domingo, 12 de abril de 2026

Meditamos el Evangelio de este Domingo con Fray Josué González Rivera OP


Lecturas del día: Libro de los Hechos de los Apóstoles 2,42-47. Salmo 118(117),2-4.13-15.22-24. Epístola I de San Pedro 1,3-9.

Evangelio según San Juan 20,19-31.

Al atardecer de ese mismo día, el primero de la semana, estando cerradas las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos, por temor a los judíos, llegó Jesús y poniéndose en medio de ellos, les dijo: "¡La paz esté con ustedes!".
Mientras decía esto, les mostró sus manos y su costado. Los discípulos se llenaron de alegría cuando vieron al Señor.
Jesús les dijo de nuevo: "¡La paz esté con ustedes! Como el Padre me envió a mí, yo también los envío a ustedes".
Al decirles esto, sopló sobre ellos y añadió: "Reciban el Espíritu Santo.
Los pecados serán perdonados a los que ustedes se los perdonen, y serán retenidos a los que ustedes se los retengan".
Tomás, uno de los Doce, de sobrenombre el Mellizo, no estaba con ellos cuando llegó Jesús.
Los otros discípulos le dijeron: "¡Hemos visto al Señor!". El les respondió: "Si no veo la marca de los clavos en sus manos, si no pongo el dedo en el lugar de los clavos y la mano en su costado, no lo creeré".
Ocho días más tarde, estaban de nuevo los discípulos reunidos en la casa, y estaba con ellos Tomás. Entonces apareció Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio de ellos y les dijo: "¡La paz esté con ustedes!".
Luego dijo a Tomás: "Trae aquí tu dedo: aquí están mis manos. Acerca tu mano: Métela en mi costado. En adelante no seas incrédulo, sino hombre de fe".
Tomas respondió: "¡Señor mío y Dios mío!".
Jesús le dijo: "Ahora crees, porque me has visto. ¡Felices los que creen sin haber visto!".
Jesús realizó además muchos otros signos en presencia de sus discípulos, que no se encuentran relatados en este Libro.
Estos han sido escritos para que ustedes crean que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y creyendo, tengan Vida en su Nombre.

 Homilía por Fr. Josué González Rivera, OP

“En adelante no seas incrédulo, sino persona de fe”

El evangelio de este domingo de la Misericordia nos sitúa en una escena profundamente humana. Los discípulos están reunidos, pero aún tienen miedo porque han visto morir a Jesús, sus expectativas se han derrumbado y ahora viven en la incertidumbre. En ese contexto aparece el Resucitado y pronuncia las primeras palabras que escuchan de su boca: “La paz esté con ustedes”. Sin reproches, sin recriminaciones. El Señor vuelve a ellos ofreciendo paz. Ese es el primer signo de la misericordia divina: Dios no regresa para condenar, sino para reconciliar.

En seguida se introduce inmediatamente la figura del Apóstol Tomás, quien no estaba presente en esa primera aparición. Cuando los demás discípulos le anuncian que han visto al Señor, él responde con una frase que refleja la dificultad de creer: si no ve, si no toca las llagas, no creerá. Tomás no es simplemente el incrédulo del grupo; en cierto modo representa la experiencia de muchos creyentes. También nosotros, en determinados momentos, experimentamos la duda, la dificultad para reconocer la presencia de Dios en la historia, especialmente cuando la vida está marcada por el sufrimiento o la incertidumbre.

Jesús vuelve a presentarse y las puertas siguen cerradas, pero el Señor entra nuevamente en medio de ellos y repite el mismo saludo: “La paz esté con ustedes”. Entonces se dirige directamente a Tomás. No lo rechaza, no lo humilla, no lo expulsa por su incredulidad. Al contrario, le ofrece precisamente aquello que él había pedido: “Trae aquí tu dedo… mira mis manos… acerca tu mano y métela en mi costado”. Y añade una frase que constituye el centro de este evangelio que ahora más me llamó la atención de este relato: “En adelante no seas incrédulo, sino persona de fe”. Esta frase no es un reproche duro; es una invitación. Jesús no condena a Tomás por su debilidad, sino que lo llama a dar un paso más profundo. Le pide que pase de la duda a la confianza, de la exigencia de pruebas a la adhesión del corazón.

La fe cristiana no consiste en tener todas las respuestas ni en poseer certezas absolutas, sobre todo. La fe es, ante todo, confiar en Cristo, reconocer en Él al Señor que ha vencido la muerte. Y el resultado de ese encuentro es extraordinario. Tomás, el que había dudado, pronuncia una de las confesiones más profundas de todo el evangelio: “¡Señor mío y Dios mío!”. El que había pedido tocar las heridas termina reconociendo la divinidad de Cristo.

Este pasaje tiene un significado especial en el contexto del domingo de la Misericordia. La escena muestra que la misericordia de Dios no consiste solamente en perdonar los pecados; también se manifiesta en la paciencia con la que Dios acompaña nuestra fe frágil. Cristo no abandona a quien duda. Se acerca, se deja encontrar, muestra sus heridas. Las heridas en manos y costado, que no desaparecen en la resurrección, pues permanecen como signo del amor con el que Cristo ha entregado su vida. Por eso la misericordia tiene un rostro concreto: las llagas del Resucitado. En ellas descubrimos que el amor de Dios es más fuerte que el pecado, más fuerte que la debilidad humana y más fuerte incluso que la muerte.

Al final del pasaje, Jesús pronuncia una bienaventuranza que nos incluye directamente a nosotros: “Dichosos los que creen sin haber visto”. Nosotros no hemos visto al Señor como lo vieron los apóstoles; sin embargo, recibimos su testimonio, escuchamos su palabra, celebramos su presencia en la comunidad y en los sacramentos. Por eso, en este domingo, la palabra dirigida a Tomás resuena también para nosotros: “No seas incrédulo, sino persona de fe”.

También hoy Cristo se hace presente en medio de su Iglesia y dirige a cada creyente la misma invitación: dejar atrás la incredulidad y abrirse a la confianza en su amor, cuya misericordia no sólo perdona, sino que sostiene, ilumina y fortalece la fe de quienes se acercan a Él con un corazón sincero. De este modo, el creyente está llamado a responder, como Tomás, con una profesión de fe que nace del encuentro con el Señor vivo: “Señor mío y Dios mío”.


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domingo, 5 de abril de 2026

Domingo de Pascua con Diac. Jose Torres, LC

Lecturas del día: Libro de los Hechos de los Apóstoles 10,34a.37-43. Salmo 118(117),1-2.16ab-17.22-23.
Carta de San Pablo a los Colosenses 3,1-4.

Evangelio según San Juan 20,1-9.

El primer día de la semana, de madrugada, cuando todavía estaba oscuro, María Magdalena fue al sepulcro y vio que la piedra había sido sacada.
Corrió al encuentro de Simón Pedro y del otro discípulo al que Jesús amaba, y les dijo: "Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto".
Pedro y el otro discípulo salieron y fueron al sepulcro.
Corrían los dos juntos, pero el otro discípulo corrió más rápidamente que Pedro y llegó antes.
Asomándose al sepulcro, vio las vendas en el suelo, aunque no entró.
Después llegó Simón Pedro, que lo seguía, y entró en el sepulcro: vio las vendas en el suelo,
y también el sudario que había cubierto su cabeza; este no estaba con las vendas, sino enrollado en un lugar aparte.
Luego entró el otro discípulo, que había llegado antes al sepulcro: él también vio y creyó.
Todavía no habían comprendido que, según la Escritura, él debía resucitar de entre los muertos.

Homilía P. Diac. Jose Torres, LC

"Vio y creyó" — La fe que nace antes de entender

Quiero empezar con una escena que seguramente todos conocemos, no del evangelio, sino de la vida real.

Piensa en la última vez que recibiste una noticia que simplemente no podías procesar. Una noticia tan grande, tan inesperada, que tu cabeza decía "esto no puede ser verdad"... pero algo dentro de ti, algo más profundo que la razón, ya lo estaba aceptando. Ya lo estaba creyendo.

Ese instante extraño entre el asombro y la fe... eso es exactamente lo que Juan nos está describiendo hoy.

María llegó primero. Pero llegó llorando.

Aún estaba oscuro. No sólo afuera, en el cielo de Jerusalén de madrugada. También adentro, en el corazón de María Magdalena. Había visto morir a Jesús. Lo había visto bajar de la cruz. Lo había visto colocar en esa tumba fría. Para ella, todo había terminado.

Y cuando llega y encuentra la piedra quitada, su primera reacción no es alegría. Es pánico. "Se han llevado al Señor."

¿A cuántos de nosotros nos ha pasado algo parecido? No con una tumba vacía, claro, pero sí con esa sensación de que algo se rompió, de que lo que más amábamos desapareció, de que el capítulo que más queríamos ya no está. Y corremos. Corremos a contarle a alguien. A buscar una explicación. A encontrar al responsable.

María corrió a buscar a Pedro y a Juan.

Y entonces los dos salieron corriendo.

Y aquí el evangelio hace algo que me parece fascinante: se detiene a contarnos quién llegó primero.

Juan corrió más rápido. Era más joven, quizás. Llegó al sepulcro, se asomó, vio los lienzos. Pero no entró.

Pedro llegó después, con ese paso de hombre que ha vivido demasiado, que ha fallado demasiado —recordemos que hacía apenas tres días había negado a Jesús tres veces—. Y sin embargo, Pedro entró.

Hay algo muy humano en esto. Juan, el discípulo amado, el más cercano, el que estuvo al pie de la cruz... se detiene en la puerta. Como cuando uno tiene miedo de que la realidad confirme lo peor. Como cuando sabemos que si entramos, si miramos de frente, ya no podremos fingir que no pasó nada.

Pedro, en cambio, entró. No porque fuera más valiente. Quizás porque ya había tocado fondo esa semana y no tenía nada más que perder.

Lo que Pedro vio adentro no era un caos.

Y esto es clave. El evangelio es muy preciso: los lienzos estaban tendidos, y el sudario que cubría su cabeza estaba enrollado en un sitio aparte.

Nadie que roba un cuerpo se detiene a doblar la ropa.

Esa escena ordenada, tranquila, casi cotidiana en medio de lo sobrenatural, es el primer lenguaje con el que la Resurrección habla. No con truenos ni rayos. Con un sudario doblado.

Dios también nos habla así a nosotros, ¿sabes? No siempre con grandes señales. A veces con algo pequeño, con un detalle que no encaja, con una paz que no tiene explicación, con una puerta que se abre justo cuando creíamos que todo estaba cerrado.

Entonces entró Juan. Y vio. Y creyó.

Tres verbos. Tres pasos. Tres latidos.

Entró. Vio. Creyó.

Y aquí viene la frase que más me impacta de todo el evangelio de hoy. Después de decirnos que Juan creyó, el evangelista añade casi como un susurro:

"Pues hasta entonces no habían entendido la Escritura: que él había de resucitar de entre los muertos."

Detente ahí un momento.

Juan creyó antes de entender.

No creyó porque de repente todo le cuadrara. No creyó porque alguien le explicó el versículo correcto del profeta Isaías. Creyó porque vio una tumba vacía, un sudario doblado, y algo en su interior —eso que Pablo llama en la segunda lectura "la vida escondida con Cristo en Dios"— se despertó.

La fe no espera a que todo tenga sentido.

Y aquí te hablo a ti, que llevas semanas, meses, quizás años intentando entender por qué pasó lo que pasó. Por qué Dios permitió esa pérdida, esa enfermedad, ese fracaso. Por qué las cosas no salieron como debían.

Juan no entendía. Pedro tampoco. Ninguno de los dos ese domingo de madrugada tenía respuesta para todo. Pero Juan entró. Y vio. Y creyó.

La fe no es el premio que recibes después de resolver el rompecabezas. La fe es lo que te permite sentarte frente al rompecabezas sin necesitar que esté terminado para saber que tiene solución.

La esperanza: no es optimismo barato.

La primera lectura nos muestra a Pedro (sí, el mismo Pedro que no entendía, el mismo que negó, el mismo que llegó segundo) predicando con una convicción que mueve montañas: "Nosotros somos testigos. Hemos comido y bebido con él después de su resurrección."

Entre el Pedro que entró al sepulcro sin entender y el Pedro que predica en el libro de los Hechos hay un puente. Ese puente se llama esperanza vivida.

La esperanza no es decir "todo va a estar bien" cuando no sabes si va a estar bien. La esperanza es seguir caminando hacia el sepulcro, aunque no entiendas qué vas a encontrar. Es entrar, aunque tengas miedo. Es doblar la rodilla, aunque todavía tengas preguntas.

 ¿Y nosotros?

Nosotros no estuvimos esa mañana. No corrimos con Pedro y Juan. No vimos los lienzos ni el sudario doblado. Somos exactamente los que Jesús tenía en mente cuando le dijo a Tomás: "Dichosos los que no han visto y han creído."

Somos la generación de la fe sin testigos directos. Y eso no nos pone en desventaja. Nos pone en el centro de la promesa.

Porque Pablo nos dice hoy algo radical: "habéis resucitado con Cristo." Tiempo pasado. No "van a resucitar". Ya. Ahora. Tu vida ya está escondida en Dios. La Resurrección no es solo un evento del pasado ni una promesa del futuro lejano. Es tu realidad presente.

Para terminar, en este domingo, te propongo una sola cosa.

Entra al sepulcro.

Entra a eso que tienes pendiente con Dios. A esa herida que no has querido mirar. A esa pregunta que tienes miedo de hacerle porque no sabes si soportarías la respuesta. A esa fe que dejaste tirada en algún momento difícil y que todavía no has ido a recoger.

No tienes que entender todo antes de entrar. Juan no entendía. Pedro tampoco.

Sólo entra. Mira. Y deja que Él haga el resto.

Porque la tumba está vacía. Y el sudario está doblado. Y eso —aunque todavía no lo entiendas del todo— ya es motivo suficiente para creer.

 Feliz Domingo de Resurrección. Que este día sea nuestra alegría y nuestro gozo.

 

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sábado, 28 de marzo de 2026

Domingo Ramos con Fray Emiliano Vanoli OP.


Lecturas del día Libro de Isaías 50,4-7. Salmo 22(21),8-9.17-18a.19-20.23-24. Carta de San Pablo a los Filipenses 2,6-11.

Evangelio según San Mateo 26,14-75.27,1-66.

Uno de los Doce, llamado Judas Iscariote, fue a ver a los sumos sacerdotes y les dijo: "¿Cuánto me darán si se lo entrego?". Y resolvieron darle treinta monedas de plata. Desde ese momento, Judas buscaba una ocasión favorable para entregarlo.
El primer día de los Acimos, los discípulos fueron a preguntar a Jesús: "¿Dónde quieres que te preparemos la comida pascual?".
El respondió: "Vayan a la ciudad, a la casa de tal persona, y díganle: 'El Maestro dice: Se acerca mi hora, voy a celebrar la Pascua en tu casa con mis discípulos'". Ellos hicieron como Jesús les había ordenado y prepararon la Pascua.
Al atardecer, estaba a la mesa con los Doce
y, mientras comían, Jesús les dijo: "Les aseguro que uno de ustedes me entregará". Profundamente apenados, ellos empezaron a preguntarle uno por uno: "¿Seré yo, Señor?".
El respondió: "El que acaba de servirse de la misma fuente que yo, ese me va a entregar.
El Hijo del hombre se va, como está escrito de él, pero ¡ay de aquel por quien el Hijo del hombre será entregado: más le valdría no haber nacido!". Judas, el que lo iba a entregar, le preguntó: "¿Seré yo, Maestro?". "Tú lo has dicho", le respondió Jesús. Mientras comían, Jesús tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y lo dio a sus discípulos, diciendo: "Tomen y coman, esto es mi Cuerpo".
Después tomó una copa, dio gracias y se la entregó, diciendo: "Beban todos de ella,
porque esta es mi Sangre, la Sangre de la Alianza, que se derrama por muchos para la remisión de los pecados. Les aseguro que desde ahora no beberé más de este fruto de la vid, hasta el día en que beba con ustedes el vino nuevo en el Reino de mi Padre". Después del canto de los Salmos, salieron hacia el monte de los Olivos. Entonces Jesús les dijo: "Esta misma noche, ustedes se van a escandalizar a causa de mí. Porque dice la Escritura: Heriré al pastor, y se dispersarán las ovejas del rebaño. Pero después que yo resucite, iré antes que ustedes a Galilea". Pedro, tomando la palabra, le dijo: "Aunque todos se escandalicen por tu causa, yo no me escandalizaré jamás". Jesús le respondió: "Te aseguro que esta misma noche, antes que cante el gallo, me habrás negado tres veces". Pedro le dijo: "Aunque tenga que morir contigo, jamás te negaré". Y todos los discípulos dijeron lo mismo. Cuando Jesús llegó con sus discípulos a una propiedad llamada Getsemaní, les dijo: "Quédense aquí, mientras yo voy allí a orar". Y llevando con él a Pedro y a los dos hijos de Zebedeo, comenzó a entristecerse y a angustiarse. Entonces les dijo: "Mi alma siente una tristeza de muerte. Quédense aquí, velando conmigo". Y adelantándose un poco, cayó con el rostro en tierra, orando así: "Padre mío, si es posible, que pase lejos de mí este cáliz, pero no se haga mi voluntad, sino la tuya". Después volvió junto a sus discípulos y los encontró durmiendo. Jesús dijo a Pedro: "¿Es posible que no hayan podido quedarse despiertos conmigo, ni siquiera una hora? Estén prevenidos y oren para no caer en la tentación, porque el espíritu está dispuesto, pero la carne es débil". Se alejó por segunda vez y suplicó: "Padre mío, si no puede pasar este cáliz sin que yo lo beba, que se haga tu voluntad". Al regresar los encontró otra vez durmiendo, porque sus ojos se cerraban de sueño. Nuevamente se alejó de ellos y oró por tercera vez, repitiendo las mismas palabras. Luego volvió junto a sus discípulos y les dijo: "Ahora pueden dormir y descansar: ha llegado la hora en que el Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los pecadores.¡Levántense! ¡Vamos! Ya se acerca el que me va a entregar". Jesús estaba hablando todavía, cuando llegó Judas, uno de los Doce, acompañado de una multitud con espadas y palos, enviada por los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo. El traidor les había dado esta señal: "Es aquel a quien voy a besar. Deténganlo". Inmediatamente se acercó a Jesús, diciéndole: "Salud, Maestro", y lo besó. Jesús le dijo: "Amigo, ¡cumple tu cometido!". Entonces se abalanzaron sobre él y lo detuvieron. Uno de los que estaban con Jesús sacó su espada e hirió al servidor del Sumo Sacerdote, cortándole la oreja. Jesús le dijo: "Guarda tu espada, porque el que a hierro mata a hierro muere. ¿O piensas que no puedo recurrir a mi Padre? El pondría inmediatamente a mi disposición más de doce legiones de ángeles. Pero entonces, ¿cómo se cumplirían las Escrituras, según las cuales debe suceder así?". Y en ese momento dijo Jesús a la multitud: "¿Soy acaso un ladrón, para que salgan a arrestarme con espadas y palos? Todos los días me sentaba a enseñar en el Templo, y ustedes no me detuvieron". Todo esto sucedió para que se cumpliera lo que escribieron los profetas. Entonces todos los discípulos lo abandonaron y huyeron. Los que habían arrestado a Jesús lo condujeron a la casa del Sumo Sacerdote Caifás, donde se habían reunido los escribas y los ancianos. Pedro lo seguía de lejos hasta el palacio del Sumo Sacerdote; entró y se sentó con los servidores, para ver cómo terminaba todo. Los sumos sacerdotes y todo el Sanedrín buscaban un falso testimonio contra Jesús para poder condenarlo a muerte; pero no lo encontraron, a pesar de haberse presentado numerosos testigos falsos. Finalmente, se presentaron dos que declararon: "Este hombre dijo: 'Yo puedo destruir el Templo de Dios y reconstruirlo en tres días'". El Sumo Sacerdote, poniéndose de pie, dijo a Jesús: "¿No respondes nada? ¿Qué es lo que estos declaran contra ti?". Pero Jesús callaba. El Sumo Sacerdote insistió: "Te conjuro por el Dios vivo a que me digas si tú eres el Mesías, el Hijo de Dios". Jesús le respondió: "Tú lo has dicho. Además, les aseguro que de ahora en adelante verán al Hijo del hombre sentarse a la derecha del Todopoderoso y venir sobre las nubes del cielo". Entonces el Sumo Sacerdote rasgó sus vestiduras, diciendo: "Ha blasfemado, ¿Qué necesidad tenemos ya de testigos? Ustedes acaban de oír la blasfemia. ¿Qué les parece?". Ellos respondieron: "Merece la muerte". Luego lo escupieron en la cara y lo abofetearon. Otros lo golpeaban, diciéndole: "Tú, que eres el Mesías, profetiza, dinos quién te golpeó". Mientras tanto, Pedro estaba sentado afuera, en el patio. Una sirvienta se acercó y le dijo: "Tú también estabas con Jesús, el Galileo". Pero él lo negó delante de todos, diciendo: "No sé lo que quieres decir". Al retirarse hacia la puerta, lo vio otra sirvienta y dijo a los que estaban allí: "Este es uno de los que acompañaban a Jesús, el Nazareno". Y nuevamente Pedro negó con juramento: "Yo no conozco a ese hombre". Un poco más tarde, los que estaban allí se acercaron a Pedro y le dijeron: "Seguro que tú también eres uno de ellos; hasta tu acento te traiciona". Entonces Pedro se puso a maldecir y a jurar que no conocía a ese hombre. En seguida cantó el gallo, y Pedro recordó las palabras que Jesús había dicho: "Antes que cante el gallo, me negarás tres veces". Y saliendo, lloró amargamente. Cuando amaneció, todos los sumos sacerdotes y ancianos del pueblo deliberaron sobre la manera de hacer ejecutar a Jesús. Después de haberlo atado, lo llevaron ante Pilato, el gobernador, y se lo entregaron. Judas, el que lo entregó, viendo que Jesús había sido condenado, lleno de remordimiento, devolvió las treinta monedas de plata a los sumos sacerdotes y a los ancianos, diciendo: "He pecado, entregando sangre inocente". Ellos respondieron: "¿Qué nos importa? Es asunto tuyo". Entonces él, arrojando las monedas en el Templo, salió y se ahorcó. Los sumos sacerdotes, juntando el dinero, dijeron: "No está permitido ponerlo en el tesoro, porque es precio de sangre". Después de deliberar, compraron con él un campo, llamado "del alfarero", para sepultar a los extranjeros. Por esta razón se lo llama hasta el día de hoy "Campo de sangre". Así se cumplió lo anunciado por el profeta Jeremías: Y ellos recogieron las treinta monedas de plata, cantidad en que fue tasado aquel a quien pusieron precio los israelitas. Con el dinero se compró el "Campo del alfarero", como el Señor me lo había ordenado. Jesús compareció ante el gobernador, y este le preguntó: "¿Tú eres el rey de los judíos?". El respondió: "Tú lo dices". Al ser acusado por los sumos sacerdotes y los ancianos, no respondió nada. Pilato le dijo: "¿No oyes todo lo que declaran contra ti?". Jesús no respondió a ninguna de sus preguntas, y esto dejó muy admirado al gobernador. En cada Fiesta, el gobernador acostumbraba a poner en libertad a un preso, a elección del pueblo. Había entonces uno famoso, llamado Barrabás. Pilato preguntó al pueblo que estaba reunido: "¿A quién quieren que ponga en libertad, a Barrabás o a Jesús, llamado el Mesías?". El sabía bien que lo habían entregado por envidia.

Mientras estaba sentado en el tribunal, su mujer le mandó decir: "No te mezcles en el asunto de ese justo, porque hoy, por su causa, tuve un sueño que me hizo sufrir mucho".
Mientras tanto, los sumos sacerdotes y los ancianos convencieron a la multitud que pidiera la libertad de Barrabás y la muerte de Jesús. Tomando de nuevo la palabra, el gobernador les preguntó: "¿A cuál de los dos quieren que ponga en libertad?". Ellos respondieron: "A Barrabás". Pilato continuó: "¿Y qué haré con Jesús, llamado el Mesías?". Todos respondieron: "¡Que sea crucificado!". Él insistió: "¿Qué mal ha hecho?". Pero ellos gritaban cada vez más fuerte: "¡Que sea crucificado!". Al ver que no se llegaba a nada, sino que aumentaba el tumulto, Pilato hizo traer agua y se lavó las manos delante de la multitud, diciendo: "Yo soy inocente de esta sangre. Es asunto de ustedes". Y todo el pueblo respondió: "Que su sangre caiga sobre nosotros y sobre nuestros hijos". Entonces, Pilato puso en libertad a Barrabás; y a Jesús, después de haberlo hecho azotar, lo entregó para que fuera crucificado. Los soldados del gobernador llevaron a Jesús al pretorio y reunieron a toda la guardia alrededor de él. Entonces lo desvistieron y le pusieron un manto rojo.
Luego tejieron una corona de espinas y la colocaron sobre su cabeza, pusieron una caña en su mano derecha y, doblando la rodilla delante de él, se burlaban, diciendo: "Salud, rey de los judíos". Y escupiéndolo, le quitaron la caña y con ella le golpeaban la cabeza.
Después de haberse burlado de él, le quitaron el manto, le pusieron de nuevo sus vestiduras y lo llevaron a crucificar. Al salir, se encontraron con un hombre de Cirene, llamado Simón, y lo obligaron a llevar la cruz. Cuando llegaron al lugar llamado Gólgota, que significa "lugar del Cráneo", le dieron de beber vino con hiel. El lo probó, pero no quiso tomarlo. Después de crucificarlo, los soldados sortearon sus vestiduras y se las repartieron; y sentándose allí, se quedaron para custodiarlo.
Colocaron sobre su cabeza una inscripción con el motivo de su condena: "Este es Jesús, el rey de los judíos". Al mismo tiempo, fueron crucificados con él dos ladrones, uno a su derecha y el otro a su izquierda.
Los que pasaban, lo insultaban y, moviendo la cabeza, decían: "Tú, que destruyes el Templo y en tres días lo vuelves a edificar, ¡sálvate a ti mismo, si eres Hijo de Dios, y baja de la cruz!".
De la misma manera, los sumos sacerdotes, junto con los escribas y los ancianos, se burlaban, diciendo: "¡Ha salvado a otros y no puede salvarse a sí mismo! Es rey de Israel: que baje ahora de la cruz y creeremos en él.
Ha confiado en Dios; que él lo libre ahora si lo ama, ya que él dijo: "Yo soy Hijo de Dios".
También lo insultaban los ladrones crucificados con él.


Desde el mediodía hasta las tres de la tarde, las tinieblas cubrieron toda la región.
Hacia las tres de la tarde, Jesús exclamó en alta voz: "Elí, Elí, lemá sabactani", que significa: "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?". Algunos de los que se encontraban allí, al oírlo, dijeron: "Está llamando a Elías". En seguida, uno de ellos corrió a tomar una esponja, la empapó en vinagre y, poniéndola en la punta de una caña, le dio de beber. Pero los otros le decían: "Espera, veamos si Elías viene a salvarlo".
Entonces Jesús, clamando otra vez con voz potente, entregó su espíritu.
Inmediatamente, el velo del Templo se rasgó en dos, de arriba abajo, la tierra tembló, las rocas se partieron y las tumbas se abrieron. Muchos cuerpos de santos que habían muerto resucitaron y, saliendo de las tumbas después que Jesús resucitó, entraron en la Ciudad santa y se aparecieron a mucha gente. El centurión y los hombres que custodiaban a Jesús, al ver el terremoto y todo lo que pasaba, se llenaron de miedo y dijeron: "¡Verdaderamente, este era el Hijo de Dios!". Había allí muchas mujeres que miraban de lejos: eran las mismas que habían seguido a Jesús desde Galilea para servirlo.
Entre ellas estaban María Magdalena, María -la madre de Santiago y de José- y la madre de los hijos de Zebedeo. Al atardecer, llegó un hombre rico de Arimatea, llamado José, que también se había hecho discípulo de Jesús, y fue a ver a Pilato para pedirle el cuerpo de Jesús. Pilato ordenó que se lo entregaran. Entonces José tomó el cuerpo, lo envolvió en una sábana limpia y lo depositó en un sepulcro nuevo que se había hecho cavar en la roca. Después hizo rodar una gran piedra a la entrada del sepulcro, y se fue. María Magdalena y la otra María estaban sentadas frente al sepulcro.
A la mañana siguiente, es decir, después del día de la Preparación, los sumos sacerdotes y los fariseos se reunieron y se presentaron ante Pilato, diciéndole: "Señor, nosotros nos hemos acordado de que ese impostor, cuando aún vivía, dijo: 'A los tres días resucitaré'.
Ordena que el sepulcro sea custodiado hasta el tercer día, no sea que sus discípulos roben el cuerpo y luego digan al pueblo: '¡Ha resucitado!'. Este último engaño sería peor que el primero". Pilato les respondió: "Ahí tienen la guardia, vayan y aseguren la vigilancia como lo crean conveniente". Ellos fueron y aseguraron la vigilancia del sepulcro, sellando la piedra y dejando allí la guardia.

Homilía por Fray Emiliano Vanoli OP.

Domingo de ramos: un Rey que desconcierta.

El domingo de Ramos abre la Semana Santa, en cuyo interior se encuentra el Triduo Pascual, el corazón del año cristiano. En estos días contemplamos los acontecimientos en los que se juega todo: la pasión, muerte y resurrección de Jesús, que nos muestra el sentido de la vida, el misterio del dolor y la esperanza de la salvación. Dios responde así a los anhelos más profundos del ser humano —felicidad, plenitud, amor— pero lo hace de un modo inesperado, incluso desconcertante, que muchas veces no coincide con nuestras expectativas.

El Evangelio nos presenta a Jesús entrando en Jerusalén. Es un momento de alegría: el pueblo lo aclama, lo reconoce como el Mesías, extiende mantos y agita ramos a su paso. Sin embargo, hay un detalle que lo cambia todo: Jesús no entra como un rey poderoso (algo habitual en los reyes y conquistadores de antaño), sino montado en un asno. No hay ejército, no hay fuerza, no hay imposición. Su modo de presentarse revela qué tipo de Rey es: un Rey humilde, que viene a servir y no a dominar.

Pero ese entusiasmo inicial dura poco. La misma ciudad que lo recibe con alegría pronto lo rechazará. La ausencia de los poderosos en su entrada no era casual: anticipa el rechazo de quienes no aceptan un reino basado en la humildad y la misericordia. Así se cumple la figura del “varón de dolores” del profeta Isaías: un Mesías que no se impone, sino que es despreciado y entregado, que soporta y sobrelleva el rechazo por amor.

Aquí aparece el núcleo del misterio cristiano. Jesús no salva desde el poder, sino desde el amor llevado hasta el extremo. Se abaja, se hace uno de nosotros, y acepta incluso la muerte cruenta y deshonrosa de la cruz. No es derrota: es el camino elegido por Dios para alcanzarnos a todos. Porque al ponerse en el lugar del más débil, del que sufre, del que es rechazado, Jesús se vuelve cercano a cada persona. Nadie queda fuera de su amor.

Este modo de actuar de Dios pone en crisis nuestra manera de pensar. También nosotros podemos aplaudir a Jesús… pero rechazar su estilo de vida. Nos atrae un Dios fuerte, que resuelva rápido los problemas, pero nos cuesta aceptar un Dios humilde, que pide conversión del corazón, paciencia, entrega y misericordia.

Por eso la Semana Santa es una invitación concreta: revisar qué tipo de Rey queremos seguir. ¿El de nuestros esquemas, o el que se nos revela en el Evangelio? El camino de Cristo —el de la cruz— no es fácil, pero es el único que conduce a la vida verdadera.

Hoy se nos abre una oportunidad. Dios no deja de pasar por nuestra vida. Podemos quedarnos en un entusiasmo superficial, o podemos dar un paso más: dejarnos transformar por su modo de amar. Hoy es el día para hacer nuestra entrada junto al Señor en el camino de la vida plena.


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domingo, 22 de marzo de 2026

Meditamos el Evangelio de este Domingo con Pbro. Diego Olivera


Lecturas del día: Libro de Ezequiel 37,12-14. Salmo 130(129),1-8 Carta de San Pablo a los Romanos 8,8-11.        

Evangelio según San Juan 11,1-45.

Había un hombre enfermo, Lázaro de Betania, del pueblo de María y de su hermana Marta.
María era la misma que derramó perfume sobre el Señor y le secó los pies con sus cabellos. Su hermano Lázaro era el que estaba enfermo.
Las hermanas enviaron a decir a Jesús: "Señor, el que tú amas, está enfermo".
Al oír esto, Jesús dijo: "Esta enfermedad no es mortal; es para gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella".
Jesús quería mucho a Marta, a su hermana y a Lázaro.
Sin embargo, cuando oyó que este se encontraba enfermo, se quedó dos días más en el lugar donde estaba.
Después dijo a sus discípulos: "Volvamos a Judea".
Los discípulos le dijeron: "Maestro, hace poco los judíos querían apedrearte, ¿quieres volver allá?".
Jesús les respondió: "¿Acaso no son doce las horas del día? El que camina de día no tropieza, porque ve la luz de este mundo;
en cambio, el que camina de noche tropieza, porque la luz no está en él".
Después agregó: "Nuestro amigo Lázaro duerme, pero yo voy a despertarlo".
Sus discípulos le dijeron: "Señor, si duerme, se curará".
Ellos pensaban que hablaba del sueño, pero Jesús se refería a la muerte.
Entonces les dijo abiertamente: "Lázaro ha muerto,
y me alegro por ustedes de no haber estado allí, a fin de que crean. Vayamos a verlo".
Tomás, llamado el Mellizo, dijo a los otros discípulos: "Vayamos también nosotros a morir con él".
Cuando Jesús llegó, se encontró con que Lázaro estaba sepultado desde hacía cuatro días.
Betania distaba de Jerusalén sólo unos tres kilómetros.
Muchos judíos habían ido a consolar a Marta y a María, por la muerte de su hermano.
Al enterarse de que Jesús llegaba, Marta salió a su encuentro, mientras María permanecía en la casa.
Marta dijo a Jesús: "Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto.
Pero yo sé que aun ahora, Dios te concederá todo lo que le pidas".
Jesús le dijo: "Tu hermano resucitará".
Marta le respondió: "Sé que resucitará en la resurrección del último día".
Jesús le dijo: "Yo soy la Resurrección y la Vida. El que cree en mí, aunque muera, vivirá;
y todo el que vive y cree en mí, no morirá jamás. ¿Crees esto?".
Ella le respondió: "Sí, Señor, creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que debía venir al mundo".
Después fue a llamar a María, su hermana, y le dijo en voz baja: "El Maestro está aquí y te llama".
Al oír esto, ella se levantó rápidamente y fue a su encuentro.
Jesús no había llegado todavía al pueblo, sino que estaba en el mismo sitio donde Marta lo había encontrado.
Los judíos que estaban en la casa consolando a María, al ver que esta se levantaba de repente y salía, la siguieron, pensando que iba al sepulcro para llorar allí.
María llegó a donde estaba Jesús y, al verlo, se postró a sus pies y le dijo: "Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto".
Jesús, al verla llorar a ella, y también a los judíos que la acompañaban, conmovido y turbado,
preguntó: "¿Dónde lo pusieron?". Le respondieron: "Ven, Señor, y lo verás".
Y Jesús lloró.
Los judíos dijeron: "¡Cómo lo amaba!".
Pero algunos decían: "Este que abrió los ojos del ciego de nacimiento, ¿no podría impedir que Lázaro muriera?".
Jesús, conmoviéndose nuevamente, llegó al sepulcro, que era una cueva con una piedra encima,
y dijo: "Quiten la piedra". Marta, la hermana del difunto, le respondió: "Señor, huele mal; ya hace cuatro días que está muerto".
Jesús le dijo: "¿No te he dicho que si crees, verás la gloria de Dios?".
Entonces quitaron la piedra, y Jesús, levantando los ojos al cielo, dijo: "Padre, te doy gracias porque me oíste.
Yo sé que siempre me oyes, pero lo he dicho por esta gente que me rodea, para que crean que tú me has enviado".
Después de decir esto, gritó con voz fuerte: "¡Lázaro, ven afuera!".
El muerto salió con los pies y las manos atados con vendas, y el rostro envuelto en un sudario. Jesús les dijo: "Desátenlo para que pueda caminar".
Al ver lo que hizo Jesús, muchos de los judíos que habían ido a casa de María creyeron en él.

Homilía por Pbro. Diego Olivera

En este quinto domingo de cuaresma se presenta como tema central la Resurrección, la vida nueva, en el Evangelio Jesús nos anticipa cual será el gran regalo de la Pascua.

A medida que nos acercamos a la Pascua, la Palabra de Dios nos pone frente a una realidad muy humana: la experiencia de la muerte, no solo la muerte física, sino también esas “muertes” que vivimos cada día; por ejemplo: el despertador suena bien temprano a la mañana y algunos pueden pensar: “qué lindo seria seguir durmiendo en este día nublado” pero renuncian a ese deseo de seguir durmiendo para levantarse y salir a trabajar para traer el pan a la mesa, o cuando se nos presentan dos cosas buenas y tenemos que elegir una, renunciamos y morimos a aquello que no elegimos

En la primera lectura nos encontramos con una fuerte profecía de Ezequiel: “Pueblo mío, yo mismo abriré sus sepulcros, los haré salir de ellos…” Es una imagen impactante porque el sepulcro representa lo que ya no tiene solución, la tumba nos dice ya no hay vuelta atrás. Sin embargo, Dios dice: “Yo los haré salir de sus tumbas”. Esto significa que Dios no se resigna a vernos caídos. Él siempre quiere levantarnos, siempre cree que es posible volver a empezar. El Espíritu de Dios es un espíritu de vida que nos renueva, nos levanta de las caídas e ilumina nuestras oscuridades.

San Pablo en la carta a los Romanos, reafirma la idea de que si se puede volver a empezar renovados por el Espíritu de Dios: “Y si el Espíritu de aquel que resucitó a Jesús habita en ustedes, el que resucitó a Cristo Jesús también dará vida a sus cuerpos mortales, por medio del mismo Espíritu que habita en ustedes”.  

Jesús con su resurrección, que celebramos el domingo de Pascua, nos regala a todos la resurrección y la vida eterna pero nos pide que creamos, tenemos que tener fe en esta promesa. La Resurrección no es un slogan católico es una realidad concreta, la resurrección es real y es para todos. Tenemos que creer en esta verdad de fe.

Un dicho popular afirma: “Todo tiene solución en esta vida menos la muerte”, pero como cristianos no podemos afirmar esto porque Cristo nos regaló la solución, con su pasión, muerte y resurrección nos regaló la vida eterna para todos.

En la expresión de Marta se refleja la voz de todos nosotros con: “¡Si hubieras estado aquí!...”. Y la respuesta de Dios no es un discurso, no, la respuesta de Dios al problema de la muerte es Jesús: “Yo soy la resurrección y la vida... ¡Tened fe! En medio del llanto seguid teniendo fe, aunque la muerte parezca haber vencido. ¡Quitad la piedra de vuestro corazón! Que la Palabra de Dios devuelva la vida allí donde hay muerte”.

Pero Jesús no solo nos regala la vida eterna para después de nuestra muerte terrenal, hoy quiere correr la piedra de nuestros sepulcros y sacarnos de toda situación de muerte. A cada uno de nosotros nos dice lo que le grito con voz potente a Lázaro: “Sal de allí”

Pidamos al Espíritu Santo ser liberados de toda situación de muerte para gozar plenamente la vida y vida en abundancia que brota de Dios.


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viernes, 20 de marzo de 2026

Catequistas: Tiempo de Cuaresma


Hola queridos/as Catequistas, es un placer poder continuar con estas publicaciones en el Blog, para seguir creciendo y aprendiendo juntos.

Hoy quiero que nos sumerjamos juntos en el Tiempo cuaresmal, es decir, en pensar y reflexionar juntos como podemos hacer de este tiempo que muchas veces esta cargado de una mirada apagada, sombría; solo pensada y reflexionada desde el sacrificio, mortificación, etc.

Nos puede pasar a nosotros mismos, en nuestra catequesis, lo digo desde la propia experiencia de cuando yo empecé la catequesis, muchas veces priorizaba en los temas u objetivos de los encuentros en la penitencia y demas, pensando que estaba hablando con adultos cuya mente ya estaba moralmente formada, y asi no podemos formar a nuestros niños y jovenes, necesitamos poder ampliar la mirada.

No digo que eso no debe estar, claramente matizada por el publico que tengamos al frente de nuestros ojos, pero vivida desde el gozo de que nos estamos preparando para vivir le hecho mas importante del Año litúrgico, si lo decimos desde la vida de la Iglesia, o el hecho más importante y trascendental de nuestra vida, de la vida de cada fiel cristiano. Nos preparamos para acompañar a Jesús al camino de la Cruz, y ese camino lo va a hacer por Ti y por mí.

Hemos contemplado maravillosamente la figura de la Samaritana, y este “Dame de beber” que sale de los labios de Jesús, que se nos clava como puñal en nuestro corazon. Nos invita en este tiempo a pensarnos como catequistas, y cuestionarnos ¿Que Agua doy de beber a mis catequizandos? ¿Qué Agua estoy bebiendo yo mismo? ¿Es de la fuente de Agua Viva que brota de Jesús o lo busco y hago buscar en cisternas agrietadas?

Podemos estar haciendo beber a los catequizandos solo doctrina vacía, sin emociones o sentimientos; solo practicas estériles sin alma, que se convierten en rigurosidad, etc. O somos capaces de doblar las rodillas y rezar en vez de solo pensar lo que vamos a compartir. Solo un corazon enamorado y traspasado por cristo es capaz de contagiar ese mismo amor. Solo bebiendo de la Fuente de vida es que vamos a trasmitir vida.

Este tiempo lo debemos vivir juntos, haciéndonos parte de las iniciativas parroquiales o de la capilla, y si no las hay, es tiempo de ser creativos, de buscar materiales en internet, o volver a practicas que han nutrido la vida de la Iglesia (Via crucis, Dolores de María, Visita a las 7 Iglesias, etc.) invitando a toda la familia, amigos, vecinos, etc. Debemos todos vivir la alegria de la cuaresma.

Lograr una catequesis más vivencial, es un esfuerzo grande para hacerlo solo, pero depende de ustedes catequistas, no se dejen robar el entusiasmo, las ganas y sobre todo no apaguen el fuego del amor de Jesús, sean capaces de salir de si mismos para generar una verdadera comunidad de catequistas donde el apoyo sea mutuo, fraterno y enriquecedor

Que este tiempo de Cuaresma lo vivamos desde la alegria de saber que Cristo ya murió por cada uno de nosotros, sin la necesidad de que hiciéramos nada, todo fue Gracia. Que Dios nos bendiga mucho, y que María ella que supo estar al pie de la cruz, nos enseñe a perseverar en el camino de la Fe personal y comunitariamente.

Autor: Enzo Villavencio

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