sábado, 24 de octubre de 2026

Meditamos el Evangelio del Domingo con Fray Emiliano Vanoli OP


Libro del Éxodo 22,20-26. Salmo 18(17),2-3a.3bc-4.47.51a-51b. Primera Carta de San Pablo a los Tesalonicenses 1,5c-10.

Evangelio según San Mateo 22,34-40.

Cuando los fariseos se enteraron de que Jesús había hecho callar a los saduceos, se reunieron con Él,
y uno de ellos, que era doctor de la Ley, le preguntó para ponerlo a prueba:
"Maestro, ¿cuál es el mandamiento más grande de la Ley?".
Jesús le respondió: "Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todo tu espíritu.
Este es el más grande y el primer mandamiento.
El segundo es semejante al primero: Amarás a tu prójimo como a ti mismo.
De estos dos mandamientos dependen toda la Ley y los Profetas".

Homilía por Fray Emiliano Vanoli OP

Dios nos da más de lo que sabemos pedir

En el Evangelio de este domingo, los fariseos se reúnen después de que Jesús ha dejado sin respuesta a los saduceos. Uno de ellos, doctor de la Ley, le pregunta: «Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la Ley?». La pregunta podría parecer una búsqueda sincera, pero el evangelista aclara que se la hacen para ponerlo a prueba. No se acercan a Jesús para aprender, sino para examinarlo; no buscan la verdad, sino que pretenden encontrar un motivo para cuestionarlo. También nosotros podemos acercarnos a Dios con el corazón cerrado, buscando que confirme nuestras ideas en lugar de dejarnos iluminar por su Palabra.

Sin embargo, Jesús no responde a la mala disposición de sus interlocutores con desprecio ni con una discusión estéril. Les ofrece una respuesta clara y profunda: amar a Dios con todo el corazón, con toda el alma y con toda la mente. Este es el mandamiento primero y principal. Pero Jesús no se detiene ahí. Añade algo que no le habían preguntado: «El segundo es semejante a este: amarás a tu prójimo como a ti mismo». Su respuesta no solo resuelve la cuestión planteada, sino que la lleva a su plenitud.

Aquí descubrimos algo hermoso de Jesús: cuando nos acercamos a Él con una petición sincera, no solo nos da una respuesta, sino que puede mostrarnos aquello que todavía no sabemos pedir. Nosotros vemos una parte; Él ve el conjunto. Nosotros preguntamos por lo que consideramos importante; Él nos conduce hacia lo que verdaderamente necesitamos. Los fariseos preguntan por el mandamiento principal, pero Jesús les hace descubrir que el amor a Dios no puede separarse del amor al prójimo. No basta con querer honrar a Dios: hay que aprender a reconocerlo y servirlo también en los demás.

Quizás nosotros también necesitamos que Jesús complete nuestras preguntas y ensanche nuestros horizontes. Le pedimos que nos ayude a rezar, que fortalezca nuestra fe, que nos conceda paz o que nos acompañe en nuestras dificultades. Y Él nos invita también a mirar a quien tenemos al lado: a escuchar a quien necesita ser escuchado, a perdonar a quien nos ha herido, a compartir con quien tiene menos, a acercarnos a quien preferiríamos evitar. No porque nuestras necesidades no le importen, sino porque el amor de Dios quiere transformar toda nuestra vida.

Pidámosle, entonces, que nos conceda un corazón dispuesto a escuchar, no para poner a prueba su Palabra, sino para dejarnos transformar por ella. Que no busquemos solamente las respuestas que nos tranquilizan, sino también aquellas que nos convierten. Porque amar a Dios con todo el corazón significa dejar que su amor llegue a todas las dimensiones de nuestra existencia. Y ese amor se vuelve concreto cuando aprendemos a amar al prójimo.


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domingo, 18 de octubre de 2026

Meditamos el Evangelio del Domingo XXIX con P. Diego Olivera




Lecturas del día:
Isaías 45,1.4-6..
Salmo 96(95),1.3.4-5.7-8.9-10a.10c. Tesalonicenses 1,1-5b.

Evangelio según Mateo 22,15-21.

Los fariseos se reunieron entonces para sorprender a Jesús en alguna de sus afirmaciones. Y le enviaron a varios discípulos con unos herodianos, para decirle: "Maestro, sabemos que eres sincero y que enseñas con toda fidelidad el camino de Dios, sin tener en cuenta la condición de las personas, porque tú no te fijas en la categoría de nadie. Dinos qué te parece: ¿Está permitido pagar el impuesto al César o no?". Pero Jesús, conociendo su malicia, les dijo: "Hipócritas, ¿por qué me tienden una trampa? Muéstrenme la moneda con que pagan el impuesto". Ellos le presentaron un denario. Y él les preguntó: "¿De quién es esta figura y esta inscripción?". Le respondieron: "Del César". Jesús les dijo: "Den al César lo que es del César, y a Dios, lo que es de Dios".

Homilía del P. Diego Olivera – “Al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”

En la primera lectura podemos descubrir que Dios no se desentiende de su pueblo, a través de Ciro, un rey persa, el pueblo de Israel que estaba cautivo puede retornar a su tierra. El profeta Isaías reconoce en este hombre un enviado de Dios. Esto nos sorprende, llama la atención, Dios se sirve de alguien que no pertenece al pueblo de Israel para llevar adelante su plan de salvación. Se nos presenta un mensaje muy claro: Dios actúa de maneras que nosotros no esperamos y a través de personas que no imaginamos. Por lo tanto, no tenemos que encerrar a Dios en nuestros esquemas y tampoco buscar seguridades en el poder, en el dinero o en ciertas estructuras, estamos invitados a dejarnos sorprender por Dios confiando en que él nos liberara de nuestras opresiones y nosotros también podemos ser instrumentos de liberación para los demás poniendo en juego los dones recibidos de Dios para ser constructores de paz, justicia y libertad.

San Pablo en la segunda lectura destaca que los tesalonicenses se mantuvieron firmes en la Esperanza antes las persecuciones que sufrieron, ellos hicieron una elección definitiva, inigualable por el evangelio que Pablo les predicó y que les trajo la fuerza del Espíritu. Es una elección por la salvación que se les anunció, una salvación que no se puede tocar ni percibir por los sentidos sino una Esperanza infundida por Dios en el corazón de todos los hombres.

El evangelio de Mateo, hoy, nos sitúa en el corazón de las polémicas que Jesús mantiene con los dirigentes en Jerusalén y que los evangelistas sitúan al final de su vida, precediendo a la pasión (cf. Mc 12,13-17; Lc 20,20-26). Esta vez querían comprometerlo a fondo con las autoridades romanas, que vigilaban ferozmente cualquier movimiento social o político para castigar cualquier rebeldía. Oponerse al César, incluso en nombre de Dios, era ir contra la «pax romana», uno de los mitos de la época. Los “espías” comienzan halagándolo a Jesús (Mateo sigue a Marcos y nos habla de los fariseos y los herodianos; Lucas, más coherente, nos habla de espías para entregarlo al gobernador) hasta tenderle la trampa con la pregunta: ¿Está permitido pagar el impuesto al César?

Si responde que está de acuerdo, los fariseos dirán que está a favor de Roma y en contra del pueblo y, si responde que está en contra, los herodianos contarán a Roma que él se está revelando contra el Imperio.

Buscan deshacerse de este profeta galileo que anuncia el Reino de Dios, pero que no coincide con el reino de Roma, ni con el concepto que tienen del mismo algunos partidarios de la revolución contra Roma, ni específicamente con el reino que ellos quieren manipular en nombre de Dios.

Parece  que Jesús se encuentra en un callejón sin salida: frente a Poncio Pilato, frente a las autoridades, frente a los revolucionarios nacionalistas, frente a todos. No obstante, él la encontró; la encontró recurriendo a la dignidad humana que Dios ha puesto en el corazón de toda persona como imagen suya. Los espías, con su trampa, van a caer en su propia ignominia, porque llevan en sus manos el “denario” con la figura del César pero Jesús no lleva nada, no está atado a nada. Solamente tiene su palabra y la fuerza de la sabiduría del reinado de Dios.

Llegamos al corazón del Evangelio. Jesús pide una moneda y pregunta: «¿De quién es esta imagen y esta inscripción?». Le responden: «Del César». Entonces dice: «Den al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios». Los que acuñan moneda tienen poder y por el dinero dominan a los hombres.

Nosotros fuimos creados a imagen y semejanza de Dios, nuestro corazón lleva la imagen de Dios. El tributo de hacienda es socialmente necesario; el corazón, no obstante, lleva la imagen de Dios donde el hombre recobra toda su dignidad y es liberado de toda opresión

Darle al César lo que es del César significa cumplir nuestras responsabilidades como ciudadanos: respetar las leyes justas, trabajar honestamente, cuidar el bien común, participar responsablemente en la sociedad y exigir que quienes gobiernan lo hagan con justicia y honestidad. Pero darle a Dios lo que es de Dios significa entregarle nuestra vida, nuestro corazón, nuestras decisiones y nuestros proyectos.

Podemos usar los bienes de este mundo con eficacia, pero lo que no podemos hacer es vender nuestra vida al mejor postor. Al "césar" de turno podemos darle el dinero, o los impuestos, pero nuestra libertad nadie nos la podrá arrebatar.

Queridos hermanos, los invito a reflexionar la siguiente pregunta durante toda la semana: si nuestra vida lleva la imagen de Dios, ¿se nota esa imagen en nuestra manera de vivir? No basta con llevar una cruz al cuello si no estamos dispuestos a cargar con las cruces de nuestros hermanos. No basta con pronunciar el nombre de Dios si después vivimos como si Él no tuviera nada que ver con nuestras decisiones y acciones.



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domingo, 11 de octubre de 2026

Meditamos el Evangelio del Domingo con Fr. Josué González Rivera, OP



Lecturas del día: Libro de Isaías 25,6-10a. Salmo 23(22),1-3a.3b-4.5.6. Carta de San Pablo a los Filipenses 4,12-14.19-20.

Evangelio según San Mateo 22,1-14.

Jesús habló en parábolas a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo, diciendo:
El Reino de los Cielos se parece a un rey que celebraba las bodas de su hijo.
Envió entonces a sus servidores para avisar a los invitados, pero estos se negaron a ir.
De nuevo envió a otros servidores con el encargo de decir a los invitados: 'Mi banquete está preparado; ya han sido matados mis terneros y mis mejores animales, y todo está a punto: Vengan a las bodas'.
Pero ellos no tuvieron en cuenta la invitación, y se fueron, uno a su campo, otro a su negocio;
y los demás se apoderaron de los servidores, los maltrataron y los mataron.
Al enterarse, el rey se indignó y envió a sus tropas para que acabaran con aquellos homicidas e incendiaran su ciudad.
Luego dijo a sus servidores: 'El banquete nupcial está preparado, pero los invitados no eran dignos de él.
Salgan a los cruces de los caminos e inviten a todos los que encuentren'.
Los servidores salieron a los caminos y reunieron a todos los que encontraron, buenos y malos, y la sala nupcial se llenó de convidados.
Cuando el rey entró para ver a los comensales, encontró a un hombre que no tenía el traje de fiesta.
'Amigo, le dijo, ¿cómo has entrado aquí sin el traje de fiesta?'. El otro permaneció en silencio.
Entonces el rey dijo a los guardias: 'Atenlo de pies y manos, y arrójenlo afuera, a las tinieblas. Allí habrá llanto y rechinar de dientes'.
Porque muchos son llamados, pero pocos son elegidos.

Homilía por Fr. Josué González Rivera, OP

Salgan a los cruces de los caminos e inviten a todos los que encuentren

¿Cómo te preparas para acudir a una invitación o un llamado? ¿Basta el simple hecho de estar presente físicamente o es necesario otro tipo de preparación o disposición material?

En el Evangelio de este día, Jesús acaba de entrar en Jerusalén y le ha presentado a los sumos sacerdotes y a los acianos estas imágenes sobre lo errado de su actitud; con la parábola de este domingo, termina una especie de trilogía que ha transcurrido desde la parábola de los dos hijos y la de los viñadores homicidas, presentando ahora la parábola del banquete de bodas. Ya no se trata solamente de la obediencia ni de la maldad de quienes son capaces de no escuchar y matar a su hijo. Para los Padres de la Iglesia, es decisivo que este rey, que invita al banquete y es ignorado, llegue incluso a destruir la ciudad, siendo esto un símbolo de la destrucción de Jerusalén, la ciudad de aquellos que no han querido escuchar a Dios.

En este domingo nos vemos interpelados nuevamente por la llamada de Dios, a la cual somos invitados, y podemos plantearnos otra vez esta pregunta: ¿le hacemos caso o lo ignoramos?

¿Por qué podríamos ignorarlo? Porque queremos seguir con nuestras vidas, porque queremos continuar con aquellas cosas cotidianas que nos ofrecen una falsa alegría o una alegría limitada. Quienes escuchan el llamado y responden serán capaces de entrar a ese banquete, una magnífica convivencia descrita por Isaías, donde se gozará de todo aquello que tanto anhelábamos. Es el Padre y el viñador de las semanas pasadas, el pastor que nos recuerda el salmo y el rey que, como dice el Evangelio, prepara ese banquete; pero, al ser rechazado por sus principales invitados, extiende la invitación a todos. Ya no hay límites: no importa la situación ni la condición, todos están llamados a formar parte de este banquete.

Si esa es la actitud de Dios, aquella queja que aún hoy se repite sigue siendo válida: si Dios está dispuesto a llamarlos a todos, ¿quiénes somos nosotros para limitar esa invitación o para condicionarla por nosotros mismos? La Iglesia es la comunidad de aquellos que van al banquete, donde varios tienen el papel de ser servidores. Su trabajo es invitar, llamar en nombre del rey para que, como decía en aquella frase célebre el papa Francisco, haya un lugar para “todos, todos, todos”.

La inclusión debería ser una realidad en la Iglesia, pero no en el sentido en que la ha entendido el mundo contemporáneo. Para no caer en ese relativismo moderno, es necesario comprender la segunda parte de esta misma parábola: Dios llama e invita a todos de forma incondicionada, pero no para que sigamos siendo los mismos, sino para revestirnos de un traje de gala, de otro modo de vida. Ese vestido nupcial, según san Agustín, es la caridad: el amor a Dios, que busca cumplir su voluntad, y el amor al prójimo. En Apocalipsis 19, 8 se hace referencia a la corte de los santos, cuyo vestido fino son las acciones justas.

El Reino de Dios es inclusivo en su llamado (llama a buenos y malos), pero implacable en su juicio, ya que requiere una conducta moral renovada para poder permanecer en él. El juicio a este hombre del final del Evangelio podría parecer injustificado: ¿cómo se le puede exigir un traje de gala si fue llamado de improviso en el camino? Sin embargo, los estudios sobre la cultura antigua nos arrojan una luz que también ilumina este aspecto, pues parece que los anfitriones solían proporcionar túnicas limpias y festivas a sus asistentes. Por lo tanto, el pecado de este hombre no es la pobreza de su traje, sino la arrogancia de rechazar aquella túnica que el rey le ofrecía, prefiriendo quedarse con su propia ropa, que no era digna.

Reconozcamos cómo Dios nos ofrece muchas veces su gracia. Participamos en la misa y en las devociones, pero limitamos la eficacia de todos estos medios de santificación, no porque Dios no sea efectivo, sino porque nosotros preferimos nuevamente nuestras propias obras y nos cerramos a recibir esa gracia por completo.

Ese es el compromiso de los discípulos misioneros que han escuchado el llamado del rey: quieren estar en el banquete, pero también se convierten en los servidores que invitan a otros a formar parte de este mismo banquete, he allí un aspecto de este Domingo Mundial de las Misiones. Es en esta doble lógica en la que podríamos entender también las palabras de san Pablo, quien pone en Cristo su riqueza y es capaz de dejar atrás todas sus ocupaciones en el mundo, sus campos o sus negocios, que no son cosas malas en sí mismas, pero que no se comparan con la inmensa dicha que supone formar parte del Reino de Dios. Nuestra oración especialmente por aquellos hombres y mujeres que, abandonando sus seguridades, inclusive su país, están dispuestos a ponerse en los caminos de otras partes del mundo para seguir anunciando la alegría del Evangelio e invitar a todos a este banquete.

Pidamos al Señor que nos conceda esa doble dicha: hacernos sus servidores y vestirnos con el traje de fiesta; que nos disponga a escuchar su llamado y a responderle allí donde nos necesite, y que también nos abramos a recibir por completo aquello que nos quiere ofrecer.

San Francisco Javier y Santa Teresita del Niño Jesús, patronos de las misiones de la Iglesia, rueguen por nosotros.

Bendiciones.

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domingo, 4 de octubre de 2026

Meditamos el Evangelio del Domingo con el Rev. P. Jose Torres, LC


Lecturas del día: Libro de Isaías 5,1-7. Salmo 80(79),9.12.13-14.15-16.19-20. Carta de San Pablo a los Filipenses 4,6-9.

Evangelio según San Mateo 21,33-43.

Jesús dijo a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo:
«Escuchen otra parábola: Un hombre poseía una tierra y allí plantó una viña, la cercó, cavó un lagar y construyó una torre de vigilancia. Después la arrendó a unos viñadores y se fue al extranjero.
Cuando llegó el tiempo de la vendimia, envió a sus servidores para percibir los frutos.
Pero los viñadores se apoderaron de ellos, y a uno lo golpearon, a otro lo mataron y al tercero lo apedrearon.
El propietario volvió a enviar a otros servidores, en mayor número que los primeros, pero los trataron de la misma manera.
Finalmente, les envió a su propio hijo, pensando: "Respetarán a mi hijo".
Pero, al verlo, los viñadores se dijeron: "Este es el heredero: vamos a matarlo para quedarnos con su herencia".
Y apoderándose de él, lo arrojaron fuera de la viña y lo mataron.
Cuando vuelva el dueño, ¿qué les parece que hará con aquellos viñadores?».
Le respondieron: «Acabará con esos miserables y arrendará la viña a otros, que le entregarán el fruto a su debido tiempo.»
Jesús agregó: «¿No han leído nunca en las Escrituras: La piedra que los constructores rechazaron ha llegado a ser la piedra angular: esta es la obra del Señor, admirable a nuestros ojos?
Por eso les digo que el Reino de Dios les será quitado a ustedes, para ser entregado a un pueblo que le hará producir sus frutos.»

Homilía por el Rev. P. Jose Torres, LC

 Dios no te pide lo que no te dio: te pide fruto

Imagina que cuidas algo con toda el alma: un proyecto, una amistad, a tus hijos, una planta que rescataste cuando ya parecía muerta. Le dedicas tiempo, dinero, desvelos. Llega el momento de ver resultados y lo que sale es amargo, duro, incomible. Uvas verdes, de esas que ni para vino sirven.

Eso es exactamente lo que escuchamos hoy. Isaías no empieza con un regaño, empieza con una canción: "Voy a cantar a mi amigo el canto de mi amado por su viña". Es la queja de un enamorado, y al final suelta una pregunta que parte el corazón: "¿Qué más podía hacer yo por mi viña que no hubiera hecho?"

Quiero que te quedes con eso, porque muchos crecimos con otra idea de Dios: un auditor que llega con la libreta a ver cuánto rendimos. Pero fíjate en el orden… Primero Dios quita las piedras, planta las mejores cepas, construye la torre, cava el lagar. Primero da todo!!!. Después espera. Dios nunca te pide fruto sin antes haberte regalado todo lo necesario para darlo. No te está poniendo un examen sorpresa. Es la invitación de alguien que ya puso todo de su parte y que, increíblemente, sigue esperando algo de ti.

El problema no era la viña: eran los inquilinos

En el evangelio, Jesús cambia el ángulo. Ahora el problema son los labradores, que son arrendatarios, no dueños. Y su pecado no empieza cuando matan al hijo. Empieza mucho antes, cuando se les olvida que la viña no es suya.

Es lo más actual que tiene este evangelio. Vivimos como inquilinos que se sienten dueños: mi tiempo, mi cuerpo, mi carrera, mi familia, mi vida. Y todo lo tuyo es prestado. Hasta eso que te cuesta tanto y llamas "mi logro" tiene detrás a alguien que te enseñó, te abrió una puerta o creyó en ti antes de que tú lo hicieras. Nadie se hace solo, aunque el Instagram diga lo contrario… Mientras lo recuerdas, vives agradecido. Cuando lo olvidas, vives a la defensiva.

Fíjate en lo que pasa después. Llega el dueño a pedir cuentas y los labradores golpean a sus mensajeros. Cuando uno se cree dueño de todo, le estorba cualquier voz que le recuerde que hay Otro. Y esos mensajeros siguen llegando hoy: el amigo que te dice la verdad aunque duela, esa incomodidad interior que no te deja dormir tranquilo, el pobre que se cruza en tu camino, la persona que necesita que la perdones. Qué fácil es "apalearlos" sin tocarlos: con indiferencia, con un "no tengo tiempo", con dejarlos en visto.

Y luego viene lo más absurdo de la parábola. Ven al hijo y dicen: "Este es el heredero, matémoslo y nos quedamos con su herencia". Piénsalo: ellos eran trabajadores de la viña, y el hijo les estaba ofreciendo compartirla. Pero para ellos, lo que se recibe como regalo no cuenta; solo vale lo que se agarra con las manos. Esa es la raíz de todo pecado, y viene desde el principio, desde Adán y Eva estirando la mano hacia el fruto: querer tomar por la fuerza lo que Dios nos quiere dar gratis. Y lo triste es que ese camino nunca nos llena. Lo que se arrebata deja un hueco; lo que se recibe, aunque llegue con las manos vacías, se queda y nos llena.

El que lo entendió: Francisco

Hoy, 4 de octubre, la Iglesia recuerda a san Francisco de Asís, y creo que es justo el santo que entendió esta parábola.

Francisco era hijo de un comerciante rico, con la vida resuelta: ropa fina, fiestas, futuro asegurado. Y un día, frente a todo el pueblo de Asís, se quitó hasta la ropa y se la devolvió a su papá. Se quedó sin nada. No fue un berrinche ni una rebeldía, fue una declaración: lo que tenía lo había recibido, y quedarse con ello como si fuera suyo era justo lo que lo alejaba de Dios.

Esa idea lo acompañó toda la vida. En sus escritos insiste en que el pecado empieza cuando uno se "apropia" de lo que es de Dios, sea el talento, el éxito o el bien que hace, y que lo sano es devolvérselo a Él. Y lo curioso es lo que pasó después: el que se quedó sin nada empezó a llamar hermanos al sol, a la luna, al fuego y hasta a la muerte. Cuando uno suelta la viña, descubre que el mundo entero es regalo. Em cambio los labradores del evangelio agarraron todo y se quedaron solos; Francisco soltó todo y se llenó de hermanos.

La piedra que dejaste en visto

Jesús termina con una imagen: "La piedra que desecharon los constructores es ahora la piedra angular".

Todos tenemos una piedra desechada. Algo que sacamos de la construcción de nuestra vida porque "no encaja", "no tengo tiempo", "no es productivo": el silencio, la oración, la confesión que llevas años posponiendo, esa persona con la que no te hablas, el que sufre y nos incomoda. Y resulta que esa piedra, la que descartamos, es justo la que sostiene todo lo demás.

Jesús mismo es esa piedra. Dios nos mandó el mensaje más importante de la historia, enviado en persona, y lo hemos dejado en visto más veces de las que quisiéramos admitir. Sin embargo, no se cansa de escribir. Eso es lo que hace tan escandaloso el Evangelio: lo que nosotros rechazamos, Dios lo convierte en fundamento. Incluso nuestro rechazo, cuando se lo entregamos, puede volverse cimiento.

Fruto no es lo mismo que rendimiento

Aquí entra san Pablo, con una frase que parece escrita para nuestra generación ansiosa: "Nada os preocupe". Ojo: no dice que no haya problemas, dice que no nos consuman. Porque cuando oímos "dar fruto", nuestro cerebro de la era del rendimiento lo traduce en más metas, más cosas por tachar, más cansancio con cara de piedad.

Pero una vid no hace esfuerzos heroicos para producir uvas. Permanece, recibe, y el fruto llega. El fruto que Dios espera es lo que Pablo enumera: lo verdadero, lo justo, lo puro, lo amable. Es una vida que huele bien, que deja a los demás un poco mejor de como los encontró. Un fruto que nace de la paz, no de la angustia.

Y el fruto se da en lo ordinario

Estamos en Tiempo Ordinario, ese tiempo sin grandes fiestas ni grandes ayunos, donde el calendario litúrgico se pinta de verde. Y no es casualidad que el verde sea el color de lo que crece. Muchos pensamos que Dios nos espera en los momentos extraordinarios: un retiro, una crisis, una conversión de película. Pero la viña no madura en un día especial. Madura en lunes de oficina, en las clases de la universidad, en el tráfico, en la cena con la familia, en la conversación que no tenías ganas de tener. Tu santidad se está cocinando en lo ordinario, y es ahí donde Dios viene a buscar fruto.

Para esta semana

Te dejo tres preguntas, no para sentirte culpable sino para dejar que Dios te hable:

  1. ¿Dónde me he portado como dueño y no como inquilino agradecido? Escoge una cosa (tu tiempo, tu dinero, tu agenda) y ofrécesela de nuevo a Dios.
  2. ¿Cuál es la piedra que he desechado? Una oración, una conversación, un perdón. Recógela esta semana.
  3. ¿Qué fruto concreto puedo dar hoy? Uno solo, pequeño y real: un mensaje, una visita, una deuda de cariño saldada.

Dios no se cansa de cuidar la viña. Sigue podando, sigue esperando, sigue enviando. Y todavía hay tiempo de la cosecha.

Que esta semana, en medio de lo ordinario de tu vida, Dios encuentre en ti uvas dulces, de esas que dan ganas de compartir.

Amén

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sábado, 26 de septiembre de 2026

Meditamos el Evangelio del Domingo con Fray Emiliano Vanoli OP


Lecturas del día: Libro de Ezequiel 18,25-28. Salmo 25(24),4bc-5.6-7.8-9.  Carta de San Pablo a los Filipenses 2,1-11.Libro de Ezequiel 18,25-28.

 

Ustedes dirán: "El proceder del Señor no es correcto". Escucha, casa de Israel: ¿Acaso no es el proceder de ustedes, y no el mío, el que no es correcto?
Cuando el justo se aparta de su justicia, comete el mal y muere, muere por el mal que ha cometido.
Y cuando el malvado se aparta del mal que ha cometido, para practicar el derecho y la justicia, él mismo preserva su vida.
El ha abierto los ojos y se ha convertido de todas las ofensas que había cometido: por eso, seguramente vivirá, y no morirá.

Salmo 25(24),4bc-5.6-7.8-9.

Acuérdate, Señor, de tu compasión.

Muéstrame, Señor, tus caminos,
enséñame tus senderos.
Guíame por el camino de tu fidelidad;
enséñame, porque tú eres mi Dios y mi salvador,

Yo espero en ti todo el día,
Acuérdate, Señor, de tu compasión y de tu amor,
porque son eternos.
No recuerdes los pecados ni las rebeldías de mi juventud:

por tu bondad, Señor, acuérdate de mi según tu fidelidad.
El Señor es bondadoso y recto:
por eso muestra el camino a los extraviados;
él guía a los humildes para que obren rectamente

y enseña su camino a los pobres.

Carta de San Pablo a los Filipenses 2,1-11.

Hermanos:
Si la exhortación en nombre de Cristo tiene algún valor, si algo vale el consuelo que brota del amor o la comunión en el Espíritu, o la ternura y la compasión,
les ruego que hagan perfecta mi alegría, permaneciendo bien unidos. Tengan un mismo amor, un mismo corazón, un mismo pensamiento.
No hagan nada por espíritu de discordia o de vanidad, y que la humildad los lleve a estimar a los otros como superiores a ustedes mismos.
Que cada uno busque no solamente su propio interés, sino también el de los demás.
Tengan los mismos sentimientos de Cristo Jesús.
El, que era de condición divina,
no consideró esta igualdad con Dios
como algo que debía guardar celosamente:
al contrario, se anonadó a sí mismo,
tomando la condición de servidor
y haciéndose semejante a los hombres.
Y presentándose con aspecto humano,
se humilló hasta aceptar por obediencia la muerte
y muerte de cruz.
Por eso, Dios lo exaltó
y le dio el Nombre que está sobre todo nombre,
para que al nombre de Jesús,
se doble toda rodilla
en el cielo, en la tierra y en los abismos,
y toda lengua proclame para gloria de Dios Padre:
"Jesucristo es el Señor".

Evangelio según San Mateo 21,28-32.

Jesús dijo a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo:
"¿Qué les parece? Un hombre tenía dos hijos y, dirigiéndose al primero, le dijo: 'Hijo, quiero que hoy vayas a trabajar a mi viña'.
El respondió: 'No quiero'. Pero después se arrepintió y fue.
Dirigiéndose al segundo, le dijo lo mismo y este le respondió: 'Voy, Señor', pero no fue.
¿Cuál de los dos cumplió la voluntad de su padre?". "El primero", le respondieron. Jesús les dijo: "Les aseguro que los publicanos y las prostitutas llegan antes que ustedes al Reino de Dios.
En efecto, Juan vino a ustedes por el camino de la justicia y no creyeron en él; en cambio, los publicanos y las prostitutas creyeron en él. Pero ustedes, ni siquiera al ver este ejemplo, se han arrepentido ni han creído en él".

Homilia por Fray Emiliano Vanoli OP

Decir sí a Dios con el corazón

El Evangelio de este domingo nos presenta una escena sencilla, pero profundamente reveladora. Jesús pregunta a sus interlocutores qué les parece la actitud de dos hijos a quienes su padre les pide que vayan a trabajar a la viña. Uno responde que no, pero después se arrepiente y va; el otro responde que sí, pero finalmente no va. Cuando Jesús les pregunta cuál de los dos hizo la voluntad del padre, ellos responden correctamente: el primero. Y aquí está lo más interesante del relato: los interlocutores de Jesús saben distinguir perfectamente entre lo que está bien y lo que está mal, pero esa claridad no los lleva a reconocer su propia situación. Comprenden la verdad, pero se resisten a dejarse transformar por ella.

El problema, entonces, no está en su inteligencia, sino en su corazón. Son capaces de emitir un juicio correcto sobre la conducta de los dos hijos, pero no son capaces de aplicar ese mismo criterio a su propia vida. Reconocen que lo importante no es decir que sí, sino hacer la voluntad del padre; sin embargo, cuando Dios los llama a la conversión, se cierran. Su religiosidad, el conocimiento de la Ley y la seguridad que tienen de sí mismos se convierten, paradójicamente, en un obstáculo para encontrarse con Dios. No les falta conocimiento de la verdad; les falta la humildad para reconocer que esa verdad también los juzga a ellos.

Por eso Jesús les habla de los publicanos y las prostitutas, personas que, a los ojos de aquellos hombres, estaban lejos de Dios. Sin embargo, al escuchar la predicación de Juan el Bautista, algunos de ellos creyeron y se convirtieron. Los que parecían estar más lejos fueron capaces de reconocer su necesidad de salvación; en cambio, quienes se consideraban cercanos a Dios no aceptaron la llamada a cambiar. Jesús no está diciendo que el pecado sea indiferente ni que todas las conductas sean iguales. Está mostrando que la posibilidad de entrar en el Reino no depende de la imagen religiosa que uno tenga de sí mismo, sino de la disposición real a convertirse y hacer la voluntad de Dios.

Y esto nos interpela profundamente en nuestra vida cotidiana. También nosotros podemos conocer el Evangelio, saber qué nos pide el Señor, distinguir con claridad lo que está bien y lo que está mal, e incluso aconsejar a los demás sobre cómo deberían vivir. Podemos escuchar una homilía y pensar inmediatamente en alguien que necesitaría escucharla; reconocer en una lectura un defecto de otra persona, una injusticia ajena o una actitud que nos molesta. Pero ¿somos capaces de dejar que esa misma Palabra ilumine nuestras propias actitudes? ¿Nos preguntamos qué nos está pidiendo Dios a nosotros, qué tenemos que cambiar, a quién debemos pedir perdón, qué deberíamos dejar de hacer?

Hay una forma muy sutil de resistirse a Dios: estar de acuerdo con Él en todo, siempre que no nos pida cambiar nada. Decir «sí, Señor» en la oración, pero continuar alimentando un resentimiento; reconocer la importancia de la caridad, pero tratar con dureza a quien vive con nosotros; defender la verdad, pero no estar dispuestos a reconocer nuestros propios errores; comprometernos con una tarea y después dejarla de lado cuando exige esfuerzo o renuncia. Así podemos terminar pareciéndonos al segundo hijo: nuestras palabras son correctas, nuestras intenciones parecen buenas, pero nuestra vida no llega a responder a la voluntad del Padre.

Sin embargo, el Evangelio también nos ofrece una gran esperanza. El primer hijo comenzó diciendo que no, pero después se arrepintió y fue. No quedó prisionero de su primera respuesta. Su actitud cambió, y ese cambio se hizo concreto. Quizás también nosotros hemos dicho muchas veces que no a Dios, por egoísmo, por comodidad, por orgullo o por miedo. Pero el Señor no nos cierra la puerta. Siempre podemos volver a empezar. La conversión no consiste en aparentar que nunca nos hemos equivocado, sino en tener la humildad de reconocerlo y dar un paso nuevo.

Pidámosle hoy al Señor un corazón sincero, que no se conforme con saber lo que es bueno, sino que tenga la valentía de practicarlo; que no se limite a pronunciar palabras hermosas, sino que las traduzca en gestos concretos de amor, de justicia y de servicio. Porque, al final, lo que el Padre espera de nosotros no es una respuesta perfecta con los labios, sino una vida que, aun después de sus caídas, se levante y se ponga nuevamente en camino hacia su viña.


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