sábado, 28 de marzo de 2026

Domingo Ramos con Fray Emiliano Vanoli OP.


Lecturas del día Libro de Isaías 50,4-7. Salmo 22(21),8-9.17-18a.19-20.23-24. Carta de San Pablo a los Filipenses 2,6-11.

Evangelio según San Mateo 26,14-75.27,1-66.

Uno de los Doce, llamado Judas Iscariote, fue a ver a los sumos sacerdotes y les dijo: "¿Cuánto me darán si se lo entrego?". Y resolvieron darle treinta monedas de plata. Desde ese momento, Judas buscaba una ocasión favorable para entregarlo.
El primer día de los Acimos, los discípulos fueron a preguntar a Jesús: "¿Dónde quieres que te preparemos la comida pascual?".
El respondió: "Vayan a la ciudad, a la casa de tal persona, y díganle: 'El Maestro dice: Se acerca mi hora, voy a celebrar la Pascua en tu casa con mis discípulos'". Ellos hicieron como Jesús les había ordenado y prepararon la Pascua.
Al atardecer, estaba a la mesa con los Doce
y, mientras comían, Jesús les dijo: "Les aseguro que uno de ustedes me entregará". Profundamente apenados, ellos empezaron a preguntarle uno por uno: "¿Seré yo, Señor?".
El respondió: "El que acaba de servirse de la misma fuente que yo, ese me va a entregar.
El Hijo del hombre se va, como está escrito de él, pero ¡ay de aquel por quien el Hijo del hombre será entregado: más le valdría no haber nacido!". Judas, el que lo iba a entregar, le preguntó: "¿Seré yo, Maestro?". "Tú lo has dicho", le respondió Jesús. Mientras comían, Jesús tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y lo dio a sus discípulos, diciendo: "Tomen y coman, esto es mi Cuerpo".
Después tomó una copa, dio gracias y se la entregó, diciendo: "Beban todos de ella,
porque esta es mi Sangre, la Sangre de la Alianza, que se derrama por muchos para la remisión de los pecados. Les aseguro que desde ahora no beberé más de este fruto de la vid, hasta el día en que beba con ustedes el vino nuevo en el Reino de mi Padre". Después del canto de los Salmos, salieron hacia el monte de los Olivos. Entonces Jesús les dijo: "Esta misma noche, ustedes se van a escandalizar a causa de mí. Porque dice la Escritura: Heriré al pastor, y se dispersarán las ovejas del rebaño. Pero después que yo resucite, iré antes que ustedes a Galilea". Pedro, tomando la palabra, le dijo: "Aunque todos se escandalicen por tu causa, yo no me escandalizaré jamás". Jesús le respondió: "Te aseguro que esta misma noche, antes que cante el gallo, me habrás negado tres veces". Pedro le dijo: "Aunque tenga que morir contigo, jamás te negaré". Y todos los discípulos dijeron lo mismo. Cuando Jesús llegó con sus discípulos a una propiedad llamada Getsemaní, les dijo: "Quédense aquí, mientras yo voy allí a orar". Y llevando con él a Pedro y a los dos hijos de Zebedeo, comenzó a entristecerse y a angustiarse. Entonces les dijo: "Mi alma siente una tristeza de muerte. Quédense aquí, velando conmigo". Y adelantándose un poco, cayó con el rostro en tierra, orando así: "Padre mío, si es posible, que pase lejos de mí este cáliz, pero no se haga mi voluntad, sino la tuya". Después volvió junto a sus discípulos y los encontró durmiendo. Jesús dijo a Pedro: "¿Es posible que no hayan podido quedarse despiertos conmigo, ni siquiera una hora? Estén prevenidos y oren para no caer en la tentación, porque el espíritu está dispuesto, pero la carne es débil". Se alejó por segunda vez y suplicó: "Padre mío, si no puede pasar este cáliz sin que yo lo beba, que se haga tu voluntad". Al regresar los encontró otra vez durmiendo, porque sus ojos se cerraban de sueño. Nuevamente se alejó de ellos y oró por tercera vez, repitiendo las mismas palabras. Luego volvió junto a sus discípulos y les dijo: "Ahora pueden dormir y descansar: ha llegado la hora en que el Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los pecadores.¡Levántense! ¡Vamos! Ya se acerca el que me va a entregar". Jesús estaba hablando todavía, cuando llegó Judas, uno de los Doce, acompañado de una multitud con espadas y palos, enviada por los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo. El traidor les había dado esta señal: "Es aquel a quien voy a besar. Deténganlo". Inmediatamente se acercó a Jesús, diciéndole: "Salud, Maestro", y lo besó. Jesús le dijo: "Amigo, ¡cumple tu cometido!". Entonces se abalanzaron sobre él y lo detuvieron. Uno de los que estaban con Jesús sacó su espada e hirió al servidor del Sumo Sacerdote, cortándole la oreja. Jesús le dijo: "Guarda tu espada, porque el que a hierro mata a hierro muere. ¿O piensas que no puedo recurrir a mi Padre? El pondría inmediatamente a mi disposición más de doce legiones de ángeles. Pero entonces, ¿cómo se cumplirían las Escrituras, según las cuales debe suceder así?". Y en ese momento dijo Jesús a la multitud: "¿Soy acaso un ladrón, para que salgan a arrestarme con espadas y palos? Todos los días me sentaba a enseñar en el Templo, y ustedes no me detuvieron". Todo esto sucedió para que se cumpliera lo que escribieron los profetas. Entonces todos los discípulos lo abandonaron y huyeron. Los que habían arrestado a Jesús lo condujeron a la casa del Sumo Sacerdote Caifás, donde se habían reunido los escribas y los ancianos. Pedro lo seguía de lejos hasta el palacio del Sumo Sacerdote; entró y se sentó con los servidores, para ver cómo terminaba todo. Los sumos sacerdotes y todo el Sanedrín buscaban un falso testimonio contra Jesús para poder condenarlo a muerte; pero no lo encontraron, a pesar de haberse presentado numerosos testigos falsos. Finalmente, se presentaron dos que declararon: "Este hombre dijo: 'Yo puedo destruir el Templo de Dios y reconstruirlo en tres días'". El Sumo Sacerdote, poniéndose de pie, dijo a Jesús: "¿No respondes nada? ¿Qué es lo que estos declaran contra ti?". Pero Jesús callaba. El Sumo Sacerdote insistió: "Te conjuro por el Dios vivo a que me digas si tú eres el Mesías, el Hijo de Dios". Jesús le respondió: "Tú lo has dicho. Además, les aseguro que de ahora en adelante verán al Hijo del hombre sentarse a la derecha del Todopoderoso y venir sobre las nubes del cielo". Entonces el Sumo Sacerdote rasgó sus vestiduras, diciendo: "Ha blasfemado, ¿Qué necesidad tenemos ya de testigos? Ustedes acaban de oír la blasfemia. ¿Qué les parece?". Ellos respondieron: "Merece la muerte". Luego lo escupieron en la cara y lo abofetearon. Otros lo golpeaban, diciéndole: "Tú, que eres el Mesías, profetiza, dinos quién te golpeó". Mientras tanto, Pedro estaba sentado afuera, en el patio. Una sirvienta se acercó y le dijo: "Tú también estabas con Jesús, el Galileo". Pero él lo negó delante de todos, diciendo: "No sé lo que quieres decir". Al retirarse hacia la puerta, lo vio otra sirvienta y dijo a los que estaban allí: "Este es uno de los que acompañaban a Jesús, el Nazareno". Y nuevamente Pedro negó con juramento: "Yo no conozco a ese hombre". Un poco más tarde, los que estaban allí se acercaron a Pedro y le dijeron: "Seguro que tú también eres uno de ellos; hasta tu acento te traiciona". Entonces Pedro se puso a maldecir y a jurar que no conocía a ese hombre. En seguida cantó el gallo, y Pedro recordó las palabras que Jesús había dicho: "Antes que cante el gallo, me negarás tres veces". Y saliendo, lloró amargamente. Cuando amaneció, todos los sumos sacerdotes y ancianos del pueblo deliberaron sobre la manera de hacer ejecutar a Jesús. Después de haberlo atado, lo llevaron ante Pilato, el gobernador, y se lo entregaron. Judas, el que lo entregó, viendo que Jesús había sido condenado, lleno de remordimiento, devolvió las treinta monedas de plata a los sumos sacerdotes y a los ancianos, diciendo: "He pecado, entregando sangre inocente". Ellos respondieron: "¿Qué nos importa? Es asunto tuyo". Entonces él, arrojando las monedas en el Templo, salió y se ahorcó. Los sumos sacerdotes, juntando el dinero, dijeron: "No está permitido ponerlo en el tesoro, porque es precio de sangre". Después de deliberar, compraron con él un campo, llamado "del alfarero", para sepultar a los extranjeros. Por esta razón se lo llama hasta el día de hoy "Campo de sangre". Así se cumplió lo anunciado por el profeta Jeremías: Y ellos recogieron las treinta monedas de plata, cantidad en que fue tasado aquel a quien pusieron precio los israelitas. Con el dinero se compró el "Campo del alfarero", como el Señor me lo había ordenado. Jesús compareció ante el gobernador, y este le preguntó: "¿Tú eres el rey de los judíos?". El respondió: "Tú lo dices". Al ser acusado por los sumos sacerdotes y los ancianos, no respondió nada. Pilato le dijo: "¿No oyes todo lo que declaran contra ti?". Jesús no respondió a ninguna de sus preguntas, y esto dejó muy admirado al gobernador. En cada Fiesta, el gobernador acostumbraba a poner en libertad a un preso, a elección del pueblo. Había entonces uno famoso, llamado Barrabás. Pilato preguntó al pueblo que estaba reunido: "¿A quién quieren que ponga en libertad, a Barrabás o a Jesús, llamado el Mesías?". El sabía bien que lo habían entregado por envidia.

Mientras estaba sentado en el tribunal, su mujer le mandó decir: "No te mezcles en el asunto de ese justo, porque hoy, por su causa, tuve un sueño que me hizo sufrir mucho".
Mientras tanto, los sumos sacerdotes y los ancianos convencieron a la multitud que pidiera la libertad de Barrabás y la muerte de Jesús. Tomando de nuevo la palabra, el gobernador les preguntó: "¿A cuál de los dos quieren que ponga en libertad?". Ellos respondieron: "A Barrabás". Pilato continuó: "¿Y qué haré con Jesús, llamado el Mesías?". Todos respondieron: "¡Que sea crucificado!". Él insistió: "¿Qué mal ha hecho?". Pero ellos gritaban cada vez más fuerte: "¡Que sea crucificado!". Al ver que no se llegaba a nada, sino que aumentaba el tumulto, Pilato hizo traer agua y se lavó las manos delante de la multitud, diciendo: "Yo soy inocente de esta sangre. Es asunto de ustedes". Y todo el pueblo respondió: "Que su sangre caiga sobre nosotros y sobre nuestros hijos". Entonces, Pilato puso en libertad a Barrabás; y a Jesús, después de haberlo hecho azotar, lo entregó para que fuera crucificado. Los soldados del gobernador llevaron a Jesús al pretorio y reunieron a toda la guardia alrededor de él. Entonces lo desvistieron y le pusieron un manto rojo.
Luego tejieron una corona de espinas y la colocaron sobre su cabeza, pusieron una caña en su mano derecha y, doblando la rodilla delante de él, se burlaban, diciendo: "Salud, rey de los judíos". Y escupiéndolo, le quitaron la caña y con ella le golpeaban la cabeza.
Después de haberse burlado de él, le quitaron el manto, le pusieron de nuevo sus vestiduras y lo llevaron a crucificar. Al salir, se encontraron con un hombre de Cirene, llamado Simón, y lo obligaron a llevar la cruz. Cuando llegaron al lugar llamado Gólgota, que significa "lugar del Cráneo", le dieron de beber vino con hiel. El lo probó, pero no quiso tomarlo. Después de crucificarlo, los soldados sortearon sus vestiduras y se las repartieron; y sentándose allí, se quedaron para custodiarlo.
Colocaron sobre su cabeza una inscripción con el motivo de su condena: "Este es Jesús, el rey de los judíos". Al mismo tiempo, fueron crucificados con él dos ladrones, uno a su derecha y el otro a su izquierda.
Los que pasaban, lo insultaban y, moviendo la cabeza, decían: "Tú, que destruyes el Templo y en tres días lo vuelves a edificar, ¡sálvate a ti mismo, si eres Hijo de Dios, y baja de la cruz!".
De la misma manera, los sumos sacerdotes, junto con los escribas y los ancianos, se burlaban, diciendo: "¡Ha salvado a otros y no puede salvarse a sí mismo! Es rey de Israel: que baje ahora de la cruz y creeremos en él.
Ha confiado en Dios; que él lo libre ahora si lo ama, ya que él dijo: "Yo soy Hijo de Dios".
También lo insultaban los ladrones crucificados con él.


Desde el mediodía hasta las tres de la tarde, las tinieblas cubrieron toda la región.
Hacia las tres de la tarde, Jesús exclamó en alta voz: "Elí, Elí, lemá sabactani", que significa: "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?". Algunos de los que se encontraban allí, al oírlo, dijeron: "Está llamando a Elías". En seguida, uno de ellos corrió a tomar una esponja, la empapó en vinagre y, poniéndola en la punta de una caña, le dio de beber. Pero los otros le decían: "Espera, veamos si Elías viene a salvarlo".
Entonces Jesús, clamando otra vez con voz potente, entregó su espíritu.
Inmediatamente, el velo del Templo se rasgó en dos, de arriba abajo, la tierra tembló, las rocas se partieron y las tumbas se abrieron. Muchos cuerpos de santos que habían muerto resucitaron y, saliendo de las tumbas después que Jesús resucitó, entraron en la Ciudad santa y se aparecieron a mucha gente. El centurión y los hombres que custodiaban a Jesús, al ver el terremoto y todo lo que pasaba, se llenaron de miedo y dijeron: "¡Verdaderamente, este era el Hijo de Dios!". Había allí muchas mujeres que miraban de lejos: eran las mismas que habían seguido a Jesús desde Galilea para servirlo.
Entre ellas estaban María Magdalena, María -la madre de Santiago y de José- y la madre de los hijos de Zebedeo. Al atardecer, llegó un hombre rico de Arimatea, llamado José, que también se había hecho discípulo de Jesús, y fue a ver a Pilato para pedirle el cuerpo de Jesús. Pilato ordenó que se lo entregaran. Entonces José tomó el cuerpo, lo envolvió en una sábana limpia y lo depositó en un sepulcro nuevo que se había hecho cavar en la roca. Después hizo rodar una gran piedra a la entrada del sepulcro, y se fue. María Magdalena y la otra María estaban sentadas frente al sepulcro.
A la mañana siguiente, es decir, después del día de la Preparación, los sumos sacerdotes y los fariseos se reunieron y se presentaron ante Pilato, diciéndole: "Señor, nosotros nos hemos acordado de que ese impostor, cuando aún vivía, dijo: 'A los tres días resucitaré'.
Ordena que el sepulcro sea custodiado hasta el tercer día, no sea que sus discípulos roben el cuerpo y luego digan al pueblo: '¡Ha resucitado!'. Este último engaño sería peor que el primero". Pilato les respondió: "Ahí tienen la guardia, vayan y aseguren la vigilancia como lo crean conveniente". Ellos fueron y aseguraron la vigilancia del sepulcro, sellando la piedra y dejando allí la guardia.

Homilía por Fray Emiliano Vanoli OP.

Domingo de ramos: un Rey que desconcierta.

El domingo de Ramos abre la Semana Santa, en cuyo interior se encuentra el Triduo Pascual, el corazón del año cristiano. En estos días contemplamos los acontecimientos en los que se juega todo: la pasión, muerte y resurrección de Jesús, que nos muestra el sentido de la vida, el misterio del dolor y la esperanza de la salvación. Dios responde así a los anhelos más profundos del ser humano —felicidad, plenitud, amor— pero lo hace de un modo inesperado, incluso desconcertante, que muchas veces no coincide con nuestras expectativas.

El Evangelio nos presenta a Jesús entrando en Jerusalén. Es un momento de alegría: el pueblo lo aclama, lo reconoce como el Mesías, extiende mantos y agita ramos a su paso. Sin embargo, hay un detalle que lo cambia todo: Jesús no entra como un rey poderoso (algo habitual en los reyes y conquistadores de antaño), sino montado en un asno. No hay ejército, no hay fuerza, no hay imposición. Su modo de presentarse revela qué tipo de Rey es: un Rey humilde, que viene a servir y no a dominar.

Pero ese entusiasmo inicial dura poco. La misma ciudad que lo recibe con alegría pronto lo rechazará. La ausencia de los poderosos en su entrada no era casual: anticipa el rechazo de quienes no aceptan un reino basado en la humildad y la misericordia. Así se cumple la figura del “varón de dolores” del profeta Isaías: un Mesías que no se impone, sino que es despreciado y entregado, que soporta y sobrelleva el rechazo por amor.

Aquí aparece el núcleo del misterio cristiano. Jesús no salva desde el poder, sino desde el amor llevado hasta el extremo. Se abaja, se hace uno de nosotros, y acepta incluso la muerte cruenta y deshonrosa de la cruz. No es derrota: es el camino elegido por Dios para alcanzarnos a todos. Porque al ponerse en el lugar del más débil, del que sufre, del que es rechazado, Jesús se vuelve cercano a cada persona. Nadie queda fuera de su amor.

Este modo de actuar de Dios pone en crisis nuestra manera de pensar. También nosotros podemos aplaudir a Jesús… pero rechazar su estilo de vida. Nos atrae un Dios fuerte, que resuelva rápido los problemas, pero nos cuesta aceptar un Dios humilde, que pide conversión del corazón, paciencia, entrega y misericordia.

Por eso la Semana Santa es una invitación concreta: revisar qué tipo de Rey queremos seguir. ¿El de nuestros esquemas, o el que se nos revela en el Evangelio? El camino de Cristo —el de la cruz— no es fácil, pero es el único que conduce a la vida verdadera.

Hoy se nos abre una oportunidad. Dios no deja de pasar por nuestra vida. Podemos quedarnos en un entusiasmo superficial, o podemos dar un paso más: dejarnos transformar por su modo de amar. Hoy es el día para hacer nuestra entrada junto al Señor en el camino de la vida plena.


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domingo, 22 de marzo de 2026

Meditamos el Evangelio de este Domingo con Pbro. Diego Olivera


Lecturas del día: Libro de Ezequiel 37,12-14. Salmo 130(129),1-8 Carta de San Pablo a los Romanos 8,8-11.        

Evangelio según San Juan 11,1-45.

Había un hombre enfermo, Lázaro de Betania, del pueblo de María y de su hermana Marta.
María era la misma que derramó perfume sobre el Señor y le secó los pies con sus cabellos. Su hermano Lázaro era el que estaba enfermo.
Las hermanas enviaron a decir a Jesús: "Señor, el que tú amas, está enfermo".
Al oír esto, Jesús dijo: "Esta enfermedad no es mortal; es para gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella".
Jesús quería mucho a Marta, a su hermana y a Lázaro.
Sin embargo, cuando oyó que este se encontraba enfermo, se quedó dos días más en el lugar donde estaba.
Después dijo a sus discípulos: "Volvamos a Judea".
Los discípulos le dijeron: "Maestro, hace poco los judíos querían apedrearte, ¿quieres volver allá?".
Jesús les respondió: "¿Acaso no son doce las horas del día? El que camina de día no tropieza, porque ve la luz de este mundo;
en cambio, el que camina de noche tropieza, porque la luz no está en él".
Después agregó: "Nuestro amigo Lázaro duerme, pero yo voy a despertarlo".
Sus discípulos le dijeron: "Señor, si duerme, se curará".
Ellos pensaban que hablaba del sueño, pero Jesús se refería a la muerte.
Entonces les dijo abiertamente: "Lázaro ha muerto,
y me alegro por ustedes de no haber estado allí, a fin de que crean. Vayamos a verlo".
Tomás, llamado el Mellizo, dijo a los otros discípulos: "Vayamos también nosotros a morir con él".
Cuando Jesús llegó, se encontró con que Lázaro estaba sepultado desde hacía cuatro días.
Betania distaba de Jerusalén sólo unos tres kilómetros.
Muchos judíos habían ido a consolar a Marta y a María, por la muerte de su hermano.
Al enterarse de que Jesús llegaba, Marta salió a su encuentro, mientras María permanecía en la casa.
Marta dijo a Jesús: "Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto.
Pero yo sé que aun ahora, Dios te concederá todo lo que le pidas".
Jesús le dijo: "Tu hermano resucitará".
Marta le respondió: "Sé que resucitará en la resurrección del último día".
Jesús le dijo: "Yo soy la Resurrección y la Vida. El que cree en mí, aunque muera, vivirá;
y todo el que vive y cree en mí, no morirá jamás. ¿Crees esto?".
Ella le respondió: "Sí, Señor, creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que debía venir al mundo".
Después fue a llamar a María, su hermana, y le dijo en voz baja: "El Maestro está aquí y te llama".
Al oír esto, ella se levantó rápidamente y fue a su encuentro.
Jesús no había llegado todavía al pueblo, sino que estaba en el mismo sitio donde Marta lo había encontrado.
Los judíos que estaban en la casa consolando a María, al ver que esta se levantaba de repente y salía, la siguieron, pensando que iba al sepulcro para llorar allí.
María llegó a donde estaba Jesús y, al verlo, se postró a sus pies y le dijo: "Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto".
Jesús, al verla llorar a ella, y también a los judíos que la acompañaban, conmovido y turbado,
preguntó: "¿Dónde lo pusieron?". Le respondieron: "Ven, Señor, y lo verás".
Y Jesús lloró.
Los judíos dijeron: "¡Cómo lo amaba!".
Pero algunos decían: "Este que abrió los ojos del ciego de nacimiento, ¿no podría impedir que Lázaro muriera?".
Jesús, conmoviéndose nuevamente, llegó al sepulcro, que era una cueva con una piedra encima,
y dijo: "Quiten la piedra". Marta, la hermana del difunto, le respondió: "Señor, huele mal; ya hace cuatro días que está muerto".
Jesús le dijo: "¿No te he dicho que si crees, verás la gloria de Dios?".
Entonces quitaron la piedra, y Jesús, levantando los ojos al cielo, dijo: "Padre, te doy gracias porque me oíste.
Yo sé que siempre me oyes, pero lo he dicho por esta gente que me rodea, para que crean que tú me has enviado".
Después de decir esto, gritó con voz fuerte: "¡Lázaro, ven afuera!".
El muerto salió con los pies y las manos atados con vendas, y el rostro envuelto en un sudario. Jesús les dijo: "Desátenlo para que pueda caminar".
Al ver lo que hizo Jesús, muchos de los judíos que habían ido a casa de María creyeron en él.

Homilía por Pbro. Diego Olivera

En este quinto domingo de cuaresma se presenta como tema central la Resurrección, la vida nueva, en el Evangelio Jesús nos anticipa cual será el gran regalo de la Pascua.

A medida que nos acercamos a la Pascua, la Palabra de Dios nos pone frente a una realidad muy humana: la experiencia de la muerte, no solo la muerte física, sino también esas “muertes” que vivimos cada día; por ejemplo: el despertador suena bien temprano a la mañana y algunos pueden pensar: “qué lindo seria seguir durmiendo en este día nublado” pero renuncian a ese deseo de seguir durmiendo para levantarse y salir a trabajar para traer el pan a la mesa, o cuando se nos presentan dos cosas buenas y tenemos que elegir una, renunciamos y morimos a aquello que no elegimos

En la primera lectura nos encontramos con una fuerte profecía de Ezequiel: “Pueblo mío, yo mismo abriré sus sepulcros, los haré salir de ellos…” Es una imagen impactante porque el sepulcro representa lo que ya no tiene solución, la tumba nos dice ya no hay vuelta atrás. Sin embargo, Dios dice: “Yo los haré salir de sus tumbas”. Esto significa que Dios no se resigna a vernos caídos. Él siempre quiere levantarnos, siempre cree que es posible volver a empezar. El Espíritu de Dios es un espíritu de vida que nos renueva, nos levanta de las caídas e ilumina nuestras oscuridades.

San Pablo en la carta a los Romanos, reafirma la idea de que si se puede volver a empezar renovados por el Espíritu de Dios: “Y si el Espíritu de aquel que resucitó a Jesús habita en ustedes, el que resucitó a Cristo Jesús también dará vida a sus cuerpos mortales, por medio del mismo Espíritu que habita en ustedes”.  

Jesús con su resurrección, que celebramos el domingo de Pascua, nos regala a todos la resurrección y la vida eterna pero nos pide que creamos, tenemos que tener fe en esta promesa. La Resurrección no es un slogan católico es una realidad concreta, la resurrección es real y es para todos. Tenemos que creer en esta verdad de fe.

Un dicho popular afirma: “Todo tiene solución en esta vida menos la muerte”, pero como cristianos no podemos afirmar esto porque Cristo nos regaló la solución, con su pasión, muerte y resurrección nos regaló la vida eterna para todos.

En la expresión de Marta se refleja la voz de todos nosotros con: “¡Si hubieras estado aquí!...”. Y la respuesta de Dios no es un discurso, no, la respuesta de Dios al problema de la muerte es Jesús: “Yo soy la resurrección y la vida... ¡Tened fe! En medio del llanto seguid teniendo fe, aunque la muerte parezca haber vencido. ¡Quitad la piedra de vuestro corazón! Que la Palabra de Dios devuelva la vida allí donde hay muerte”.

Pero Jesús no solo nos regala la vida eterna para después de nuestra muerte terrenal, hoy quiere correr la piedra de nuestros sepulcros y sacarnos de toda situación de muerte. A cada uno de nosotros nos dice lo que le grito con voz potente a Lázaro: “Sal de allí”

Pidamos al Espíritu Santo ser liberados de toda situación de muerte para gozar plenamente la vida y vida en abundancia que brota de Dios.


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viernes, 20 de marzo de 2026

Catequistas: Tiempo de Cuaresma


Hola queridos/as Catequistas, es un placer poder continuar con estas publicaciones en el Blog, para seguir creciendo y aprendiendo juntos.

Hoy quiero que nos sumerjamos juntos en el Tiempo cuaresmal, es decir, en pensar y reflexionar juntos como podemos hacer de este tiempo que muchas veces esta cargado de una mirada apagada, sombría; solo pensada y reflexionada desde el sacrificio, mortificación, etc.

Nos puede pasar a nosotros mismos, en nuestra catequesis, lo digo desde la propia experiencia de cuando yo empecé la catequesis, muchas veces priorizaba en los temas u objetivos de los encuentros en la penitencia y demas, pensando que estaba hablando con adultos cuya mente ya estaba moralmente formada, y asi no podemos formar a nuestros niños y jovenes, necesitamos poder ampliar la mirada.

No digo que eso no debe estar, claramente matizada por el publico que tengamos al frente de nuestros ojos, pero vivida desde el gozo de que nos estamos preparando para vivir le hecho mas importante del Año litúrgico, si lo decimos desde la vida de la Iglesia, o el hecho más importante y trascendental de nuestra vida, de la vida de cada fiel cristiano. Nos preparamos para acompañar a Jesús al camino de la Cruz, y ese camino lo va a hacer por Ti y por mí.

Hemos contemplado maravillosamente la figura de la Samaritana, y este “Dame de beber” que sale de los labios de Jesús, que se nos clava como puñal en nuestro corazon. Nos invita en este tiempo a pensarnos como catequistas, y cuestionarnos ¿Que Agua doy de beber a mis catequizandos? ¿Qué Agua estoy bebiendo yo mismo? ¿Es de la fuente de Agua Viva que brota de Jesús o lo busco y hago buscar en cisternas agrietadas?

Podemos estar haciendo beber a los catequizandos solo doctrina vacía, sin emociones o sentimientos; solo practicas estériles sin alma, que se convierten en rigurosidad, etc. O somos capaces de doblar las rodillas y rezar en vez de solo pensar lo que vamos a compartir. Solo un corazon enamorado y traspasado por cristo es capaz de contagiar ese mismo amor. Solo bebiendo de la Fuente de vida es que vamos a trasmitir vida.

Este tiempo lo debemos vivir juntos, haciéndonos parte de las iniciativas parroquiales o de la capilla, y si no las hay, es tiempo de ser creativos, de buscar materiales en internet, o volver a practicas que han nutrido la vida de la Iglesia (Via crucis, Dolores de María, Visita a las 7 Iglesias, etc.) invitando a toda la familia, amigos, vecinos, etc. Debemos todos vivir la alegria de la cuaresma.

Lograr una catequesis más vivencial, es un esfuerzo grande para hacerlo solo, pero depende de ustedes catequistas, no se dejen robar el entusiasmo, las ganas y sobre todo no apaguen el fuego del amor de Jesús, sean capaces de salir de si mismos para generar una verdadera comunidad de catequistas donde el apoyo sea mutuo, fraterno y enriquecedor

Que este tiempo de Cuaresma lo vivamos desde la alegria de saber que Cristo ya murió por cada uno de nosotros, sin la necesidad de que hiciéramos nada, todo fue Gracia. Que Dios nos bendiga mucho, y que María ella que supo estar al pie de la cruz, nos enseñe a perseverar en el camino de la Fe personal y comunitariamente.

Autor: Enzo Villavencio

Aquí puedes ver más material:



domingo, 15 de marzo de 2026

Meditamos el Evangelio de este Domingo con el Pbro. Mauricio Calgaro. SDB


Lecturas del día: Primer Libro de Samuel 16,1b.6-7.10-13a. Salmo 23(22),1-3a.3b-4.5.6. Carta de San Pablo a los Efesios 5,8-14.

Evangelio según San Juan 9,1-41.

Jesús, al pasar, vio a un hombre ciego de nacimiento.

Sus discípulos le preguntaron: "Maestro, ¿quién ha pecado, él o sus padres, para que haya nacido ciego?".

"Ni él ni sus padres han pecado, respondió Jesús; nació así para que se manifiesten en él las obras de Dios.

Debemos trabajar en las obras de aquel que me envió, mientras es de día; llega la noche, cuando nadie puede trabajar.

Mientras estoy en el mundo, soy la luz del mundo".

Después que dijo esto, escupió en la tierra, hizo barro con la saliva y lo puso sobre los ojos del ciego,

diciéndole: "Ve a lavarte a la piscina de Siloé", que significa "Enviado". El ciego fue, se lavó y, al regresar, ya veía.

Los vecinos y los que antes lo habían visto mendigar, se preguntaban: "¿No es este el que se sentaba a pedir limosna?".

Unos opinaban: "Es el mismo". "No, respondían otros, es uno que se le parece". Él decía: "Soy realmente yo".

Ellos le dijeron: "¿Cómo se te han abierto los ojos?".

El respondió: "Ese hombre que se llama Jesús hizo barro, lo puso sobre mis ojos y me dijo: 'Ve a lavarte a Siloé'. Yo fui, me lavé y vi".

Ellos le preguntaron: "¿Dónde está?". El respondió: "No lo sé".

El que había sido ciego fue llevado ante los fariseos.

Era sábado cuando Jesús hizo barro y le abrió los ojos.

Los fariseos, a su vez, le preguntaron cómo había llegado a ver. El les respondió: "Me puso barro sobre los ojos, me lavé y veo".

Algunos fariseos decían: "Ese hombre no viene de Dios, porque no observa el sábado". Otros replicaban: "¿Cómo un pecador puede hacer semejantes signos?". Y se produjo una división entre ellos.

Entonces dijeron nuevamente al ciego: "Y tú, ¿qué dices del que te abrió los ojos?". El hombre respondió: "Es un profeta".

Sin embargo, los judíos no querían creer que ese hombre había sido ciego y que había llegado a ver, hasta que llamaron a sus padres

y les preguntaron: "¿Es este el hijo de ustedes, el que dicen que nació ciego? ¿Cómo es que ahora ve?".

Sus padres respondieron: "Sabemos que es nuestro hijo y que nació ciego,

pero cómo es que ahora ve y quién le abrió los ojos, no lo sabemos. Pregúntenle a él: tiene edad para responder por su cuenta".

Sus padres dijeron esto por temor a los judíos, que ya se habían puesto de acuerdo para excluir de la sinagoga al que reconociera a Jesús como Mesías.

Por esta razón dijeron: "Tiene bastante edad, pregúntenle a él".

Los judíos llamaron por segunda vez al que había sido ciego y le dijeron: "Glorifica a Dios. Nosotros sabemos que ese hombre es un pecador".

"Yo no sé si es un pecador, respondió; lo que sé es que antes yo era ciego y ahora veo".

Ellos le preguntaron: "¿Qué te ha hecho? ¿Cómo te abrió los ojos?".

Él les respondió: "Ya se lo dije y ustedes no me han escuchado. ¿Por qué quieren oírlo de nuevo? ¿También ustedes quieren hacerse discípulos suyos?".

Ellos lo injuriaron y le dijeron: "¡Tú serás discípulo de ese hombre; nosotros somos discípulos de Moisés!

Sabemos que Dios habló a Moisés, pero no sabemos de donde es este".

El hombre les respondió: "Esto es lo asombroso: que ustedes no sepan de dónde es, a pesar de que me ha abierto los ojos.

Sabemos que Dios no escucha a los pecadores, pero sí al que lo honra y cumple su voluntad.

Nunca se oyó decir que alguien haya abierto los ojos a un ciego de nacimiento.

Si este hombre no viniera de Dios, no podría hacer nada".

Ellos le respondieron: "Tú naciste lleno de pecado, y ¿quieres darnos lecciones?". Y lo echaron.

Jesús se enteró de que lo habían echado y, al encontrarlo, le preguntó: "¿Crees en el Hijo del hombre?".

El respondió: "¿Quién es, Señor, para que crea en él?".

Jesús le dijo: "Tú lo has visto: es el que te está hablando".

Entonces él exclamó: "Creo, Señor", y se postró ante él.

Después Jesús agregó: "He venido a este mundo para un juicio: Para que vean los que no ven y queden ciegos los que ven".

Los fariseos que estaban con él oyeron esto y le dijeron: "¿Acaso también nosotros somos ciegos?".

Jesús les respondió: "Si ustedes fueran ciegos, no tendrían pecado, pero como dicen: 'Vemos', su pecado permanece".

Homilía Pbro. Mauricio Calgaro SDB

Hermanos y hermanas, el Evangelio de este domingo nos cuenta algo que empieza con un gesto muy simple: “Jesús pasa y ve a un hombre ciego de nacimiento”. No lo busca el ciego, no lo llama, no le grita desde la orilla del camino. Jesús pasa y lo ve. Y cuando Jesús ve a alguien, no lo mira como quien mira un paisaje. Lo contempla con el corazón. Pero además de mirar, se detiene, se acerca, se ensucia las manos con barro y le abre un camino nuevo. A veces Dios obra así en nuestra vida: con gestos sencillos, casi pobres, pero capaces de cambiar la historia.

El hombre va a la piscina de Siloé, se lava y vuelve viendo. Pero el milagro no termina ahí. Empieza entonces otra historia, quizá más profunda. Los vecinos discuten: si es él, si no es él, si se parece. Y en medio de tantas voces el hombre dice algo muy sencillo: “Soy realmente yo”. Como diciendo: soy el mismo de siempre, pero algo cambió. Cuando uno se encuentra con Jesús no deja de ser quien es, pero empieza a mirar la vida de otra manera.

Los fariseos, en cambio, se quedan discutiendo otra cosa. Si es sábado, si se puede curar, si ese hombre viene de Dios o no. Mientras el que era ciego empieza a ver, los que estaban seguros de ver se van quedando cada vez más encerrados en sus ideas. Y ahí aparece una verdad que atraviesa todo el Evangelio: la verdadera ceguera es no ver más allá del pecado. Ellos miran a ese hombre y no pueden ver la obra de Dios. Ven solamente su pasado, su condición, su historia. Y así terminan marginándolo.

Jesús, en cambio, hace lo que siempre hace: sale a buscar al que quedó afuera. Se entera de que lo echaron y va a su encuentro. No le da un discurso largo ni una explicación complicada. Le hace una pregunta sencilla, de esas que llegan al corazón: “¿Crees en el Hijo del hombre?”. El hombre responde con humildad: “¿Quién es, Señor, ¿para que crea en él?”. Y Jesús le dice: “Es el que está hablando contigo”. Entonces el hombre dice: “Creo, Señor”, y se postra.

Así se completa el milagro. Primero se le abrieron los ojos del cuerpo; ahora se le abre la mirada del corazón. Y quizá eso es lo que el Evangelio quiere regalarnos hoy. Porque también nosotros podemos caminar por la vida con muchas cegueras: cegueras que nos hacen mirar a los demás desde el juicio rápido, desde la etiqueta, desde el error. En cambio, Jesús nos enseña otra manera de mirar. Él mira la herida, sí, pero también ve la posibilidad de cambió. Ve el pecado, pero no deja de ver la persona y su dignidad.

Por eso este Evangelio nos invita a pedir una gracia muy simple: que el Señor nos toque los ojos. Que nos cure de esas cegueras del corazón que nos impiden reconocer la obra de Dios en los demás. Y que aprendamos a mirar como mira Jesús: más allá del pecado, más allá de las apariencias.


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lunes, 9 de marzo de 2026

Reconciliarnos en Cuaresma


Como cada año, la cuaresma, nos recuerda la necesidad de la reconciliación con Dios, de la reconciliación con el prójimo y de la reconciliación con el propio corazón, en la propia realidad, en la propia vida. Normalmente nos referimos al sacramento de la Reconciliación, también conocido como Confesión. Pero, entonces ¿qué es “reconciliar”?

Asociamos la “reconciliación”, al encuentro con alguien después perdonarle una ofensa. Así: conciliar, que nos recuerda otras ideas como concilio, que es una reunión de un cuerpo colegiado; comunión, que es la capacidad de compartir la opinión o la mesa; asamblea, que es una reunión de iguales. Entonces, ¿conciliar es simplemente equiparar, o igualar, encontrarse? En contabilidad se dice esto de un balance… ¿La conciliación se reduce a unir lo separado, igualar lo diferente, compartir la opinión y la mesa?

El prefijo “re”, quiere decir, que antes hubo “comunión”. Efectivamente, después de haberse cortado el vínculo por una ofensa, de haber caído o muerto la relación… el vínculo, la comunión, se ha recuperado, el puente se ha vuelto a construir, el que había muerto, ¡lo encontramos resucitado!

Entonces, la reconciliación, como nombre del sacramento, refiere a revivir la gracia que ha muerto por la ofensa a Dios, al prójimo y a la propia dignidad. Esa ofensa se llama pecado. Y cuando se habla de pecado hay que ser claro en las condiciones para que sea tal: ser consciente del daño que se hace, hacerlo voluntariamente, conocer la materia grave del mandamiento contra el cual se obra, tener en cuenta la circunstancias que afectan a la responsabilidad y, la pena y culpa asociadas al pecado.

¿Cómo debemos acercarnos a la reconciliación? Es necesario haber examinado nuestra conciencia. No tanto para encontrar en la rendija más perdida el recuerdo del pecado más sucio y feo del año pasado, sino para presentarse humildemente ante el trono de la misericordia, con el corazón bien dispuesto.

Proponerse un sincero arrepentimiento por haber ofendido a Dios. Es decir, por considerar poca cosa su amistad, al punto de alejarme y avergonzarme de su amor; por haber destruido con el pecado, en aquel momento de debilidad, el puente de su gracia que me alcanza la salvación; por no haber seguido su llamado queriendo tapar con el dedo el sol de su gracia.

Lo siguiente puede ser lo más difícil. Reconocer los propios pecados delante del sacerdote, confiando en su ministerio de juez, de padre, de médico, en fin, de “alter Christus”. Lo mejor es pronunciarlos uno a uno, con claridad, detallando el mandamiento contra el que se ha pecado y el número de veces que se hizo, brindando algún detalle que sirva para comprender su magnitud, y no hacer explicaciones para justificar el comportamiento. A veces, el sacerdote hará una pregunta para aclarar y luego una breve reflexión para corregir.

Finalmente corresponde manifestar el arrepentimiento en la oración que llamamos “pésame”.  Esta oración recoge los elementos más importantes de la contrición como son haber ofendido a Dios, el propósito de no pecar más y de evitar las ocasiones próximas de pecado. No lo decimos en voz alta, pero se sobreentiende que hay también propósito de enmienda de la propia vida, corregir la conducta, y también el propósito de reparar el daño hecho al prójimo con nuestro pecado. El sacerdote impone una penitencia, que satisface, en alguna medida el pecado cometido, pero que Jesús ya lo cargó por nosotros en la Cruz, y luego pronuncia la absolución.

Entonces, salimos del confesionario reconciliados con Dios, en camino de reconciliarnos con el prójimo, y con el propósito de reconciliarnos con el propio corazón, en la propia realidad y en la propia vida. Somos nuevamente amigos de Dios, su gracia recorre nuestra alma, caminamos resucitados en una nueva oportunidad de vida.

Y vos, ¿Qué puente sentís que necesitas reconstruir hoy para volver a caminar resucitado?

Fray Ángel Benavides OP.


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