miércoles, 3 de junio de 2026

4° Encuentro Nacional de Evangelizadores Digitales de Argentina




Del 24 al 26 de julio, se realizará el cuarto Encuentro Nacional de Evangelizadores Digitales (ENED) de Argentina en Santa Fe, un espacio dedicado al fortalecimiento de la misión en los ámbitos digitales.

Este encuentro tiene como propósito no solo brindar herramientas técnicas y estratégicas, sino también profundizar en la identidad espiritual del evangelizador digital, es decir, de aquel que se hace presente en el mundo digital con una presencia misionera, anunciando la Buena Nueva.

A partir de la iniciativa “La Iglesia te escucha”, llevada adelante por el Dicasterio para la Comunicación, con la colaboración de más de 250 misioneros digitales de todo el mundo, que logró llegar a 20 millones de personas, surgió una comunidad de evangelizadores que llevan adelante la misión de la pastoral digital y que ya se reunieron en varias oportunidades de forma virtual, convocados por este dicasterio.
En resonancia con esta propuesta surgió en Argentina un encuentro presencial de evangelizadores digitales, la primera edición se realizó en el año 2023 en Buenos Aires, la segunda se realizó en Córdoba (2024) y el año pasado en Buenos Aires. En cada ENED se comparten experiencias, desafíos, búsquedas, y anhelos para seguir creciendo juntos en la misión de la Evangelización Digital, también se crean vínculos fraternos de amistad. 

El Papa León XIV nos pide que no tengamos miedo de llevar la esperanza a los nuevos escenarios culturales visibilizando los rostros humanos y sus historias, nos invita a que se escuchen nuestras voces en el mundo digital, colocando en el centro la dignidad humana.

La Evangelización Digital es una vocación única y particular en la que Dios te llama a difundir su Buena Noticia con creatividad en el continente digital. Consideramos importante ser y hacer comunidad entre nosotros para compartir nuestras experiencias y formarnos. Se trata, no solo de reparar las redes, sino también de tejerlas entre nosotros.

Por eso:
Si creas contenido de evangelización en redes de manera periódica.
Si tu mensaje transmite un mensaje de fe alentador.
Si tu contenido tiene como fuente el Magisterio y la Tradición de la Iglesia Católica, promoviendo la unidad y la misericordia que Jesús proclamó.

¡Te animamos a postularte a este evento! 


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sábado, 30 de mayo de 2026

Meditamos el Evangelio del Domingo con Fray Cristian Yturre OP.


Lecturas del día: Libro del Éxodo 34,4b-6.8-9. Libro de Daniel 3,52.53.54.55.5 Carta II de San Pablo a los Corintios 13,11-13.

Evangelio según San Juan 3,16-18.

Sí, Dios amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo único para que todo el que cree en él no muera, sino que tenga Vida eterna.
Porque Dios no envió a su Hijo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él.»
El que cree en él, no es condenado; el que no cree, ya está condenado, porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios.

Homilía por Fray Cristian Yturre OP.

La lógica del amor

Este domingo celebramos juntos el misterio central de nuestra fe, el misterio de un Dios que es UNO en comunión de TRES PERSONAS.

Para acercarnos a comprender este misterio, antes debemos comprender de qué hablamos cuando hablamos de amor. Normalmente confundimos el concepto amor con el enamoramiento, por eso escuchamos muchas veces la frase “se acabó el amor.” ¿Has escuchado esta frase alguna vez? ¿Has sentido que el “amor se acabó”? Déjame decirte, es propio del enamoramiento acabar, y dar paso a algo más grande… o no. El amor es algo más profundo, no es una simple atracción, es una elección.

Permíteme hacer una breve aclaración: si hablamos de elecciones tenemos que hablar de voluntad. Nuestra voluntad siempre está esta inclinada al bien y busca la felicidad. Santo Tomás distinguía dos aspectos de ella: la voluntas ut natura y la voluntas ut ratio. Si bien en nosotros hay una sola voluntad podemos distinguirlas en el modo en como obramos. La primera es más espontanea, no requiere deliberación, nos inclina necesariamente hacia lo que percibimos como bueno. Dicho de otra manera, no lo pienso tanto. Luego entra el otro aspecto, más racional, más deliberativo.

A esta altura te estarás preguntando que tiene que ver todo esto con el misterio de la Santísima Trinidad o con el amor. Déjame decirte que el amor empieza como esa inclinación primera al bien, pero debe ser elegido, sopesado, abrazado. Para poder amar total y plenamente debo elegir el amor, no es un sentimiento pasajero, es una elección que perdura. Déjame preguntarte, ¿Dónde crees que hay más amor? Imagina una pareja de recién casados, saliendo de la iglesia, besándose bajo una lluvia de granos de arroz. Ahora imagina a una pareja de ancianos que están juntos sentados en un banco de la plaza, ves los años que cargan encima, ves el peso de las decisiones que han tenido que tomar a lo largo de su matrimonio, ves el peso de las ilusiones y de las desilusiones…  y ves que están tomados de las manos. Tal vez haya mucho amor en la primera imagen, pero hay más plenitud en la segunda. Hay casos incluso en que el amor que se veía en la primera pareja no prospera, se rompe, se quiebra. Tal vez no había un conocimiento real del otro al momento de decir el sí.

Ahora bien, ya aclaramos que el amor verdadero requiere no solo una inclinación hacia lo que me agrada, lo que me hace sentir bien, sino una elección, a pesar de que no todo sea “color de rosas”. Pues si llevamos ese amor al extremo, esa elección hasta las últimas consecuencias y un poco más allá, estaremos cerca de balbucear lo que es el verdadero AMOR con mayúsculas. El amor de Dios que, siendo comunión plena de amor nos invita, nos elige, nos llama a participar de su propio amor.

A ti, a mi… que a veces nos cuesta aceptar todo lo nuestro. Dios nos AMA, te ama. Y lo da todo para que comprendas que te ha elegido desde toda la eternidad y que solo espera de ti que puedas devolver algo de ese amor.

San Bernardo nos decía en su sermón 83: “El amor basta por sí solo, satisface por sí solo y por causa de sí. Su mérito y su premio se identifican con él mismo. El amor no requiere otro motivo fuera de él mismo, ni tampoco ningún provecho; su fruto consiste en su misma práctica. Amo porque amo, amo por amar. Gran cosa es el amor, con tal de que recurra a su principio y origen, con tal de que vuelva siempre a su fuente y sea una continua emanación de la misma. Entre todas las mociones, sentimientos y afectos del alma, el amor es lo único con que la criatura puede corresponder a su Creador, aunque en un grado muy inferior, lo único con que puede restituirle algo semejante a lo que él le da. En efecto, cuando Dios ama, lo único que quiere es ser amado: si él ama, es para que nosotros lo amemos a él, sabiendo que el amor mismo hace felices a los que se aman entre sí.”

Esta es la raíz del misterio que celebramos. Un dios que es Amor, que nos ama, que te ama… y que espera ser amado. Es ese que da todo por nosotros, que SE DA todo por nosotros. No se guarda nada, nos lo entrega todo.

¡Que tristeza sentía San Francisco de Asís cuando contemplando el amor del Señor Encarnado gritaba “El amor no es Amado”! Este es el día en que debemos preguntarnos cómo estamos respondiendo a ese amor. Si es que hemos dado una respuesta. Él nos amó primero, eso siempre ha estado claro. Y lo muestra en la Cruz donde da hasta la última gota de su sangre por ti. Este es el día en que nos dejamos conmover por ese amor que nos busca y nos preparamos a dar una respuesta. Una respuesta que implica aceptar cada día la cruz y llevarla con él.

El Evangelio de este día termina con una frase terrible: “El que cree en él, no es condenado; el que no cree, ya está condenado…” Y es verdad. Sin conocer la medida del amor verdadero, sin sabernos amados, ya en esta tierra comenzamos a vivir el infierno. Pero si realmente hemos conocido el amor con el que Él nos ama, cada paso es un paso más cerca del encuentro con el amado. Nuestra vida es una preparación para el amor.

Por eso te pregunto hoy… ¿Cómo y dónde está tu corazón?

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sábado, 23 de mayo de 2026

Meditamos el Evangelio del Domingo con Fray Emiliano Vanoli OP.


Lecturas del día:
Libro de los Hechos de los Apóstoles 2,1-11. Salmo 104(103),1ab.24ac.29bc-30.31.34. Carta I de San Pablo a los Corintios 12,3b-7.12-13.

Evangelio según San Juan 20,19-23.

Al atardecer de ese mismo día, el primero de la semana, estando cerradas las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos, por temor a los judíos, llegó Jesús y poniéndose en medio de ellos, les dijo: "¡La paz esté con ustedes!".
Mientras decía esto, les mostró sus manos y su costado. Los discípulos se llenaron de alegría cuando vieron al Señor.
Jesús les dijo de nuevo: "¡La paz esté con ustedes! Como el Padre me envió a mí, yo también los envío a ustedes".
Al decirles esto, sopló sobre ellos y añadió: "Reciban el Espíritu Santo.
Los pecados serán perdonados a los que ustedes se los perdonen, y serán retenidos a los que ustedes se los retengan".

Homilía por Fray Emiliano Vanoli OP

Pentecostés: el Espíritu que transforma el miedo en misión.

Cincuenta días después de la Pascua, la Iglesia celebra Pentecostés, el don del Espíritu Santo. Las lecturas de este domingo nos presentan un acontecimiento decisivo para la vida de los discípulos y para toda la historia de la Iglesia. Los Apóstoles estaban reunidos, todavía marcados por el miedo, la incertidumbre y el recuerdo doloroso de la pasión de Jesús. Y de repente irrumpe el Espíritu Santo: un viento fuerte, lenguas como de fuego, y aquellos hombres que antes permanecían encerrados salen a anunciar públicamente a Cristo resucitado. Lo que cambia no es simplemente su estado de ánimo; cambia el centro mismo de sus vidas. El Espíritu Santo les hace comprender plenamente las palabras y la obra de Jesús, y les da la fuerza para vivir y anunciar aquello que antes no podían sostener.

Pentecostés es, en cierto modo, el nacimiento visible de la Iglesia. Ya no se trata solamente de un pequeño grupo de discípulos que recuerda a su Maestro, sino de hombres transformados interiormente y enviados al mundo. El milagro de las distintas lenguas no significa solamente un fenómeno extraordinario, sino algo mucho más profundo: el Evangelio está destinado a todos los pueblos. Allí donde el pecado divide, enfrenta y confunde, el Espíritu Santo reúne, hace comprender y crea comunión. Por eso Jesús, en el Evangelio, sopla sobre sus discípulos y les comunica su Espíritu: el mismo aliento de vida nueva que viene de Dios.

Pero Pentecostés no es solo un recuerdo del pasado. También hoy necesitamos al Espíritu Santo. Vivimos en un tiempo marcado por muchas formas de miedo y división: violencia, guerras, agresividad social, incertidumbre económica, soledad, desconfianza. Muchas veces también nosotros vivimos “encerrados”, protegiéndonos, cansados o desanimados. Y además, en medio de tantas voces y opiniones, corremos el riesgo de perder interiormente el rumbo y la paz.

Por eso el don del Espíritu sigue siendo actual y necesario. El Espíritu Santo no elimina mágicamente los problemas, más bien transforma el corazón humano para poder vivirlos de otra manera. Nos da fortaleza para perseverar, luz para discernir, y caridad para no endurecernos. Allí donde el mundo empuja al individualismo y al enfrentamiento, el Espíritu genera comunión. Allí donde crece el miedo, Él hace nacer esperanza. Allí donde parece imponerse el sinsentido, Él recuerda que Cristo ha vencido a la muerte.

También nosotros necesitamos aprender a invocar y escuchar al Espíritu Santo en lo concreto de la vida diaria: en la familia, en el trabajo, en las decisiones importantes, en las dificultades y conflictos. Porque ser cristiano no consiste solo en cumplir algunas prácticas religiosas, sino en dejarnos conducir interiormente por la presencia viva de Dios. El Espíritu Santo que Jesús nos envía no actúa solo en momentos extraordinarios; sino que silenciosamente obra cuando abrimos el corazón a la oración, a la Palabra de Dios, a los sacramentos y al servicio de los demás.

Pentecostés nos recuerda finalmente que la fe no puede quedar encerrada. Los discípulos recibieron el Espíritu para salir, para anunciar, para comunicar esperanza. También hoy la Iglesia necesita fieles cristianos que, aun con límites y fragilidades, dejen transparentar algo de la presencia de Jesús en medio del mundo. Quizás no con grandes discursos, sino con gestos concretos de paciencia, reconciliación, honestidad y misericordia.

Pidámosle entonces al Señor que renueve en nosotros el don de su Espíritu. Que transforme nuestros miedos en confianza, nuestro cansancio en esperanza y nuestra vida cotidiana en un lugar donde Dios siga actuando y haciendo nuevas todas las cosas.


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domingo, 17 de mayo de 2026

Meditamos el Evangelio del Domingo de la Ascensión con Pbro. Diego Olivera



Lecturas del día: Libro de los Hechos de los Apóstoles 1,1-11. Salmo 47(46),2-3.6-9. Carta de San Pablo a los Efesios 1,17-23.

Evangelio según San Mateo 28,16-20.

En aquel tiempo, los once discípulos fueron a Galilea, a la montaña donde Jesús los había citado.
Al verlo, se postraron delante de él; sin embargo, algunos todavía dudaron.
Acercándose, Jesús les dijo: "Yo he recibido todo poder en el cielo y en la tierra.
Vayan, y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo,
y enseñándoles a cumplir todo lo que yo les he mandado. Y yo estaré siempre con ustedes hasta el fin del mundo".

Homilía por el Pbro. Diego Olivera.

Querida comunidad hoy celebramos la fiesta de la Ascensión de Jesús, comienza una nueva etapa en el plan de salvación de Dios. A simple vista parece una despedida, pero en realidad es un envío, una presencia nueva y una esperanza firme.

En la primera lectura se relata la misión de Jesús después de su resurrección, misión que tiene como eje central manifestar la victoria sobre la muerte y el anuncio de la vida eterna para todos. Esta misión realizada durante 40 días concluye con una promesa: “recibirán la fuerza del Espíritu Santo que descenderá sobre ustedes y serán mis testigos en Jerusalén”.

En el Evangelio esta promesa se traduce como misión que Jesús encomienda a sus discípulos: “Vayan y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos, bautizándolos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo y enseñándoles a cumplir todo lo que les he mandado”. Esta misión va de la mano de una nueva presencia de Jesús, se manifiesta como el compañero de camino de todos: “Yo estaré con ustedes todos los días hasta el fin del mundo”

Por lo tanto, Jesús no desaparece, cambia su modo de estar, desde ahora estará acompañando a toda la humanidad en todo momento. Es un Dios bien cercano a nuestra vida cotidiana.

Con esta misión comienza el tiempo del Espíritu, también llamado el tiempo de la Iglesia. Hoy nosotros somos llamados y enviados a dar testimonio. La vida del cristiano no se resume solo en creer y rezar, sino que también implica la misión de anunciar la Buena Nueva.

Está misión de Jesús consta de tres elementos: anuncio, sacramento y enseñanzas. Para lograr esta misión necesitamos ser una comunidad activa, dónde cada uno de sus miembros pone sus dones y talentos al servicio de todos, preferentemente para quienes están más alejados y heridos. La misión de la Iglesia se expresa en el compromiso de transmitir una vida nueva en Cristo.

Cristo es la fuente de nuestra Esperanza, cómo lo afirma San Pablo en la segunda lectura de hoy, como síntesis de fe de todos los cristianos. Nadie tiene más poder sobre nosotros que Cristo, quien ha triunfado sobre la muerte y hoy quiere triunfar en nuestros corazones para alejarnos de todas las situaciones de muerte.

Hoy podríamos preguntarnos:

¿Dónde descubro la presencia de Jesús en mi vida diaria?

¿A quién estoy llamado a acercar a Dios con mi testimonio?

¿Vivo con esperanza o me dejo vencer por el desánimo?

Pidamos al Espíritu Santo la gracia de no quedarnos “mirando al cielo”, sino de ser discípulos misioneros en camino, llevando a Cristo a los demás. Amén


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sábado, 9 de mayo de 2026

Meditamos el Evangelio de este Domingo con Fray Josué González Rivera OP


Lecturas del día:
Libro de los Hechos de los Apóstoles 8,5-8.14-17. Salmo 66(65),1-3a.4-5.6-7a.16.20. Epístola I de San Pedro 3,15-18.

Evangelio según San Juan 14,15-21.

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos:
"Si ustedes me aman, cumplirán mis mandamientos.
Y yo rogaré al Padre, y él les dará otro Paráclito para que esté siempre con ustedes:
el Espíritu de la Verdad, a quien el mundo no puede recibir, porque no lo ve ni lo conoce. Ustedes, en cambio, lo conocen, porque él permanece con ustedes y estará en ustedes.
No los dejaré huérfanos, volveré a ustedes.
Dentro de poco el mundo ya no me verá, pero ustedes sí me verán, porque yo vivo y también ustedes vivirán.
Aquel día comprenderán que yo estoy en mi Padre, y que ustedes están en mí y yo en ustedes.
El que recibe mis mandamientos y los cumple, ese es el que me ama; y el que me ama será amado por mi Padre, y yo lo amaré y me manifestaré a él".

Homilía por Fr. Josué González Rivera, OP

Yo estoy en mi Padre, ustedes están en mí y Yo en ustedes

Queridos hermanos, nos encaminamos hacia la culminación de la Pascua, donde el tiempo en que Jesús estuvo con sus discípulos llegará a su entrega definitiva, en cuerpo y alma gloriosos, junto al Padre. Y esta nueva ausencia de Jesús es algo distinta de la anterior. Pensemos que la primera ausencia de Jesús, después de su crucifixión, fue un tiempo de prueba, de duelo y de dolor; pero esta segunda ausencia se da de una forma distinta, confiada, según sus propias palabras, en que Él no abandonará a sus amigos.

Las primeras comunidades seguramente se preguntaban cómo podrían ellos, que no conocieron a Jesús directamente, vincularse y relacionarse con Él, al igual que los primeros cristianos que también habían seguido el mismo destino de Jesús. Para responder esta inquietud, la comunidad recurre al testimonio de Juan: es el discurso de despedida que Jesús pronunció en la Última Cena y que ahora ellos y nosotros leemos con una visión postpascual, sabiendo que Él se levanta de la muerte con el poder de Dios.

Lo primero que debemos notar es la condición del amor: “Si me aman, guardarán mis mandamientos”. No es una amenaza; es la revelación del amor verdadero, qué diferente del sentimentalismo temporal que no transforma la vida. Ya san Agustín decía que tener los mandamientos es aprenderlos de memoria, pero guardarlos es cumplirlos en la vida y en las acciones, porque no están simplemente en el recuerdo, sino que se van grabando en el mismo corazón.

El amor no es algo vacío, sino que transforma nuestros días. Esta es una de las novedades más importantes de la nueva alianza: el pacto ya no está sostenido por cargas externas, sino como consecuencia de una vida interior, de un amor vivo que brota desde dentro de los creyentes. Es el amor que impulsa a los apóstoles a predicar la Buena Nueva, a defender lo que creen, y es ese mismo amor que nosotros también hoy estamos llamados a experimentar. Y para ello descubramos también que Jesús no nos deja solos. Nos hace una promesa audaz: el Padre enviará “otro Paráclito”, es decir, abogado, consolador e intercesor. Este es quien estará con los discípulos; es quien estará en los creyentes: el Espíritu de la verdad.

Sin duda alguna, el primer Paráclito es Jesús durante su vida histórica, la cual llegó a su culmen; pero Él no abandona a quienes siguen su camino. Su presencia cambia de forma, pero no de intensidad ni de amor. Su antagonista es el mundo, es decir, aquellos que prefieren sus propias fuerzas y su propia satisfacción sin tomar en cuenta a Dios. Los creyentes están llamados, cada vez más, a dejar de pertenecer a ese mundo.

Los primeros cristianos siguieron a Jesús a pesar de las diferencias familiares, sociales y culturales que les representó creer en Él; pero su mensaje fue una riqueza y una experiencia tan valiosa, que muchos de ellos llegaron a dar su vida defendiéndolo. Hoy en día, nosotros también estamos llamados a trabajar cada vez más por descubrir esta vida en el Espíritu, porque es una tarea; pero también a pedirla, porque no olvidemos que, ante todo, es un regalo, un don, una gracia que Dios nos concede para descubrir su acción, a veces sutil, pero real para todos.

La imagen del huérfano nos muestra una de las formas más vulnerables de la vida humana, y Jesús dice: “No los dejaré huérfanos”. Esta promesa no es sólo para el fin de los tiempos; es una promesa que se actualiza hoy, para cada tarde de oscuridad y para cada pregunta sin respuesta. Cristo resucitado es el Señor del Espíritu, y Él nos da su Espíritu para que nosotros también experimentemos hoy la fuerza de Dios que nos guía y nos acompaña.

Finalmente, esta espiritualidad pascual, que nos invita a la más íntima unión con Dios, nos revela una de las realidades más importantes del Evangelio: la mutua relación que existe entre Dios Padre y Jesús Hijo, y entre los discípulos y Jesús. No es una metáfora; para quienes tenemos fe, debe ser una descripción de nuestra realidad. La palabra técnica es “inmanencia recíproca”. Su presencia no es algo físico, pero sí interior: con su Espíritu ilumina a quienes le aman y cumplen sus mandamientos. La manifestación que promete Jesús no es un espectáculo público ni viral; es un encuentro íntimo donde la luz de Dios ilumina desde dentro y da a los creyentes la certeza de no estar solos. Esto ocurre en el silencio de nuestra oración, en el servicio a los hermanos y en la fidelidad del día a día.

Los primeros cristianos, y también nosotros hoy, no podemos ver a Jesús físicamente, ni escucharlo ni tocarlo; sin embargo, creemos en Él, porque no abandona, sino que su presencia se transforma, y el Espíritu lo hace presente en los sacramentos, en la oración, en la meditación de su palabra y en las obras de misericordia. Lo que parece pérdida se convierte en ganancia: su presencia ya no está limitada a un lugar particular, sino que se abre de forma universal.

¿En qué momento has experimentado la presencia interior de Dios, de Cristo y de su Espíritu? ¿Qué forma de amar podría ser el gesto que hoy abra la puerta a una nueva manifestación de Dios en tu vida? Caminemos con la fe y la confianza de que Él permanece con nosotros.


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