domingo, 7 de junio de 2026

Meditamos el Evangelio del domingo con el Rev. P. Jose Torres, LC



Lecturas del día: Deuteronomio 8,2-3.14b-16a. Salmo 147,12-13.14-15.19-20. Carta I de San Pablo a los Corintios 10,16-17.

Evangelio según San Juan 6,51-58.

Jesús dijo a los judíos:
"Yo soy el pan vivo bajado del cielo. El que coma de este pan vivirá eternamente, y el pan que yo daré es mi carne para la Vida del mundo".
Los judíos discutían entre sí, diciendo: "¿Cómo este hombre puede darnos a comer su carne?".
Jesús les respondió: "Les aseguro que si no comen la carne del Hijo del hombre y no beben su sangre, no tendrán Vida en ustedes.
El que come mi carne y bebe mi sangre tiene Vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día.
Porque mi carne es la verdadera comida y mi sangre, la verdadera bebida.
El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él.
Así como yo, que he sido enviado por el Padre que tiene Vida, vivo por el Padre, de la misma manera, el que me come vivirá por mí.
Este es el pan bajado del cielo; no como el que comieron sus padres y murieron. El que coma de este pan vivirá eternamente".

Homilía por el Rev. P. Jose Torres, LC

No vino a darte algo. Vino a darse.

·         Una pregunta que no esperabas

Hay una frase que Jesús pronuncia en el Evangelio de hoy que, si la escuchamos de verdad —no como un texto litúrgico que ya conocemos de memoria, sino como si la oyéramos por primera vez—, debería dejarnos sin palabras. No por su belleza. Por su audacia.

"Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo."

No dice: "yo tengo pan". No dice: "yo sé dónde encontrar pan". No dice: "yo soy el camino que lleva al pan". Dice: yo soy el pan. La fuente de sustento no es algo que Él da. Es Él mismo!!!. Y eso lo cambia todo.

En toda la historia de las religiones, los dioses dan cosas: victorias, cosechas, hijos, prosperidad. El Dios de Israel va un paso más lejos: da maná en el desierto, agua de la roca, un pueblo de esclavos convertido en nación libre. Pero en Jesús algo da un salto sin precedentes. Ya no da cosas. Se da a sí mismo. Eso es lo que celebramos hoy en la solemnidad del Corpus Christi: no un regalo, sino una entrega total. No un gesto, sino una presencia que quiere ser alimento.

"El que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne por la vida del mundo."

Los judíos que lo escucharon reaccionaron como cualquiera de nosotros reaccionaría si alguien nos dijera algo así: con confusión, con disputa, con la pregunta que brota inmediata del sentido común: "¿Cómo puede este darnos a comer su carne?". Es una pregunta legítima. Es, en realidad, la pregunta más importante que uno puede hacerse frente al Evangelio. Y Jesús no la esquiva, no la suaviza, la confirma. Con mayor fuerza.

·         El desierto que Dios eligió

Para entender lo que Jesús ofrece hoy, hay que pararse un momento en la Primera Lectura. Moisés habla al pueblo y les pide que recuerden el desierto. No como trauma. No como vergüenza. Como escuela.

"Recuerda todo el camino que el Señor, tu Dios, te ha hecho recorrer estos cuarenta años por el desierto, para afligirte, para probarte y conocer lo que hay en tu corazón."

Esto es desconcertante si lo leemos con honestidad. Dios no llevó al pueblo al desierto a pesar de amarle. Lo llevó al desierto porque lo amaba. La aflicción no es un fallo del plan. ES EL PLAN. El desierto es el lugar donde se descubre lo que hay en el corazón. Y lo que hay en el corazón, cuando se cae todo lo superfluo, es siempre lo mismo: una necesidad radical de Dios que ninguna otra cosa puede satisfacer.

La pedagogía divina es implacable y tierna al mismo tiempo. Primero el hambre, luego el maná. Primero el límite, luego el don. No al revés. Porque si el maná llega antes del hambre, uno puede atribuirlo a la casualidad, a la suerte, al mérito propio. El hambre honesta prepara un corazón que sabe recibir. Un corazón que reconoce que lo que viene es gracia, no conquista y que no solo somos simples merecedores.

"No solo de pan vive el hombre, sino de todo cuanto sale de la boca de Dios." Esto no es un consejo dietético. Es el diagnóstico más preciso sobre la condición humana que jamás se haya pronunciado.

Y nosotros, que vivimos en el siglo XXI con heladeras llenas y pantallas encendidas las veinticuatro horas, también conocemos el desierto. Solo que el nuestro no tiene arena. Tiene otro nombre. Se llama esa sensación de que algo falta, aunque técnicamente tienes todo. Se llama la soledad que no desaparece, aunque estés rodeado de gente. Se llama el agotamiento de perseguir cosas que, cuando por fin llegan, no llenan lo que prometían llenar.

El desierto moderno es silencioso y está lleno de ruido al mismo tiempo. Es el scroll infinito buscando algo que no aparece. Es el éxito profesional que deja un sabor extraño. Es la relación que funciona pero que no basta. Dios no elimina ese desierto. Lo habita. Y en él, como hizo con Israel, aparece con el maná en el momento exacto: cuando ya no puedes fingir que te basta con lo que tienes.

          Lo que los padres comieron y lo que Jesús ofrece

Hay un contraste en el Evangelio que merece toda nuestra atención. Jesús lo dice con una claridad casi brutal: "Vuestros padres comieron el maná en el desierto y murieron." No es un juicio. Es una constatación. El maná era real. Era un milagro. Era el sustento de un pueblo entero durante cuarenta años. Pero tenía una limitación: no era para siempre. Alimentaba el cuerpo. No podía hacer nada con la muerte.

Y luego Jesús dice: "este es el pan que ha bajado del cielo: no como el de vuestros padres, que lo comieron y murieron; el que come este pan vivirá para siempre." La diferencia no es de calidad, como si el pan de Jesús fuera simplemente un maná mejorado. La diferencia es de naturaleza. El maná del desierto alimenta para seguir viviendo la misma vida. El pan que Jesús ofrece transforma la vida misma. Introduce en ella una dimensión que no tiene fecha de caducidad: la eternidad.

Esto plantea una pregunta que vale la pena hacerse en serio: ¿de qué estamos viviendo? No en sentido material. En sentido existencial. ¿De qué nos estamos alimentando para enfrentar la vida, para amar, para sostener el sufrimiento, para seguir adelante cuando todo se complica? Si la respuesta es solo maná —solo los recursos que el mundo ofrece, por buenos que sean— entonces algo esencial sigue faltando. Y en algún momento esa falta se hace sentir.

"Mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida."

Jesús usa el adjetivo "verdadera" —alethes en griego— con mucho cuidado. No dice "comida especial" ni "comida sagrada". Dice verdadera. Como si todo lo demás fuera, en cierto modo, una aproximación. Un “algo parecido”, una comida que alimenta pero que no toca el fondo, no sacia. La Eucaristía es comida verdadera porque llega donde ningún otro alimento puede llegar: al núcleo de la persona, al lugar donde se decide si uno vive o muere de verdad.

·         El escándalo de la cercanía

Existe en la historia de la espiritualidad cristiana una tentación recurrente: espiritualizar tanto la fe que Dios quede a una distancia segura. Un Dios grande, trascendente, luminoso, que inspira y consuela desde las alturas pero que no se mete demasiado en el barro de lo cotidiano. Es una tentación comprensible. Un Dios demasiado cercano es un Dios que incomoda. Un Dios que habita donde yo habito me obliga a preguntarme cómo vivo.

El Corpus Christi destruye esa tentación de raíz. Porque lo que Jesús propone en el Evangelio de hoy no es una presencia suave y difusa, una especie de aura espiritual que flota a tu alrededor. Lo que propone es algo escandalosamente concreto: "el que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él."

Habitar. La palabra griega es menein, que Juan usa en todo su Evangelio para describir la relación más íntima posible: permanecer, quedarse, hacer morada. No una visita de cortesía. No un contacto ocasional. Una presencia que se instala. Que conoce los rincones. Que está cuando la casa está desordenada y cuando estás en tu peor versión y cuando no tienes palabras para orar y cuando el cansancio es más grande que la devoción.

Jesús no dice: "el que me come me tendrá cerca". Dice: "habitará en mí y yo en él." Es recíproco. Es una comunión de vida. No una transacción religiosa.

Esta es la lógica trinitaria que el propio Jesús señala al final del texto: "Como el Padre que vive me ha enviado, y yo vivo por el Padre, así, del mismo modo, el que me come vivirá por mí." La comunión eucarística no es un gesto piadoso añadido a la vida cristiana. Es la participación en la misma dinámica de amor que existe en el seno de la Trinidad. Cuando comulgas, eres introducido —inmerecidamente, gratuitamente, de manera real— en esa circulación de vida que es la vida de Dios.

·         Un solo cuerpo: lo que Pablo se atreve a decir

La Segunda Lectura es brevísima. Dos versículos. Pero Pablo concentra en ellos una teología que podría ocupar volúmenes enteros. "El pan es uno, nosotros, siendo muchos, formamos un solo cuerpo, pues todos comemos del mismo pan."

La Eucaristía no es solo un acto de unión personal entre mi alma y Jesús. Es el acto constitutivo de la Iglesia. Cada vez que la comunidad se reúne alrededor del altar y come del mismo pan, se está diciendo algo sobre su identidad: somos un solo cuerpo. No una asociación de personas que comparten ideas. No un club espiritual de afinidades. Un cuerpo. Con la misma vida circulando por todos.

En un tiempo como el nuestro, marcado por el individualismo más radical —donde incluso la espiritualidad se vive frecuentemente como experiencia privada, a la carta, sin pertenencia ni compromiso— esta afirmación de Pablo es subversiva. Dice: no puedes comulgar y quedarte solo. No puedes recibir el Cuerpo de Cristo y vivir como si los demás no existieran. El pan que te une a Jesús te une, en el mismo gesto, a todos los que comen de ese mismo pan.

Eso tiene consecuencias muy concretas. Significa que la forma en que tratas a tu hermano, a tu vecino, al que está al margen, al que sufre, es parte de tu relación eucarística con Jesús. No puedes separar "comulgar bien" de "vivir bien". No en el sentido moralista del término, sino en el sentido más profundo: si el mismo cuerpo de Cristo te habita y habita al otro, hacerle daño al otro es, de alguna manera, hacerle daño a Él.

          La trampa de la costumbre

Hay algo que es necesario nombrar con honestidad, especialmente para quienes llevamos tiempo en la fe. El mayor peligro no es la incredulidad. Es la familiaridad que adormece.

Comulgar en automático. Llegar al altar como quien cumple un trámite conocido. Recibir el Cuerpo de Cristo con el corazón pensando en lo que sigue, en el tráfico, en los planes del domingo. Estar físicamente presente en la misa y mentalmente ausente del Misterio que se celebra. Eso no es hipocresía. Es algo más insidioso: es el desgaste que produce la repetición sin presencia.

El desierto que Dios usó con Israel tenía una función: interrumpir la rutina de la esclavitud para que el pueblo pudiera encontrarse con algo que no conocía. A veces necesitamos que algo nos interrumpa también a nosotros. No necesariamente una crisis. Puede ser una homilía. Puede ser un momento de silencio real. Puede ser la pregunta que nos hacemos de camino al altar: ¿qué estoy haciendo aquí, en realidad?

La Eucaristía no funciona de manera automática como un mecanismo. Es un encuentro. Y los encuentros requieren presencia, no solo presencia física sino la del corazón.

·         El don que viene antes del mérito

Uno de los malentendidos más frecuentes sobre la vida espiritual es pensar que hay que estar en un cierto estado interior para recibir a Jesús en la comunión. No de pecado grave, claro —eso es doctrina—, pero más allá de eso, a veces nos autoexcluimos interiormente porque sentimos que no estamos lo suficientemente preparados, lo suficientemente fervorosos, lo suficientemente limpios.

El Evangelio de hoy no habla de méritos. Habla de hambre. "Si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros." La condición no es la perfección. Es el hambre reconocida. Es la necesidad admitida. El maná del desierto no cayó sobre los israelitas que mejor se habían comportado esa semana. Cayó sobre un pueblo errante, quejumbroso, con la fe a trompicones, que sin embargo estaba ahí, en el desierto, con el hambre de quien no tiene otra salida.

Eso somos nosotros la mayoría de los domingos: personas con la fe a trompicones, con el corazón dividido, con más preguntas que certezas. Y aun así —o precisamente por eso— somos el destinatario perfecto de este pan. Porque el Eucaristía no es el premio de los que llegaron. Es el alimento de los que todavía están en camino.

·         Para terminar: una sola cosa

El Corpus Christi no es simplemente una fecha en el calendario litúrgico. No es la fiesta de un dogma abstracto. Es la celebración de que Dios eligió no quedarse a distancia. De que el Verbo que se hizo carne en Belén sigue haciéndose carne hoy, aquí, en cada misa, en cada comunión, en cada momento en que alguien se acerca al altar con hambre verdadera.

Es la afirmación más radical que existe sobre la dignidad del ser humano: que Dios quiere habitarte. No dirigirte desde fuera. No vigilarte desde lejos. Habitarte!!!. Hacer de tu vida su morada. Eso exige, por nuestra parte, una sola cosa: la disposición de abrir la puerta.

Hoy, en esta solemnidad, la Iglesia entera se pone en pie para decir que ese pan no es símbolo. Que esa presencia es real. Que la Eucaristía no es el recuerdo de algo que pasó hace dos mil años, sino el mismo acontecimiento haciéndose presente ahora. Y que en ese hacerse presente está la única respuesta que no defrauda al hambre más profunda del corazón humano.

Eso o es la locura más grande de la historia. O es la verdad más importante de tu vida.

No hay término medio.

 

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miércoles, 3 de junio de 2026

4° Encuentro Nacional de Evangelizadores Digitales de Argentina




Del 24 al 26 de julio, se realizará el cuarto Encuentro Nacional de Evangelizadores Digitales (ENED) de Argentina en Santa Fe, un espacio dedicado al fortalecimiento de la misión en los ámbitos digitales.

Este encuentro tiene como propósito no solo brindar herramientas técnicas y estratégicas, sino también profundizar en la identidad espiritual del evangelizador digital, es decir, de aquel que se hace presente en el mundo digital con una presencia misionera, anunciando la Buena Nueva.

A partir de la iniciativa “La Iglesia te escucha”, llevada adelante por el Dicasterio para la Comunicación, con la colaboración de más de 250 misioneros digitales de todo el mundo, que logró llegar a 20 millones de personas, surgió una comunidad de evangelizadores que llevan adelante la misión de la pastoral digital y que ya se reunieron en varias oportunidades de forma virtual, convocados por este dicasterio.
En resonancia con esta propuesta surgió en Argentina un encuentro presencial de evangelizadores digitales, la primera edición se realizó en el año 2023 en Buenos Aires, la segunda se realizó en Córdoba (2024) y el año pasado en Buenos Aires. En cada ENED se comparten experiencias, desafíos, búsquedas, y anhelos para seguir creciendo juntos en la misión de la Evangelización Digital, también se crean vínculos fraternos de amistad. 

El Papa León XIV nos pide que no tengamos miedo de llevar la esperanza a los nuevos escenarios culturales visibilizando los rostros humanos y sus historias, nos invita a que se escuchen nuestras voces en el mundo digital, colocando en el centro la dignidad humana.

La Evangelización Digital es una vocación única y particular en la que Dios te llama a difundir su Buena Noticia con creatividad en el continente digital. Consideramos importante ser y hacer comunidad entre nosotros para compartir nuestras experiencias y formarnos. Se trata, no solo de reparar las redes, sino también de tejerlas entre nosotros.

Por eso:
Si creas contenido de evangelización en redes de manera periódica.
Si tu mensaje transmite un mensaje de fe alentador.
Si tu contenido tiene como fuente el Magisterio y la Tradición de la Iglesia Católica, promoviendo la unidad y la misericordia que Jesús proclamó.

¡Te animamos a postularte a este evento! 


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sábado, 30 de mayo de 2026

Meditamos el Evangelio del Domingo con Fray Cristian Yturre OP.


Lecturas del día: Libro del Éxodo 34,4b-6.8-9. Libro de Daniel 3,52.53.54.55.5 Carta II de San Pablo a los Corintios 13,11-13.

Evangelio según San Juan 3,16-18.

Sí, Dios amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo único para que todo el que cree en él no muera, sino que tenga Vida eterna.
Porque Dios no envió a su Hijo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él.»
El que cree en él, no es condenado; el que no cree, ya está condenado, porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios.

Homilía por Fray Cristian Yturre OP.

La lógica del amor

Este domingo celebramos juntos el misterio central de nuestra fe, el misterio de un Dios que es UNO en comunión de TRES PERSONAS.

Para acercarnos a comprender este misterio, antes debemos comprender de qué hablamos cuando hablamos de amor. Normalmente confundimos el concepto amor con el enamoramiento, por eso escuchamos muchas veces la frase “se acabó el amor.” ¿Has escuchado esta frase alguna vez? ¿Has sentido que el “amor se acabó”? Déjame decirte, es propio del enamoramiento acabar, y dar paso a algo más grande… o no. El amor es algo más profundo, no es una simple atracción, es una elección.

Permíteme hacer una breve aclaración: si hablamos de elecciones tenemos que hablar de voluntad. Nuestra voluntad siempre está esta inclinada al bien y busca la felicidad. Santo Tomás distinguía dos aspectos de ella: la voluntas ut natura y la voluntas ut ratio. Si bien en nosotros hay una sola voluntad podemos distinguirlas en el modo en como obramos. La primera es más espontanea, no requiere deliberación, nos inclina necesariamente hacia lo que percibimos como bueno. Dicho de otra manera, no lo pienso tanto. Luego entra el otro aspecto, más racional, más deliberativo.

A esta altura te estarás preguntando que tiene que ver todo esto con el misterio de la Santísima Trinidad o con el amor. Déjame decirte que el amor empieza como esa inclinación primera al bien, pero debe ser elegido, sopesado, abrazado. Para poder amar total y plenamente debo elegir el amor, no es un sentimiento pasajero, es una elección que perdura. Déjame preguntarte, ¿Dónde crees que hay más amor? Imagina una pareja de recién casados, saliendo de la iglesia, besándose bajo una lluvia de granos de arroz. Ahora imagina a una pareja de ancianos que están juntos sentados en un banco de la plaza, ves los años que cargan encima, ves el peso de las decisiones que han tenido que tomar a lo largo de su matrimonio, ves el peso de las ilusiones y de las desilusiones…  y ves que están tomados de las manos. Tal vez haya mucho amor en la primera imagen, pero hay más plenitud en la segunda. Hay casos incluso en que el amor que se veía en la primera pareja no prospera, se rompe, se quiebra. Tal vez no había un conocimiento real del otro al momento de decir el sí.

Ahora bien, ya aclaramos que el amor verdadero requiere no solo una inclinación hacia lo que me agrada, lo que me hace sentir bien, sino una elección, a pesar de que no todo sea “color de rosas”. Pues si llevamos ese amor al extremo, esa elección hasta las últimas consecuencias y un poco más allá, estaremos cerca de balbucear lo que es el verdadero AMOR con mayúsculas. El amor de Dios que, siendo comunión plena de amor nos invita, nos elige, nos llama a participar de su propio amor.

A ti, a mi… que a veces nos cuesta aceptar todo lo nuestro. Dios nos AMA, te ama. Y lo da todo para que comprendas que te ha elegido desde toda la eternidad y que solo espera de ti que puedas devolver algo de ese amor.

San Bernardo nos decía en su sermón 83: “El amor basta por sí solo, satisface por sí solo y por causa de sí. Su mérito y su premio se identifican con él mismo. El amor no requiere otro motivo fuera de él mismo, ni tampoco ningún provecho; su fruto consiste en su misma práctica. Amo porque amo, amo por amar. Gran cosa es el amor, con tal de que recurra a su principio y origen, con tal de que vuelva siempre a su fuente y sea una continua emanación de la misma. Entre todas las mociones, sentimientos y afectos del alma, el amor es lo único con que la criatura puede corresponder a su Creador, aunque en un grado muy inferior, lo único con que puede restituirle algo semejante a lo que él le da. En efecto, cuando Dios ama, lo único que quiere es ser amado: si él ama, es para que nosotros lo amemos a él, sabiendo que el amor mismo hace felices a los que se aman entre sí.”

Esta es la raíz del misterio que celebramos. Un dios que es Amor, que nos ama, que te ama… y que espera ser amado. Es ese que da todo por nosotros, que SE DA todo por nosotros. No se guarda nada, nos lo entrega todo.

¡Que tristeza sentía San Francisco de Asís cuando contemplando el amor del Señor Encarnado gritaba “El amor no es Amado”! Este es el día en que debemos preguntarnos cómo estamos respondiendo a ese amor. Si es que hemos dado una respuesta. Él nos amó primero, eso siempre ha estado claro. Y lo muestra en la Cruz donde da hasta la última gota de su sangre por ti. Este es el día en que nos dejamos conmover por ese amor que nos busca y nos preparamos a dar una respuesta. Una respuesta que implica aceptar cada día la cruz y llevarla con él.

El Evangelio de este día termina con una frase terrible: “El que cree en él, no es condenado; el que no cree, ya está condenado…” Y es verdad. Sin conocer la medida del amor verdadero, sin sabernos amados, ya en esta tierra comenzamos a vivir el infierno. Pero si realmente hemos conocido el amor con el que Él nos ama, cada paso es un paso más cerca del encuentro con el amado. Nuestra vida es una preparación para el amor.

Por eso te pregunto hoy… ¿Cómo y dónde está tu corazón?

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sábado, 23 de mayo de 2026

Meditamos el Evangelio del Domingo con Fray Emiliano Vanoli OP.


Lecturas del día:
Libro de los Hechos de los Apóstoles 2,1-11. Salmo 104(103),1ab.24ac.29bc-30.31.34. Carta I de San Pablo a los Corintios 12,3b-7.12-13.

Evangelio según San Juan 20,19-23.

Al atardecer de ese mismo día, el primero de la semana, estando cerradas las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos, por temor a los judíos, llegó Jesús y poniéndose en medio de ellos, les dijo: "¡La paz esté con ustedes!".
Mientras decía esto, les mostró sus manos y su costado. Los discípulos se llenaron de alegría cuando vieron al Señor.
Jesús les dijo de nuevo: "¡La paz esté con ustedes! Como el Padre me envió a mí, yo también los envío a ustedes".
Al decirles esto, sopló sobre ellos y añadió: "Reciban el Espíritu Santo.
Los pecados serán perdonados a los que ustedes se los perdonen, y serán retenidos a los que ustedes se los retengan".

Homilía por Fray Emiliano Vanoli OP

Pentecostés: el Espíritu que transforma el miedo en misión.

Cincuenta días después de la Pascua, la Iglesia celebra Pentecostés, el don del Espíritu Santo. Las lecturas de este domingo nos presentan un acontecimiento decisivo para la vida de los discípulos y para toda la historia de la Iglesia. Los Apóstoles estaban reunidos, todavía marcados por el miedo, la incertidumbre y el recuerdo doloroso de la pasión de Jesús. Y de repente irrumpe el Espíritu Santo: un viento fuerte, lenguas como de fuego, y aquellos hombres que antes permanecían encerrados salen a anunciar públicamente a Cristo resucitado. Lo que cambia no es simplemente su estado de ánimo; cambia el centro mismo de sus vidas. El Espíritu Santo les hace comprender plenamente las palabras y la obra de Jesús, y les da la fuerza para vivir y anunciar aquello que antes no podían sostener.

Pentecostés es, en cierto modo, el nacimiento visible de la Iglesia. Ya no se trata solamente de un pequeño grupo de discípulos que recuerda a su Maestro, sino de hombres transformados interiormente y enviados al mundo. El milagro de las distintas lenguas no significa solamente un fenómeno extraordinario, sino algo mucho más profundo: el Evangelio está destinado a todos los pueblos. Allí donde el pecado divide, enfrenta y confunde, el Espíritu Santo reúne, hace comprender y crea comunión. Por eso Jesús, en el Evangelio, sopla sobre sus discípulos y les comunica su Espíritu: el mismo aliento de vida nueva que viene de Dios.

Pero Pentecostés no es solo un recuerdo del pasado. También hoy necesitamos al Espíritu Santo. Vivimos en un tiempo marcado por muchas formas de miedo y división: violencia, guerras, agresividad social, incertidumbre económica, soledad, desconfianza. Muchas veces también nosotros vivimos “encerrados”, protegiéndonos, cansados o desanimados. Y además, en medio de tantas voces y opiniones, corremos el riesgo de perder interiormente el rumbo y la paz.

Por eso el don del Espíritu sigue siendo actual y necesario. El Espíritu Santo no elimina mágicamente los problemas, más bien transforma el corazón humano para poder vivirlos de otra manera. Nos da fortaleza para perseverar, luz para discernir, y caridad para no endurecernos. Allí donde el mundo empuja al individualismo y al enfrentamiento, el Espíritu genera comunión. Allí donde crece el miedo, Él hace nacer esperanza. Allí donde parece imponerse el sinsentido, Él recuerda que Cristo ha vencido a la muerte.

También nosotros necesitamos aprender a invocar y escuchar al Espíritu Santo en lo concreto de la vida diaria: en la familia, en el trabajo, en las decisiones importantes, en las dificultades y conflictos. Porque ser cristiano no consiste solo en cumplir algunas prácticas religiosas, sino en dejarnos conducir interiormente por la presencia viva de Dios. El Espíritu Santo que Jesús nos envía no actúa solo en momentos extraordinarios; sino que silenciosamente obra cuando abrimos el corazón a la oración, a la Palabra de Dios, a los sacramentos y al servicio de los demás.

Pentecostés nos recuerda finalmente que la fe no puede quedar encerrada. Los discípulos recibieron el Espíritu para salir, para anunciar, para comunicar esperanza. También hoy la Iglesia necesita fieles cristianos que, aun con límites y fragilidades, dejen transparentar algo de la presencia de Jesús en medio del mundo. Quizás no con grandes discursos, sino con gestos concretos de paciencia, reconciliación, honestidad y misericordia.

Pidámosle entonces al Señor que renueve en nosotros el don de su Espíritu. Que transforme nuestros miedos en confianza, nuestro cansancio en esperanza y nuestra vida cotidiana en un lugar donde Dios siga actuando y haciendo nuevas todas las cosas.


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domingo, 17 de mayo de 2026

Meditamos el Evangelio del Domingo de la Ascensión con Pbro. Diego Olivera



Lecturas del día: Libro de los Hechos de los Apóstoles 1,1-11. Salmo 47(46),2-3.6-9. Carta de San Pablo a los Efesios 1,17-23.

Evangelio según San Mateo 28,16-20.

En aquel tiempo, los once discípulos fueron a Galilea, a la montaña donde Jesús los había citado.
Al verlo, se postraron delante de él; sin embargo, algunos todavía dudaron.
Acercándose, Jesús les dijo: "Yo he recibido todo poder en el cielo y en la tierra.
Vayan, y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo,
y enseñándoles a cumplir todo lo que yo les he mandado. Y yo estaré siempre con ustedes hasta el fin del mundo".

Homilía por el Pbro. Diego Olivera.

Querida comunidad hoy celebramos la fiesta de la Ascensión de Jesús, comienza una nueva etapa en el plan de salvación de Dios. A simple vista parece una despedida, pero en realidad es un envío, una presencia nueva y una esperanza firme.

En la primera lectura se relata la misión de Jesús después de su resurrección, misión que tiene como eje central manifestar la victoria sobre la muerte y el anuncio de la vida eterna para todos. Esta misión realizada durante 40 días concluye con una promesa: “recibirán la fuerza del Espíritu Santo que descenderá sobre ustedes y serán mis testigos en Jerusalén”.

En el Evangelio esta promesa se traduce como misión que Jesús encomienda a sus discípulos: “Vayan y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos, bautizándolos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo y enseñándoles a cumplir todo lo que les he mandado”. Esta misión va de la mano de una nueva presencia de Jesús, se manifiesta como el compañero de camino de todos: “Yo estaré con ustedes todos los días hasta el fin del mundo”

Por lo tanto, Jesús no desaparece, cambia su modo de estar, desde ahora estará acompañando a toda la humanidad en todo momento. Es un Dios bien cercano a nuestra vida cotidiana.

Con esta misión comienza el tiempo del Espíritu, también llamado el tiempo de la Iglesia. Hoy nosotros somos llamados y enviados a dar testimonio. La vida del cristiano no se resume solo en creer y rezar, sino que también implica la misión de anunciar la Buena Nueva.

Está misión de Jesús consta de tres elementos: anuncio, sacramento y enseñanzas. Para lograr esta misión necesitamos ser una comunidad activa, dónde cada uno de sus miembros pone sus dones y talentos al servicio de todos, preferentemente para quienes están más alejados y heridos. La misión de la Iglesia se expresa en el compromiso de transmitir una vida nueva en Cristo.

Cristo es la fuente de nuestra Esperanza, cómo lo afirma San Pablo en la segunda lectura de hoy, como síntesis de fe de todos los cristianos. Nadie tiene más poder sobre nosotros que Cristo, quien ha triunfado sobre la muerte y hoy quiere triunfar en nuestros corazones para alejarnos de todas las situaciones de muerte.

Hoy podríamos preguntarnos:

¿Dónde descubro la presencia de Jesús en mi vida diaria?

¿A quién estoy llamado a acercar a Dios con mi testimonio?

¿Vivo con esperanza o me dejo vencer por el desánimo?

Pidamos al Espíritu Santo la gracia de no quedarnos “mirando al cielo”, sino de ser discípulos misioneros en camino, llevando a Cristo a los demás. Amén


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