizada a los suyos resuena hoy para nosotros que somos sus discípulos y misioneros del 2026.

¿Quién es Jesús para mí?  La respuesta que da Pedro la tenemos bien clara, pero es la respuesta de Pedro, no podemos vivir copiando las respuestas de otro, nuestra respuesta tendrá que ser lo más original y sencilla. Nuestra respuesta nace del encuentro con Jesús, sin ese profundo tinkunaco con Jesús, es imposible balbucear una respuesta. Pedro es capaz de dar una respuesta, que fue madurando en el corazón en base a su propia experiencia “Tu eres el mesías, el hijo de Dios vivo"

¿Dónde podemos tener una experiencia fuerte de encuentro con Jesús? Los lugares son muy diversos, la eucaristía, la reconciliación, una misión, un retiro espiritual, otro hermano que nos habló de Jesús, un enfermo que visitamos, un niño que nos regaló una sonrisa, en estos lugares Jesús está vivo y actuante, tenemos que afinar el oído y el corazón para escucharlo.

Cuando tengo un encuentro con Jesús en la Eucaristía, hecho pan, adquiero la experiencia de Jesús que se queda para alimentar al cansado, cuando me encuentro con Jesús en la reconciliación, tengo la experiencia del abrazo misericordioso del padre, me encuentro con la dulzura del perdón,  cuando me encuentro con Jesús en un retiro, tengo la experiencia de estar con Jesús a solas, en el silencio, estando con quién verdaderamente nos ama, cuando me encuentro con Jesús en el hermano, tengo la experiencia de un Jesús que elige el corazón del hombre para poner allí su carpa, un Dios que quiere habitar en el alma, cuando me encuentro con Jesús en un enfermo, hago experiencia del Jesús que sufre, Jesús acompaña el dolor y lo redime, cuando me encuentro con Jesús en un niño, experimento el Dios que se hace pequeño, pobre y necesitado, un Dios que elige como lenguaje la ternura, la bondad y la paz, un Dios que prefiere la humildad y la fragilidad, hasta aquí algunas de las experiencias, ustedes cómo lectores pondrán las suyas y descubrirán quién es Jesús para ustedes.

Deseo de corazón que este gran tinkunaco se dé en lo profundo del alma  de cada hombre, y que después de vivir intensamente este domingo, podamos dar una respuesta a Jesús.

Que tengas una excelente jornada.

Tinkunaco: palabra que proviene de quechua, que significa encuentro.


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domingo, 16 de agosto de 2026

Meditamos el Evangelio del Domingo XX con P. Diego Olivera



Lecturas del día: Isaías 56,1.6-7 / Salmo 67(66),2-3.5.6.8. / Romanos 11,13-15.29-32.

Evangelio según San Mateo 15,21-28.

Jesús partió de allí y se retiró al país de Tiro y de Sidón. Entonces una mujer cananea, que procedía de esa región, comenzó a gritar: "¡Señor, Hijo de David, ten piedad de mí! Mi hija está terriblemente atormentada por un demonio". Pero él no le respondió nada. Sus discípulos se acercaron y le pidieron: "Señor, atiéndela, porque nos persigue con sus gritos". Jesús respondió: "Yo he sido enviado solamente a las ovejas perdidas del pueblo de Israel". Pero la mujer fue a postrarse ante él y le dijo: "¡Señor, socórreme!". Jesús le dijo: "No está bien tomar el pan de los hijos, para tirárselo a los cachorros". Ella respondió: "¡Y sin embargo, Señor, los cachorros comen las migas que caen de la mesa de sus dueños!". Entonces Jesús le dijo: "Mujer, ¡qué grande es tu fe! ¡Que se cumpla tu deseo!". Y en ese momento su hija quedó curada.


"Una mujer de las periferias nos ayuda a fortalecer nuestra Fe" P. Diego Olivera

Las lecturas de este domingo nos presentan una pregunta muy concreta: ¿quiénes tienen lugar en el corazón de Dios? 

El profeta Isaías nos brinda una respuesta: «Mi casa será llamada casa de oración para todos los pueblos». Esta respuesta se presenta como contraposición a la mentalidad de muchos judíos de la época de Jesús, que esperaban al Mesías principalmente como aquel que restauraría a Israel, liberaría a su pueblo y cumpliría las promesas hechas a David. Pero Isaías plantea la misión universal de Jesús como el abrazo misericordioso de Dios para restaurar toda la humanidad, enviado no solamente para los que pertenecen al pueblo de Israel, no solamente para los que cumplen determinadas condiciones, sino para todos, todos, todos.

El salmista invita a todos los pueblos a dar gracias al Señor por su gran misericordia, en consonancia con las palabras de Isaías. ¡Que los pueblos te den gracias, Señor,
que todos los pueblos te den gracias!

San Pablo, en el capítulo 11 de la carta a los Romanos, siendo judío explica que la misericordia se extiende también a los que estaban fuera del pueblo de Israel, afirma que Dios ha abierto el camino de la Salvación para otros pueblos, la misericordia de Dios es para todos, sin exclusión alguna, incluidos los pueblos paganos o los gentiles a quienes algunos judíos llamaban “perros” como insulto o desprecio ya que los perros eran considerados animales salvajes que merodeaban por la basura, por lo tanto eran considerados impuros por no seguir la ley de Moisés ni practicar la circuncisión. La misericordia de Dios supera leyes y fronteras

En el Evangelio Jesús se encuentra con una mujer extranjera, no pertenece al pueblo de Israel, sería una mujer de la periferia (como muchas veces escuchamos en palabras del papa Francisco). Esta mujer supera las barreras sociales y religiosas, no tiene miedo al prejuicio, se acerca a Jesús y le grita: "¡Señor, Hijo de David, ten piedad de mí! Mi hija está terriblemente atormentada por un demonio". En este grito la mujer reconoce a Jesús como el Mesías, aquel viene a restaurar todo con su misericordia, suplica piedad por una situación de dolor familiar. Jesús se queda en silencia, parece que no la escucha. Cuantas personas hoy gritan desde sus dolores pero para muchos esos es molesto, así lo experimentan los discípulos, ellos no están preocupados por la aflicción de la mujer sino que les incomoda que una mujer extranjera, considerada impura se acerque a ellos, quieren que Jesús la atienda para rápidamente sacársela de encima, una historia que se sigue repitiendo en nuestra cultura que nos propone el modelo de “sálvese quien pueda” cayendo en la indiferencia ante el dolor de los demás, considerando molestos o locos a quienes gritan con dolor por un pedido de justicia y paz.

Ante el pedido de los discípulos, Jesús responde con los criterios judíos de esa época, que consideraba al Mesías como enviado solo para el pueblo de Israel. La mujer se postra ante Jesús, él le dirige la palabra y ella se convierte en la protagonista de la escena, ahora es escuchada por todos la. Jesús frena y dialoga con la mujer extranjera, aquella que esta fuera de las fronteras culturales y religiosas del pueblo de Israel pero sin embargo él no la considera impura, como los demás y le plantea una metáfora inspirada en la concepción judía sobre la misión del Mesías: "No está bien tomar el pan de los hijos, para tirárselo a los cachorros". “Los hijos” representan al pueblo de Israel, quienes recibieron la ley dada por Dios, “el pan” representa la ayuda divina y las bendiciones de Dios Padre por medio de su Hijo Jesucristo y “los cachorros” representa a los gentiles o extranjeros pero Jesús no usa la palabra “perros” sino que usa una palabra representando la pequeñez y la cercanía de los animales domésticos, tomando distancia de la concepción judía que considera perros callejeros o salvajes a los extranjeros. Y la mujer no se siente ofendida, responde con humildad demostrando su gran fe en el Mesías, ella no exige el primer lugar, sabiéndose fuera de la ley judía, también se considera heredera de la misericordia de Dios.

Y Jesús la pone en primer lugar al afirmar: "Mujer, ¡qué grande es tu fe!, la exalta, la propone como modelo de fe para los demás, llega desde la periferia pero ocupa un lugar central en el Evangelio y  a la luz de este texto se nos recuerda la misión de Jesús expresada por él mismo en el capítulo 4 del evangelio de Lucas, tomando las palabras del capítulo 61 de Isaías:  "El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha consagrado por la unción. El me envió a llevar la Buena Noticia a los pobres, a anunciar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, a dar la libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor". A lo largo de toda su vida, Jesús vivió estas palabras.

Queridos hermanos, hoy necesitamos aprender de aquella mujer cananea: Aprender a no abandonar cuando Dios parece guardar silencio. Aprender a seguir rezando cuando todavía no vemos la respuesta. Pero también aprender algo más profundo: a mirar a las personas con los ojos de Jesús. Quizás alguien que nosotros consideramos “de afuera” tenga una fe que nosotros necesitamos renovar. Quizás aquel que llega por primera vez a nuestra comunidad tenga algo que enseñarnos. Quizás ese joven que está lejos de la Iglesia esté buscando a Dios con más sinceridad que quienes llevamos años dentro.

Que nuestras comunidades puedan ser verdaderamente aquello que anuncia Isaías: una casa de oración para todos los pueblos. Una Iglesia con las puertas abiertas, una Iglesia que sale al encuentro, una Iglesia que no mira desde arriba a las periferias, sino que camina hacia ellas. Porque la Iglesia no existe para unos pocos. Existe para anunciar la misericordia de Dios a todos. Muchas veces pensamos que nosotros tenemos que llevar a Dios a las periferias. Y el Evangelio de hoy nos recuerda algo todavía más profundo: Dios ya está allí. Y quizás tenemos que dejarnos evangelizar por quienes encontramos en las periferias.

Por eso hoy podríamos pedirle al Señor tres cosas:

Señor, danos una fe como la de aquella mujer.

Una fe que no se rinde.

Señor, danos un corazón como el tuyo.

Un corazón que no levante fronteras.

Y Señor, enséñanos a salir hacia las periferias.

Porque allí también estás vos.



Feliz y bendecido domingo para todos

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domingo, 9 de agosto de 2026

Meditamos el Evangelio del Domingo con Fr. Josué González Rivera, OP


Lecturas del día:
Primer Libro de los Reyes 19,9a.11-13a. Salmo 85(84),9ab-10.11-12.13-14. Carta de San Pablo a los Romanos 9,1-5.

Evangelio según San Mateo 14,22-33.

Después que se sació la multitud, Jesús obligó a los discípulos que subieran a la barca y pasaran antes que él a la otra orilla, mientras él despedía a la multitud.
Después, subió a la montaña para orar a solas. Y al atardecer, todavía estaba allí, solo.
La barca ya estaba muy lejos de la costa, sacudida por las olas, porque tenían viento en contra.
A la madrugada, Jesús fue hacia ellos, caminando sobre el mar.
Los discípulos, al verlo caminar sobre el mar, se asustaron. "Es un fantasma", dijeron, y llenos de temor se pusieron a gritar.
Pero Jesús les dijo: "Tranquilícense, soy yo; no teman".
Entonces Pedro le respondió: "Señor, si eres tú, mándame ir a tu encuentro sobre el agua".
"Ven", le dijo Jesús. Y Pedro, bajando de la barca, comenzó a caminar sobre el agua en dirección a él.
Pero, al ver la violencia del viento, tuvo miedo, y como empezaba a hundirse, gritó: "Señor, sálvame".
En seguida, Jesús le tendió la mano y lo sostuvo, mientras le decía: "Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?".
En cuanto subieron a la barca, el viento se calmó.
Los que estaban en ella se postraron ante él, diciendo: "Verdaderamente, tú eres el Hijo de Dios".

Homilía por Fray Josué González Rivera, OP

En cuanto subieron a la barca, el viento se calmó.

Hermanas y hermanos:

¿Cuáles son los miedos y las preocupaciones que nos hacen sentir como ahogados? A veces decimos que hay cosas o situaciones en las que “sentimos el agua hasta el cuello”. Sin duda alguna, esta experiencia cotidiana puede asemejarse a la del ahogo, entendiéndolo como una amenaza a nuestra propia vida, como aquellas situaciones límite que nos ponen a prueba y nos hacen querer salir a la superficie para tomar aire. En nuestra vida personal, profesional y, por qué no, también religiosa, podemos experimentar ese “ahogo”. Sin embargo, el Evangelio de este domingo nos muestra cómo enfrentar y vivir esas situaciones de manera creyente, sabiendo que Jesús está allí: Él es quien nos tiende la mano para salir a flote, para ponernos en una situación de seguridad y para calmar las tormentas que también pueden sacudir y amenazar la barca en la que nos encontramos.

En este domingo vemos a un Dios que se manifiesta en la naturaleza. El profeta descubre a Dios en ella, pero, aún más, no en su fuerza violenta, sino en aquella brisa que nos envuelve. Sabemos que Dios utiliza la naturaleza para comunicarse con nosotros, pero Él no es la naturaleza misma, sino algo distinto de ella: algo más grande, que la sostiene. En Jesús queda claro que Dios es el Señor de la naturaleza. Con su presencia controla los elementos y puede caminar sobre las aguas. Una de las interpretaciones que he escuchado sobre este texto va precisamente en este sentido: Pedro también quiere, desde su condición humana, caminar sobre el agua, ser señor de la naturaleza; pero se hunde.

Hay momentos en los que la realidad se nos impone. El ser humano, con sus tecnologías, su ciencia y sus propias ideas, a veces quiere caminar sobre la naturaleza, dominarla; pero la realidad se impone: la realidad natural, con su fuerza, su violencia y su poder. Sin embargo, cuando entramos en la presencia de Jesús, podemos enfrentarnos a todas esas adversidades. Inclusive podríamos pensar aquí en la dimensión ecológica tan actual. No para convertirnos en señores y amos de la naturaleza, sino para ser sus guardianes, sabiendo que el verdadero Señor de la naturaleza es Él.

Y es Pedro quien descubre dónde está la seguridad. No está de más recordar que aquella barca en la que sube Jesús, en la que también está Pedro y en la que finalmente se calman los vientos, ha sido entendida desde antiguo por los Padres de la Iglesia como símbolo de la propia Iglesia. Ella navega por esas aguas con la confianza de haber reconocido que Jesús es verdaderamente el Hijo de Dios. Hoy en día, esa barca se sigue viendo amenazada por vientos y tempestades. Pero la confianza en saber que Jesús cuida de ella debe animarnos a seguir navegando, a mantener el rumbo, con la certeza de que Él nos dará esa paz y esa tranquilidad.

 

A lo largo de nuestra propia vida podemos acudir al Señor y descubrir cómo aparece su mano, ofreciéndonos una salida para no ahogarnos. Esa mano de Dios puede hacerse visible en sus sacramentos, en su Palabra y cuando oramos con Él; pero también puede hacerse presente en la comunidad, en las hermanas y los hermanos que nos tienden la mano para ayudarnos a seguir adelante y a subir nuevamente a la barca. Claro está que, nosotros también, en nombre de aquel que es el Señor de la naturaleza, estamos llamados a tender nuestras manos para ayudar a los demás, para que no se dejen ahogar.

Que podamos reconocer en nuestras vidas aquellas manos del Señor que se nos tienden y que seamos también instrumentos mediante los cuales Él tienda su mano a los demás: para ayudarlos a salir adelante, para ofrecerles apoyo y para hacer posible esa experiencia comunitaria. San Pablo incluso estuvo dispuesto a estar separado de su pueblo y de su gente, de los judíos, para convertirse en predicador de los gentiles, porque también ellos necesitaban esa mano misericordiosa que los sacara de la condición de pecado y de ignorancia en la que se encontraban, para descubrir la riqueza del Evangelio de Jesucristo.

Que podamos subir a la barca, ayudados por el Señor, y que podamos también tender manos misericordiosas a los demás.

Bendiciones.


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